En la Edad Media europea los monasterios operaron como auténticos centros de poder cuyos dueños se arrogaban el derecho a decidir qué información podía circular y qué parte de ella representaba un peligro para los soberanos del cielo y de la tierra. Por lo visto, en Colombia estamos en trance de retornar a esos días.

Por Gustavo Colorado Grisales

En la historia reciente de Colombia, Carlos Lleras Restrepo fue un político conservador que se las arregló para fungir como liberal, mientras ajustaba las tuercas del Frente Nacional, una componenda armada entre los dirigentes de los dos partidos que dominaron al país durante la mayor parte del siglo XIX , la totalidad del XX y lo que va corrido del XXI, aunque lo hagan disfrazados bajo otras banderas.

Casi cincuenta años después uno de sus descendientes, amparado en su condición de ministro estrella del gobierno Santos, se encargó de poner en marcha un engendro que, en el colmo del servilismo, medios de comunicación y periodistas se encargaron de promocionar como Ley Lleras 2.0 que después mutó a Ley TLC. Se trata de un instrumento legal que, de golpe, pude devolvernos a la época que precedió a la masificación de Internet como herramienta de democratización del conocimiento, o incluso mucho más atrás. El pretexto, como siempre, está rodeado de un aura noble: Defender la propiedad intelectual y con ella el derecho de los creadores a beneficiarse de los réditos de sus obras.

El primer problema reside en que no nos están diciendo toda la verdad. Para empezar, y siguiendo la vieja constante del imperialismo económico y cultural, de lo que se trata en realidad es de cuidar los intereses de las corporaciones dueñas del mundo, que desde un comienzo vieron en Internet la tierra abonada para plantar un negocio de dimensiones nunca vistas. En un planeta donde la educación se consolida cada vez más como la única herramienta decente de promoción social para un sector mayoritario de la población, limitar el uso de la red representa de hecho un cierre de puertas para quienes vieron allí la oportunidad para acceder al conocimiento en libertad. Al menos eso fue lo que nos dijeron los profetas de la aldea global: Que Internet aboliría por fin las fronteras, dando paso a un territorio en el que los ciudadanos podrían materializar el sueño de la democracia, es decir, igualdad de oportunidades de acceso al bienestar amasado por el conjunto de la sociedad. Pinocho no lo hubiese hecho mejor.

Uno no sabe si la confusión del texto de la ley es deliberada para despistar al ciudadano o si obedece a una suerte de torpeza congénita. Lo único claro es que la letra se corresponde en cada uno de sus puntos con las imposiciones del Tratado de Libre Comercio suscrito con el gobierno de los Estados Unidos después de una década de mendigarlo en los escenarios más insospechados. A esta hora, no sé por ejemplo si remitirlos a ustedes a un enlace que nos ayude a ampliar el contexto de la reflexión puede convertirme en un delincuente tan peligroso como los que en las películas de James Bond ponían en riesgo la seguridad nacional de los Estados Unidos y sus satélites durante los años de la Guerra Fría. Y estamos hablando de los mismos países que han saqueado al planeta durante décadas sin que nadie se atreviera a decir esta boca es mía.

En la Edad Media europea los monasterios operaron como auténticos centros de poder cuyos dueños se arrogaban el derecho a decidir qué información podía circular y qué parte de ella representaba un peligro para los soberanos del cielo y de la tierra. Por lo visto, en Colombia estamos en trance de retornar a esos días. Hoy por ejemplo soy un devoto seguidor de la revista digital El Puerco Espín, cuyos textos insolentes y contestatarios comparto con algunas personas cercanas. La verdad, sospecho que a la vuelta de unos meses no podré volver a hacerlo sin perjuicio y todos nos privaremos de esa ventana por la que aprendimos a ver el mundo de otra manera.¿Las razones? Supongo que las tendrán bien ocultas los artífices de esta aberración rebautizada como Ley TLC que, duchos como son en doblar la cerviz y menear la cola, no se detuvieron a pensar en sus implicaciones. Una de ellas puede ser que en menos de lo que canta un gallo usted y yo, más otros cuarenta millones, nos descubramos navegando en contravía de las corrientes que surcan el planeta y de paso remitidos sin fórmula de juicio a la mismísima era del hielo por obra y gracia de unos legisladores diestros en transitar los terrenos del absurdo.