CARLOS VICTORIALa intervención de las obras va enfocada a recuperar el espacio público, contrarrestar la degradación social, mejorar  la infraestructura y con ello incentivar la inversión privada y abrir nuevos escenarios de desarrollo.

Por: Carlos Victoria

La llamada calle de la Fundación, proyecto arquitectónico con el cual la administración municipal pretende conmemorar el Sesquicentenario de la ciudad, tiene todas las características de ser un buen disfraz con el cual se ocultará  la pobre defensa que del patrimonio arquitectónico de Pereira han hecho sus gobernantes, como bien apuntaba el arquitecto e investigador Jacques Aprile-Gniset (1992) a propósito de sus quejumbres sobre la “modernización” del centro de Cali en los años ochenta. El francés señalaba que ni la sensibilidad estética ni el apego por la memoria patrimonial han caracterizado a los encargados de velar por su preservación.

Más allá de los alegatos del Comité Intergremial y de algunas voces que han cuestionado la iniciativa, lo que debe avivarse es un debate interdisciplinario sobre las representaciones, tanto desde el punto de vista social como patrimonial del centro de la ciudad, donde entre otras cosas la clase dirigente local expía sus culpas sobre el trasfondo de su degradación ante la incapacidad de atajar la avalancha de hombres, mujeres y niños que hacen de andenes y calles el medio de supervivencia a través del rebusque, en la capital más desempleada del país.

Recordemos que el proyecto de Ciudad Victoria se presentó en su momento como la gran redención del espacio público. Hoy los grandes beneficiados no son otros que los conglomerados comerciales, al tiempo que la informalidad ha hecho metástasis por todos los rincones de Pereira. Si bien pudo haber renovación urbana, la renovación social de la ciudad, en términos de equidad e inclusión quedó nuevamente postergada. En la actualidad el sector hace parte del juego de espejos en el que se reflejan los matices críticos del festín de poderes y contra-poderes.

La  nueva obra esta revestida de una aureola sofismática. Sus creativos han dicho que: “La intervención de las obras va enfocada a recuperar el espacio público, contrarrestar la degradación social, mejorar  la infraestructura y con ello incentivar la inversión privada y abrir nuevos escenarios de desarrollo”. Con el mismo repertorio se les ha vendido a los ciudadanos otros proyectos cuestionados por la falta de transparencia, arruinando así el edificio moral y patrimonial de lo público.

En Retocando imágenes el maestro Luis Carlos González (1984) relata que la verdadera innovación al centro de Pereira no fue otra que la introducción del cemento, asunto que se pudo plasmar finalmente el 1 de enero de 1926, fecha en la cual se inauguró la primera vía pavimentada en la calle 19 entre carreras 8ª y 9ª. A pesar del bautizo oficial de calles y carreras, la toponimia popular fue superior, como el caso de la “calle del miadero”, localizada en la calle 8ª entre carreras 7ª y 8ª.  Desde entonces y hasta hoy la burocracia prostática no ha resuelto el problema de la orinada colectiva.

El mejor regalo que le pueden hacer a los transeúntes del centro de Pereira es instalar baños públicos. Aún, como repicaba Luis Carlos, sigue siendo un orinal a cielo abierto. Hasta las meadas se privatizaron, y se volvieron un jugoso negocio para quienes alquilan los excusados. Por supuesto que  ahora no hay  una sola calle del miadero, sino muchos más después de 150 años de chichi al por mayor. El olor a orines es el perfume de la desidia oficial.

Entre tanto la calle de la Fundación será otra loa al cemento, sin consenso, ni arraigo popular y ciudadano. Como buen disfraz mimetizará por un tiempo las cicatrices de una ciudad sumida en la pobreza y la informalidad. Calles con apodos oficiales que no tienen pertinencia como lugar de la memoria ciudadana. Ahí quedará, eso sí, el capricho de una administración sin solvencia imaginativa, pero con impronta presupuestal. No olvidemos, como replica Hartog (2007) que  “la memoria observa el pasado a la luz del presente”. Esa es la cuestión que este tipo de proyecto no puede soslayar.

¿Qué se pretende? ¿Reivindicar la memoria oficial? Aparentemente sí porque no tiene los visos de una memoria emancipatoria como propone Benjamín, ni mucho menos hacer del pasado una oportunidad para reflexionar sobre el proceso de segregación que se produjo en Pereira y cuya vitrina exhibe los mejores escombros en un territorio de caos, mugre y miedo. Recordemos que en tiempos del gobierno de la refundación el espacio público se tiñó de sangre: desde entonces la memoria de John Alirio Carmona Bonilla, el vendedor ambulante asesinado hace 10 años tras la feroz recuperación del espacio público no ha podido ser borrada. Con su crimen le dieron la bienvenida al citymarketing, especie de conjuro escrupuloso contra todas las expresiones de  mendicidad que recrea sus andenes, y cuyos inquisidores hoy están en la bandeja de la Fiscalía.