Hoy mi invitación es a volver en sí mismos, a escudriñar en lo profundo, a exorcizar demonios, a encontrar una lógica de buen vivir en medio de las carencias y las restricciones, a valorar a quien está y a saber extrañar a quien está lejos y se convierte en una promesa de reencuentro que motiva a ser sensato y sobrellevar esta “extraña calma”.

 

Por/ Diana Brochero Sepúlveda 

 “El silencio tiene acción, el más cuerdo es el más delirante”

Charly García.

En tiempos de especiales televisivos sobre un virus de amenaza global, publicaciones amarillistas, cadenas melancólicas y memes desafiantes, resulta especialmente llamativo el miedo y el desasosiego que produce por estos días el estar en casa, el encuentro con aquellos más cercanos, el no poder ir afuera y resistirse a ir dentro; no de un recinto, sino de sí mismo.

Dentro del vaivén de las dinámicas cotidianas de trabajo, academia y consumo, era una constante escuchar, incluso pronunciar, frases como: “no me queda tiempo”, “no alcanzo”, “quisiera hacerlo, pero el tiempo es medido, limitado, de poca calidad”; frases que indirectamente intentaban justificar tal vez la falta de disposición, la pereza e incluso la misma frustración de estar en un lugar y en un tiempo con las personas equivocadas.

Hoy por hoy el mundo entero se ve obligado a parar su ritmo por una misma circunstancia, a volver en sí y darse cuenta de que solo somos seres humanos, criaturas frágiles, temerosas, inconscientes, muchas veces indolentes, pero sobre todo curiosamente incomprensibles.

Hoy la percepción de esta extraña calma me lleva a reflexionar sobre el tiempo, ese que decíamos ayer que faltaba, que no era suficiente, ese que medimos, ese que se escapa.

Hoy, en confinamiento, en encierro, en aislamiento forzado la concepción de tiempo se desborda, se diversifica, se cuestiona y resulta al final que todo sigue marchando, todo, no para; nada se detiene, hay una sensación de transcurrir, hay una conciencia de que la cosa sigue… y uno va, no sabe por qué, pero va. Ir como si el tiempo fuese un espacio, como si lo pudiéramos parar y el tiempo no para, podemos discutir si va para adelante o para atrás, si es circular, pero inevitablemente, sigue.

Hoy me doy cuenta que el tiempo es un conjunto de ahoras, pero el “ahora” ya pasó, el instante no es más que una ilusión, una manera de luchar contra nuestro miedo a la muerte, hoy, sí hoy, quisiéramos más que ayer detener el tiempo, cumplir el sueño que ha tenido la humanidad entera que sabe que el propio se escurre, se va, se vence. Todo muere, pero el tiempo sigue.

Ahora bien, volviendo a esta realidad pandémica, lo primero en la reflexión personal debería ser entender que, en el tiempo, el pasado y el futuro son momentos inexistentes y que el presente es simplemente ese “ahora” indefinible, un instante que no se puede fijar, el presente siempre se está yendo. El presente se convierte entonces en ese punto de cruce entre lo que ya fue y lo que puede llegar a ser y entendido esto o al menos expuesto viene entonces la invitación a reflexionar y repensar la realidad de esta “extraña calma” que nos circunda.

En el hoy, en nuestro “efímero ahora” estamos llamados a mantener la calma, a estar tranquilos y demostrar una quietud, una ausencia de ruido, de agitación, de nervios en la forma de actuar y esa es, a mi modo de ver, tal vez la postura más absurda solicitada a un ser tan convulsivo como el ser humano lleno de necesidades, de banalidades, de deseos y de instintos que requieren de otros para ser saciados; hoy mi invitación es a volver en sí mismos, a escudriñar en lo profundo, a exorcizar demonios, a encontrar una lógica de buen vivir en medio de las carencias y las restricciones, a valorar a quien está y a saber extrañar a quien está lejos y se convierte en una promesa de reencuentro que motiva a ser sensato y sobrellevar esta “extraña calma”.