Pero  hay otras historias  no  contadas, y menos desde la palabra escrita . Por ejemplo, la aventura de Guadalupe Zapata, una mujer de raza negra ignorada en los primeros  textos por eso mismo: por negra y por mujer. 

 

Por: Gustavo Colorado Grisales 

La historia oficial nos dice que la ciudad fue fundada un 30 de agosto de 1863. En su himno se habla de “heroicos y buenos hijos”. Los primeros cronistas hacen  énfasis en  el progreso incesante como una de sus improntas y en el talante liberal como seña  de identidad de sus habitantes. Además insisten en las acciones generosas de la familia Pereira Gamba a la hora de donar los terrenos para los primeros asentamientos. De manera simultánea se habla de una vocación comercial temprana y de un espíritu siempre abierto a las corrientes del mundo. Casi siglo y medio después, las palabras gesta y pujanza encabezan los discursos pronunciados en las fiestas aniversarias. Con ellas se ha alimentado, entre otras cosas, el mito de una exclusiva colonización antioqueña.

Sin duda algunas de esas cosas  son ciertas. Pero  hay otras historias  no  contadas, y menos desde la palabra escrita. Por ejemplo, la aventura de Guadalupe Zapata, una mujer de raza negra ignorada en los primeros  textos por eso mismo: Por negra y por mujer. Asunto  apenas natural en una aldea  que desde muy temprano quiso borrar el componente mestizo de sus primeros habitantes, llegados desde las haciendas azucareras del Cauca, de las montañas donde los Embera Chamí amasaron su destino milenario. Y claro: también desde territorio antioqueño.

A resultas de todo eso, en los clubes sociales  decidieron un día escoger al bambuco como expresión  musical   de una identidad unipolar. Pero nada es tan simple. Por fortuna, basta recorrer las calles de Pereira de noche y de día para sentirnos invadidos por la multiplicidad de ritmos que nos habitan. Tangos del Río de la Plata o compuestos en el puerto de La Virginia, da lo mismo. Salsa y boleros de las Antillas. Rock de Manchester o Detroit. Baladas de México o Venezuela. Vallenatos de la Guajira  y despecho de todas partes. Todas esas músicas dicen algo de nuestra condición.

Cada cierto tiempo tomo mi morral, calzo mis tenis de siete leguas y salgo a reencontrarme con sus rincones, sobre todo los  negados por las voces  del poder. Detrás del cerro de Canceles palpita una abigarrada multitud  expulsada de todas partes por la pobreza o por una de las muchas violencias que nos definen como país. “Ciudadela Tokio” bautizaron a ese lugar, con no poca dosis de ironía. Según los urbanistas, una ciudadela es un conjunto de residencias dotado de servicios que garanticen las condiciones mínimas de dignidad para una población: recreación, deportes, salud, trabajo, educación, zonas verdes y opciones para uso creativo del tiempo libre. En Tokio de esas cosas solo se escucha hablar cuando los políticos  en campaña se  deciden  a trepar la ladera en cuya cima alientan varios millares de votos potenciales.

Otra cosa es recorrer a Cuba. Los nombres de algunos de  sus barrios todavía  guardan  reminiscencias de los tiempos de la revolución que le dio nacimiento al sector: La Habana, Leningrado,  La Isla. En los años sesentas y setentas, buscando el sueño americano, muchos de sus habitantes  fueron a parar a lugares como Queens y New Jersey, de donde importaron el gusto por la salsa dura y los hábitos de consumo de la clase media de Estados Unidos.

En un ejercicio de prospectiva adelantado durante la Alcaldía de Israel Londoño, los expertos participantes reconocieron por primera vez el papel de las economías ilegales en los procesos económicos y sociales de la ciudad. Es decir, le pusieron nombre técnico a nuestra facilidad para incorporar las prácticas y la estética de las mafias que forjaron a su medida la reciente historia de Colombia. Centros Comerciales, discotecas, restaurantes, fincas con saunas y toboganes, automóviles de alta gama y clínicas donde las muchachas se operan pechos y trasero a pedido de los nuevos ricos son parte de un paisaje devenido símbolo de una manera de ver el mundo fundada en el arribismo.

“Solo nos queda puro el hijueputa/ y lo estamos negando todavía”, escribió el poeta Luis Carlos González, hastiado de las pretensiones de unas élites proclives a  la irrealidad. Hoy, en medio de tanta celebración, quizás nos haga falta una buena dosis de esa sana  lucidez, para asomarnos a los otros rostros  de   nuestra realidad, escamoteados una y otra vez por la historia oficial.