Como profesor, alguna vez se ha preguntado ¿qué sienten sus estudiantes en clase? y ¿sabía que el miedo, la indignación, la tristeza, la alegría, la sorpresa y el asco son las emociones más comunes en un aula?

 

Por: Hernán Augusto Tena Cortés

Los educadores cada vez enfrentan retos más grandes en su práctica. La figura del maestro de hoy ha cambiado de manera ostensible, pues su objetivo ya no es el de reproducir contenidos que hoy se acceden fácilmente en la nube. Los profesores de la actualidad han de estar en capacidad de acomodarse a continuos cambios. Las necesidades del siglo XXI exigen líderes mediadores, colaboradores, gestores y fomentadores de autonomía.

Con preocupación se evidencia una práctica inservible enfocada en resultados y memorización de contenidos y que busca estandarizar seres humanos. Las estadísticas han comprobado que no aprendemos repitiendo y mucho menos memorizando, aprendemos haciendo y a través de las emociones. Esto último genera sinsabores, ya que precisamente el quehacer actual ha ignorado el universo emocional de los estudiantes en las mediciones de resultados y, además, se ha enfocado poco en el hacer.

Como sociedad, vemos la necesidad de un sistema que mediante el aprendizaje social y emocional fomente la educación personalizada estimulando la creatividad, la pasión y el talento. Citando un poco de historia y aclarando que la esencia sigue siendo la misma, se sabe que los modelos educativos se regularon luego de la revolución industrial, con el fin de preparar a trabajadores que después estarían a cargo de las fábricas1. Si lo anterior se  relaciona con el prototipo de hoy, sería muy fácil comprender por qué los colegios tienen un modo de operación similar al de los centros de reclusión y la causa de querer formar individuos de acuerdo a un molde que posteriormente operará dentro de una misma estructura.

El currículo actual contempla saberes que bajo las necesidades del siglo están desactualizados y desaplicados, además divide de forma categórica las ciencias, la cultura y el arte, produciendo una errada pirámide de materias encabezada por las matemáticas, las ciencias y las lenguas; seguida por sociales y filosofía y dejando en el último lugar las artes y los deportes.

Se olvida que el futuro está lleno de nuevos retos que van a requerir nuevas emociones y que por eso necesitamos fomentarlas. Existen seis impresiones básicas y muy comunes en los estudiantes, la clave es aprender a evitar las negativas y potenciar las positivas, pues el aprendizaje significativo se logra más fácil si el estado emocional del aprendiz se encuentra estable y alegre. Por consiguiente, para llegar a este objetivo es necesario que adultos aprendan no solo a identificarlas, sino también, a controlarlas.

Nos encontramos frente a un sistema educativo excluyente de cultura, arte y deporte; además, afrontamos una práctica docente deshumanizada, exigimos cosas que como adultos no podemos ejemplificar y, sin embargo, esperamos altos resultados. Olvidamos que para ser feliz, necesitamos desarrollarnos y realizarnos, descubrir aquello que nos motiva haciéndonos sentir bien para potenciarlo y, además, tenemos la creencia de que las materias que encabezan la pirámide son más relevantes para el mundo laboral.

Con exigencia se claman profesores que ingresen a la educación porque quieran educar, formar, desarrollar habilidades y pasar tiempo con los niños o adolescentes, no porque se crean superiores al mundo y quieran compartir conocimientos o contenidos alcanzables a un clic. Docentes que entiendan que el valor de la educación está en el camino y no en la meta, y que si los estudiantes no ven pasión y emoción, no le pondrán cuidado al proceso, no se impresionarán y posiblemente fracasarán.

Se necesitan educadores que se pregunten cómo se sienten los estudiantes en el aula y que no olviden que el estado emocional y las dificultades personales en cualquier etapa de la vida, sí afectan el nivel de producción de los estudiantes, profesores, empleados o humanos en general.

Para terminar, como profesor, alguna vez se ha preguntado ¿qué sienten sus estudiantes en clase? ¿Sabía que el miedo, la indignación, la tristeza, la alegría, la sorpresa y el asco2 son las emociones más comunes en un aula? No se puede olvidar que es un error pensar que la cognición y las emociones son dos cosas diferentes, pues están en la misma área cerebral3 y, por lo tanto, la educación con emoción será más efectiva.

“Emociones perturbadoras o negativas, interfieren con la capacidad de aprender3.”

Referencias

  1. https://www.youtube.com/watch?v=eEqF_1aXUw4
  2. https://www.youtube.com/watch?v=sA7nsgYtRso
  3. https://www.youtube.com/watch?v=q-KkdMrAz-8&t=748s

@Hernan_Tena    Correo: heteco2010@gmail.com