La imposibilidad del regreso

Por distintos caminos los hombres intentan aprehender las puntas de la madeja con que está tejida su vida. Es decir, el tiempo y sus manifestaciones. La obra entera del escritor norteamericano Thomas Wolfe –1900-1938– está centrada en  la búsqueda de las huellas del tiempo que pasa y va sembrando el olvido en la piel de los hombres.

 

Por Gustavo Colorado Grisales

La materia del tiempo

En los relatos homéricos los héroes abandonan la casa y parten en busca de lo que los antiguos llamaban “Un destino”.

Al final solo encuentran una sucesión de quimeras y empiezan a sospechar que el reino buscado no está adelante sino atrás: El paraíso perdido entronizado por la cosmovisión cristiana unos siglos más adelante.

O el Shangri- La de algunos pueblos orientales.

La Montaña mágica entrevista  en las brumas del tiempo por los poetas de los cuatro puntos cardinales

Bajo múltiples ropajes, la metáfora del viaje y el regreso cruza las literaturas del mundo entero.

Por distintos caminos los hombres intentan aprehender las puntas de la madeja con que está tejida su vida.

Es decir, el tiempo y sus manifestaciones.

La obra entera del escritor norteamericano Thomas Wolfe –1900-1938– está centrada en  la búsqueda de las huellas del tiempo que pasa y va sembrando el olvido en la piel de los hombres.

El tiempo que nos roe desde adentro y deja sus  marcas en el afuera.

De hecho, su novela cumbre  está titulada  Del tiempo y el río.

Al menos en occidente, desde Heráclito, nos habituamos a ver en el río que pasa y no regresa la más certera imagen del tiempo que nos habita y en el que habitamos.

No  es casual que el gran mito norteamericano se  condense en la imagen de los peregrinos del Mayflower que un día partieron de la vieja Inglaterra en busca de su propia tierra de promisión: Un continente entero donde plantar su simiente y escapar así de persecuciones seculares.

 

El paraíso perdido

No es cuestión de azar  que en el béisbol –el deporte nacional de los  Estados Unidos– el home run, la carrera de  vuelta a casa, constituya la jugada suprema.

En los años de su breve paso por la tierra, Wolfe se dedicó a buscar los elementos que le permitieran descifrar las claves de ese anhelo.

Nacido con el siglo XX, cruzó la adolescencia escuchando los ecos de la Primera Guerra Mundial, la contienda que anunció el desplome de las promesas de  felicidad  sin límites insinuadas en el discurso sobre la  fe en el progreso, derivados del reinado de la ciencia y la razón.

Entrado en la treintena fue  testigo de la quiebra de un mundo que había convertido la especulación financiera en una nueva religión.

Poco antes de morir,  mientras el planeta se preparaba para otra guerra, vivió los efectos de la tercera gran oleada de inmigrantes que llegaban de todas partes,  atraídos por el canto de sirena cifrado en miles de fábricas y en millones de hectáreas de tierra baldía.

Cuando esos inmigrantes se hubieron instalado, descubrieron que habían echado raíces en el vacío.

Las ciudades no eran sus ciudades y la tierra baldía no era su tierra.

Al menos es lo que se desprende de estos párrafos:

Me alejé y seguí caminando hasta que encontré el sitio. Y  de nuevo, de nuevo, volví a entrar en aquella calle y hallé el lugar donde las dos esquinas se encontraban, la manzana compacta, la torrecilla y los escalones. Me detuve un instante mirando hacia atrás, como si la calle fuera el Tiempo.

Por un momento esperé que surgiera una palabra, que una puerta se abriera, que se acercara un niño. Esperé, pero no hubo palabras y nadie apareció.

 

El peregrino sin fe

Con la misma sustancia que le permitió levantar el edificio de Del tiempo y el río, Thomas Wolfe se da a la tarea de ofrecernos un atisbo del alma de América a través de tres títulos que pueden leerse como obras autónomas o como capítulos independientes de una misma historia: la de los intentos fallidos por encontrar el camino de regreso a casa.

La primera de ellas es El niño perdido. En poco menos de cien páginas Grover Wolfe, el protagonista, recreado por las voces de quienes compartieron su corta existencia, intenta conjurar los poderes de la muerte y  el olvido a través de una permanente evocación en la que los sentidos juegan el rol principal: imágenes, olores, sabores son convocados una y otra vez como una manera de oponerse a la disolución que lo ronda.

Que nos ronda a todos.

Al modo de un coro griego, la madre y los hermanos tejen una red que, aunque de manera precaria, los ayudará a preservar el recuerdo del hijo y hermano muerto cuando se aprestaba a abandonar la infancia.

Estamos en 1904, el año de la Exposición Universal celebrada en Saint Louis, una especie de templo dedicado a consagrar los prodigios de la Revolución Industrial.

Encandilados por ese resplandor, los norteamericanos no advierten que el mundo se tambalea bajo sus pies… hasta que todo se rompe durante la gran crisis de 1929.

 

Las alas rotas

Es entonces cuando Thomas Wolfe emprende la segunda parte del recorrido. El título de la novela no precisa de explicaciones: Especulación. El apacible pueblo donde nació John es presa del frenesí inmobiliario. Las tierras se compran y se venden a un ritmo demencial.

Surge entonces el nuevo gran mito: la ciudad con su despliegue de sortilegios y decepciones.

La ciudad como fuerza que los imanta y los conduce hacia sus laberintos, donde acaecen nuevas formas del paraíso perdido.

Aludiendo a la raza de los especuladores, el narrador nos anuncia:

Todos  eran presas de caza para ellos: el cojo, el tullido y el ciego, los veteranos de la Guerra Civil o sus decrépitas viudas, y también los chicos y las chicas de las escuelas, los camioneros negros, los ascensoristas, los vendedores de soda, los limpiabotas. Todos invertían en el negocio inmobiliario y cualquiera se consideraba un promotor, ya fuera de nombre o en la práctica.

Todos a una, atendiendo a un ignoto llamado, los norteamericanos se dedican a tocar a las puertas del cielo.

Y ese será el motivo de la tercera novela: Una puerta que nunca encontré.

Imposible no evocar las imágenes de una película de John Schlesinger, protagonizada por Dustin Hoffman y John Voight.

Un provinciano y un pícaro descubren inesperadas formas de solidaridad en las duras calles de Nueva York.

Perdidos en la noche fue su título en español.

La noche es el mundo y la ciudad la metáfora del extravío de los hombres que se buscan, se olfatean y se abandonan a la menor oportunidad:

No sabría decir si su camino era correcto, pero estaba seguro de que no era el mío. Su puerta era una de ésas  por las que yo no podría  entrar nunca. Y, de repente, la desnuda y vacía desolación llenó mi vida de nuevo, y me vi caminando bajo el cielo inmemorial, sin un muro en el que descargar mi fuerza, sin una puerta para entrar y sin propósito alguno para la furiosa inutilidad de mi alma. Ahora el gusano volvía a corroer mi corazón. Me sentía de nuevo inmerso en la lenta, interminable extenuación de los tiempos grises.

El gusano es, desde luego, el tiempo. Thomas Wolfe no se ha  apartado ni un instante de su gran obsesión: la imposibilidad del regreso a la parcela esencial de la propia vida, al reino del niño perdido donde iniciamos la senda de nuestro extravío.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada: