Freddy-Alan-Gonzalez-SalazarSomos lo que imaginamos ser y solo nos encontramos en los que Freud dio en llamar principios de realidad. La locura es hija de la imaginación, una hija rebelde y en flor.

Por: Alan González Salazar

Se dice que hay una etapa de la infancia, entre los 7 y los 12 años, decisiva para lo que será nuestro destino. No se equivocan. Volvemos de forma atávica a las impresiones de la niñez para tener un referente a la hora de tomar decisiones fundamentales, como la unión o el dejarnos gobernar por innegables “placeres”.

Lo cierto de la infancia es que no es siempre la misma. El recuerdo, las nuevas experiencias se conjugan, se confunden ¡El inconsciente es un timador! y nos presenta otra infancia olvidada y la más de las veces culpable ¿De qué? De haber nacido, pero bueno, estamos condenados a la libertad y la asociación ¡El infierno son los otros!, dirá Sartre. En fin, nacimos en guerra y al parecer el destino de la especie es trágico (¡ríe Darwin!) y debemos hacernos a herramientas y artefactos para que nos alcance el aire. A la partida de lo divino quedamos solos ante la historia. Nos defendemos entonces desde nuestra soledad, tan poblada de fantasmas… y a través del amor quisiéramos ir hacia atrás, al nudo ciego de la unión, hacia atrás, al abrazo primero, aunque la soledad insista y sea nuestros ojos: luz, engaño.

Sin embargo quedan los sueños, esa manera de conocernos y de pensar, los sueños, ese juego del cosmos infante que nos llama sin ningún deber, sin ningún propósito que no sea él mismo, renovación y asalto. Representan la lucha prometeica por los humildes entre los dioses.   

Los sueños nos unen, desafían el orden del miedo, hacen de la extrañeza un principio, devuelven al espíritu a la infancia inclaudicable, un estado que ansiaba Nietzsche, y son la materia prima del arte y la revolución.

El inconsciente piensa en el sueño respuestas, soluciones a sus angustias.

El ensueño, por el contrario, es de naturaleza diurna, como bellamente lo expone Bachelard, y por ningún motivo, según su positivismo, se confunde con la turbulencia de la alucinación. Se entiende. Cómo sacrificar la justicia de la belleza, esa que no siempre consuela, por un atajo fácil, el cual precipita a seres potentes al abismo, donde ya no son dueños de sí mismos.

Son las profundidades de la incertidumbre, diré, donde surge la creación, el acto totalizante de la creación, en su imposible equilibrio de pasiones y esperanza. La desgraciada esperanza, vuelta en el sueño destino. Porque los sueños, en la marcha, nos llevan infinidad de pasos. La realidad es basura, un malentendido. La vida cotidiana la rige la lógica fantástica de su anhelo que a todos nos embriaga. Un río espejado del amor propio, de cara a la muerte. ¿Quién no teme a la locura? Somos lo que imaginamos ser y solo nos encontramos en los que Freud dio en llamar principios de realidad. La locura es hija de la imaginación, una hija rebelde y en flor.