La educación no tiene sexo

…La práctica ha demostrado que los seres formados bajo las figuras tradicionales de un padre y una madre, en muchos casos adolecen de la integridad esperada, no responden a las expectativas sociales entre otras razones porque a menudo no se tienen las características y capacidades necesarias para formar…

Gloria Por: Gloria Inés Escobar Toro

La familia, ese núcleo básico en el que los seres humanos son inicialmente educados a partir de los contenidos, ideas, creencias y conocimientos que se han elaborado y reelaborado a través del tiempo y de forma colectiva por la humanidad, no ha sido siempre y no tiene por qué serlo, una institución conformada por un hombre y una mujer.

No debe olvidarse que en un período remoto de la humanidad la educación y cuidado de los infantes estaba a cargo de todos. Todo hombre y toda mujer, eran responsables de la conservación de cada nuevo ser, independientemente que éste fuese o no su descendiente directo. Sólo más tarde cuando aparece en la evolución cultural de la humanidad la familia monogámica, conformada por un hombre y una mujer, es que la responsabilidad de la crianza recae sólo sobre ellos y especialmente en la madre.

La familia como grupo social primario o en términos aristotélicos como comunidad elemental, ha tenido básicamente dos funciones: la reproducción de la especie y su conservación cotidiana, es decir, su procreación en términos biológicos y su educación, en términos culturales. Para poder realizar la primera función, es innegable que se requiere el concurso de un macho y una hembra humanas pero para la segunda, no.

De otro lado, la procreación es de lejos una tarea mucho más fácil y corta, a pesar de los riesgos que entrañan para la madre y el feto la gestación y el parto, que lo que representa la labor de la crianza y cuidado de la vida las cuales consumen mucho tiempo, energía y disposiciones psicológicas y sociales, de ahí que sea precisamente la función de conservación cotidiana o la educación de las futuras generaciones aquella que exige mayor preparación y entrega, la tarea más compleja y determinante en la vida futura del ser.

Pues bien, como ya se dijo, esta última función de la familia no requiere de ninguna manera la presencia del padre y la madre biológicos del nuevo ser. Lo que un neonato necesita no es literalmente un hombre y una mujer a su lado, lo que de verdad urgen los seres humanos en su infancia es la presencia de otros seres humanos adultos que les aseguren afecto, cuidado, educación y atención permanentes, por lo tanto, las parejas homosexuales tanto de hombres como de mujeres no tienen ningún impedimento para llevar a cabo esta función, así que ellos pueden perfectamente adoptar niños que por cualquier razón se encuentran solos en el mundo.

Adoptar un niño no es solo un acto deseable para el propio bienestar de éste sino para toda la sociedad, la cual se verá beneficiada al garantizar a un ser humano lo que requiere para crecer. Puede decirse también que la adopción es sobre todo un acto de responsabilidad social en la medida que cada individuo es un potencial continuador de la especie que requiere un largo periodo de educación. Y es en este sentido que se justifica que quienes se hagan cargo directo de esta labor, estén en la capacidad de probar su idoneidad para asumirla.

Ahora bien, dicha idoneidad no pasa por verificar ni cuestionar el sexo de las parejas o personas que se lancen al reto de asumir la función de conservación y educación de un ser; ella más bien pasa por la comprobación de las calidades psicológicas, intelectuales y socio-afectivas de aquéllas.

Son estas calidades las verdaderamente importantes y fundamentales para la formación y educación de los seres humanos. Los seres cabales, íntegros, solidarios, honestos se forman bajo la tutela de dichas calidades humanas; ese discurso conservador de la necesidad imperiosa de la figura de un padre (hombre) y una madre (mujer) en la educación de los niños no es más que un pretexto moralista para defender algo que con suficiencia la realidad ha confirmado como dañino: la división de los seres humanos en dos bandos antagónicos: hombres y mujeres.

La práctica ha demostrado que los seres formados bajo las figuras tradicionales de un padre y una madre, en muchos casos adolecen de la integridad esperada, no responden a las expectativas sociales entre otras razones porque a menudo no se tienen las características y capacidades necesarias para formar, pero en especial porque la educación diferenciada que se da a los seres humanos dependiendo de su sexo, cercena ciertas capacidades y alienta otras con el argumento de que hay “cosas propias de hombres”  (de ahí la necesidad de la figura paterna) y “cosas propias de mujeres” (necesidad de la figura materna), impidiendo de este modo un desarrollo de las potencialidades que como humanos poseemos.

Los estereotipos de lo femenino y masculino que se amparan en las diferencias biológicas existentes entre machos y hembras, no han hecho más que mutilar a los seres humanos en su desarrollo intelectual, cognitivo y físico y nos han impedido vernos y asumirnos como lo que somos, seres humanos complejos y diversos, con fortalezas, debilidades y un potencial enorme de desarrollo independiente del sexo que portemos.

Y es en nombre de esa idea absurda de la indispensabilidad de las figuras materna y paterna y no en la idoneidad de los humanos, que se les niega a las parejas homosexuales la posibilidad de adoptar.

Como ya se dijo, lo que un ser humano recién llegado a este mundo necesita indefectiblemente es un espacio de aprendizaje y socialización en el que encuentre además el afecto y los recursos para su formación, y ese espacio bien puede estar conformado por una pareja hetero u homosexual, lo demás son pamplinas.

Y mientras la sociedad sigue negándoles a las parejas del mismo sexo la posibilidad de adoptar, miles de niños en injusta orfandad siguen esperando que alguien les ofrezca lo que todos les negamos, un espacio adecuado para formarse.