La buena educación

Manuel Ardila (BN)Jornadas de clase extenuantes reforzadas con lecciones extracurriculares, reducida vida social como consecuencia de lo anterior y de un asfixiante clima de eterna competitividad, altos índices de depresión y perturbadores casos de suicidios y asesinatos en las aulas.

 

Por: Manuel Ardila

¿Qué es una buena educación? Invariablemente surge la duda (que ya ha sido respondida por la educación privada, la cual también ha dado luces sobre la desigualdad en el país) cada vez que Colombia se compara con sus pares en las llamadas pruebas PISA (prueba que busca medir la efectividad de los sistemas educativos de 65 países a partir de la evaluación de las capacidades en ciertas áreas del saber de estudiantes de 15 años), cada vez que los resultados salen y cada vez que nos percatamos de que los resultados obtenidos por el país son pésimos.

Para comenzar, debo decir que en mi concepto las Pruebas PISA son un indicador de qué tan efectivos son los sistemas educativos de los países en forjar a sus ciudadanos jóvenes como componentes de ese nuevo frente de batalla en la eterna guerra de los países en que se ha convertido la educación.

Ejemplo muy diciente es el caso de Shanghai. Shanghai participa (junto a Hong Kong) como ciudad representante del sistema educativo chino (el cual no está ni medianamente cerca del sistema de la ciudad en cuanto a resultados, cobertura…). En su primera incursión, la ciudad alcanzó los primeros lugares en todas las áreas evaluadas, generando así las clásicas alabanzas, curiosidades e investigaciones in situ que los resultados sobresalientes generan.

Las indagaciones dejan entrever un sistema eficiente, sí, pero un sistema que deja en segundo o tercer plano el bienestar físico y emocional de ese sector de la población por el cual se dice que se hace todo este esfuerzo: el estudiante, el joven, el alumno.

Jornadas de clase extenuantes reforzadas con lecciones extracurriculares, reducida vida social como consecuencia de lo anterior y de un asfixiante clima de eterna competitividad, altos índices de depresión y perturbadores casos de suicidios y asesinatos en las aulas. Para ilustrar los alcances que tiene un sistema así en la vida de un adolescente, de un adulto joven en ciernes, me permito copiar y pegar una parte de un artículo sobre las pruebas Pisa y los buenos resultados obtenidos por las naciones asiáticas, tomado de El País:

“Shanghái le saca 119 puntos a la media de la OCDE, y 129 a España, lo que se podría traducir (en una de esas analogías que la OCDE hace en aras de la divulgación) en una ventaja de casi tres años de escolarización. Ese es un tiempo que, según apuntan expertos críticos con el sistema educativo chino, los adolescentes le restan a su vida social

La ironía del caso es muy diciente: adolescentes y jóvenes adultos con una excelente preparación en ciencias, matemáticas y comprensión lectora que en teoría son los receptores de un mejor futuro, son, en la mayoría de los casos, personas sin la capacidad de socializar con sus semejantes (a menos que sea en el plano competitivo) y dueños de una inmadurez emocional y personal.

No deja de ser llamativo que un país como China, un régimen que castiga duramente la disidencia y en el que galopa libremente la censura y la intimidación al “pensamiento diferente” se preocupe tanto por la educación de sus niños y jóvenes (si la definimos desde un punto de vista humanista). En realidad esto solo constata que China y en general todo el mundo han pasado de ver a la educación como una herramienta para lograr el desarrollo integral de una persona para verla como una herramienta destinada a convertir a las personas en herramientas útiles a las obsesiones geopolíticas de siempre, solo así se puede explicar esa expectación que producen las Pruebas Pisa.

(Más llamativo aún resulta que Finlandia, poseedor de un sistema educativo diametralmente opuesto al de Shanghai y al de otras ciudades y naciones asiáticas, capaz de generar unos resultados igual de buenos, esté igual de obsesionado por su rendimiento en dichas pruebas).

En la coyuntura actual que atravesamos es importante definir qué tipo de educación (o mejor aún, qué tipo de persona) queremos tener: Una educación que esté consciente de la riqueza y de la complejidad del ser humano y que a partir de ella busque formar a un adulto integral y equilibrado, o una educación que busque instrumentalizar a las personas para servir a objetivos no del todo claros. ¿En dónde queremos que se formen nuestros niños y jóvenes, en un aula de clases o en una celda de prisión con un tablero?