LA GRIETA

Es fundamental indicar que, mientras el hombre destruye el mundo, la mujer tiene la capacidad y la inteligencia para reescribirlo, para reconstruirlo, para hacerlo a su modo y a nuestra medida

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón – Portada / El origen del mundo, de Gustave Courbet

“La intuición de una mujer es más precisa

 que la certeza de un hombre”

Rudyard Kipling.

 

He usurpado este título de Doris Lessing por dos razones. La primera, porque es una novela fenomenal que pone en evidencia el vínculo indispensable y necesario que debe existir entre el hombre y la mujer si se quiere progresar como especie. La segunda, porque en este escrito quiero, en particular, señalar que la mujer es esa grieta, metafóricamente hablando, en la que no se halla una resquebrajadura que rompe el canon de lo social, porque, a mi modo de ver, es todo lo contrario, en la mujer florece la vida, la experimentación, el mundo entero. La sociedad como tal.

Estos argumentos, por supuesto, no obedecen a la época actual o vienen desarrollándose a partir de la incursión de la mujer en el ámbito académico, socio-cultural, deportivo o laboral. ¡No! La mujer, como ser vivo de una especie, es mucho más que eso, es mucho más que una época o que una moda. La mujer es, sin discusión alguna, el pilar, la base, el núcleo sobre el que se erige actualmente el universo.

A decir verdad, Atlas, el gran dios que lleva el mundo a sus espaldas debió ser mujer, porque esa es la labor que han hecho posible las féminas: fecundar la tierra, sobrellevar el dolor, ahuyentar la muerte y la enfermedad, parir hijos varones (o engendros como los llama Lessing) para que se vayan, con argumentos estúpidos a la guerra, o para que, en medio de sus ambiciones y codicias, se pierdan en el mundanal de los malos negocios, de la trampa, del asesinato, del narcotráfico. En sí, ha sido la mujer quien ha soportado el universo sobre el lomo de su ser.

De hecho, si nos remontamos en la historia, y vislumbramos con detenimiento el relato bíblico, Dios creó a la mujer porque el hombre no hubiese podido resistir, ni siquiera, la soledad, la inmensidad de un paraíso que le tenía acongojado. Incluso, mientras que el primer varón es producto del barro; la mujer es el origen de la carne, del hueso, de la materia, de esa forma que tanto necesitaba un universo caótico, confuso; quizás, incoherente.

La mujer, dicen algunos, no sé si por desconocimiento o por resentimiento, es una víbora, una serpiente que llenó los ojos del hombre de lujuria, de pecado, de acciones vergonzantes al compartir, con él, el fruto del árbol prohibido. Y esa, exponen con o sin razón, fue la causa que los expulsó del Edén. Sin embargo, yo no lo vislumbro así, porque ese fruto, en realidad, es más simbólico que carnal; alude, considero yo, al hecho de contemplar el conocimiento como esa estrategia de libertad que hará sabio, con el transcurrir del tiempo, al ser humano que no huye del misterio, sino que, con inteligencia, desvela los pliegues que lo recubren. En otras palabras, descifra las sombras del enigma que lo atormentan.

A la luz de estos argumentos, entonces, puede decirse que la mujer en Occidente ha sido subvalorada. Así lo demuestra su protagonismo en una de las civilizaciones más preponderantes para la historia universal como lo fue la cultura griega. Cultura en la que apenas se concebía a la mujer para llevar las riendas del hogar y para conservar la sociedad a través del hogar y los hijos (especialmente varones) que pudiese parir.

Aun así, hubo en la época helénica con influjo romano mujeres que dejaron, para la posteridad, su voz, sus conocimientos y esa huella socio-genética de no silenciarse ante la adversidad y la barbarie. Una de ellas fue Hipatia de Alejandría, quien se desempeñó como pensadora, filósofa y maestra en áreas del saber como las Matemáticas y la Astronomía, ciencias que, se supone, solo estaban diseñadas para la medida crítica y argumentativa de los hombres.

Es más: las únicas mujeres importantes para los griegos de antaño, a nivel social, cultural y político, fueron las hetairas, féminas cultas y bellas de la época que, por su condición refinada en torno a lo social y lo académico, vivían en Atenas en burdeles que frecuentaban las altas esferas intelectuales de la ciudad en busca no solo de placer y sexo, sino, además, de diálogos interesantes y argumentos que, de una u otra manera, las hetairas ayudaban a madurar con sus razonamientos profundos y sabios.

Asimismo, los espartanos, esa comunidad rara y extraña de la Grecia clásica, demostraron que las féminas traían consigo otras capacidades fundamentales como la inteligencia, la moral, la estabilidad económica y la posibilidad de tomar decisiones sensatas en momentos coyunturales en cuanto a lo social, el ámbito político y administrativo e, incluso, en relación con la educación de los futuros guerreros.

Con un pequeño auge, y con un papel protagónico desgajado del mundo griego, la Edad Media reduce a la mujer, definitivamente, a un ser casi despreciable, abominable; brujeril, si se quiere. Y esa marca, la de la bruja, con infortunio debo anunciarlo, hundió a la mujer en el pozo de la incredulidad, en esa caverna oscura y represiva del desconocimiento, como si su presencia en la tierra y en la vida fuese prescindible. En otros términos, como si la mujer fuese, en efecto, un monstruo que debe destriparse por su malignidad.

El silencio y la oscuridad, en nombre de Dios, posaron sus alas sobre las mujeres y les fue casi que imposible hablar u opinar. Durante este período proliferó, con mayor fuerza, esa condena bíblica que las ponía en el ojo de huracán porque habían hecho pecar, de manera lujuriosa y maliciosa, a la estirpe de Adán, acción que les valdría, en muchas ocasiones, la hoguera, la guillotina y un sinnúmero más de torturas a las que fueron sometidas sin ni siquiera tener la posibilidad de defenderse de la instigación divina ni de la mano torpe y obsoleta de la masculinidad.

Pero ese velo, esa maldita mazmorra a la que hemos enviado a la mujer nunca ha sido un impedimento para que ellas, con su valentía y entusiasmo, con su entereza y dedicación, continúen allí, al pie de cañón, para extendernos su mano y levantarnos a nosotros, los hombres, de ese fango al que estamos acostumbrados a caer.

Y ese gesto, el de darle la mano al hombre que la golpea, es el gesto más noble que pueda existir en el ser humano, y no es propio de la masculinidad, porque a nosotros el orgullo nos puede, nos enceguece, nos hace, en realidad, abominables. Esa acción, casi divina, solo la puede ejecutar una persona inteligente, comprensible, resiliente, como lo es la mujer.

Así, han pasado miles y miles de años para las féminas. Aceptando culpas ajenas, humillaciones, bofetones, torturas, laceraciones, feminicidios y cuántas bajezas pueda imaginar el hombre para degradar, sin razones ni argumentos, a esa compañera de viaje que, en lugar de saltar con el bote salvavidas cuando llega la deriva y el naufragio, antes corre hacia el timón para llevar la embarcación al puerto seguro que no vio el hombre enceguecido por la ira o por la idiotez.

Hoy, más que nunca, vislumbro que las mujeres jamás se dejaron amedrentar por la fuerza desmedida de los hombres o por argumentos que rayan, por cierto, en el machismo extremo. Y no lo han permitido porque, en el fondo, son ellas, de todas las especies vivas, y de los dos géneros, quienes, en realidad, han demostrado su fortaleza y su capacidad para sobreponerse ante la adversidad, la desgracia, el infortunio y, por qué no, la tragedia a la que han sido sometidas. Quizás, por ello, encontramos vestigios de muchas culturas ancestrales e indígenas en las que el sistema socio-político se instauraba en las bases del matriarcado.

Para comprender este concepto sobre la mujer no es necesario extender el texto. Tan solo basta con repasar un poco la historia para hallar, sin duda alguna, que el género humano ya estaría extinto desde hace miles de años si no hubiese sido por esa voluntad férrea, tranquila e inteligente que posee la mujer para reacomodar y reconstruir todo lo que el hombre ha estropeado por estar ensimismado y atolondrado con el poder, con esa ansia loca de posarse justo en la punta de la pirámide para demostrar que es más importante la fuerza bruta que la realidad, o que es más estratégico un grito ante la verdad, ante la sabiduría.

La grieta, finalmente, no es un agujero en la pared o una ruptura, a modo de sumidero, por la cual el mundo se desvanece. A partir de hoy es importante concebir que la grieta, esa metáfora bella y hermosa con la que Lessing resignifica a la mujer, alude a esa ranura a través de la cual el universo refulge con otra luz; tal vez, más tranquila, más estable, más funcional. Así, pues, es fundamental indicar que, mientras el hombre destruye el mundo, la mujer tiene la capacidad y la inteligencia para reescribirlo, para reconstruirlo, para hacerlo a su modo y a nuestra medida.

@wimar12101

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