Pero si  ustedes prestan atención, esos hombres y mujeres no se fijan tanto en el rastro de sangre como en la historia  que éste deja detrás: un ejecutivo que codicia los bienes de sus colegas, un industrial que quiere acabar con su competidor, un ciudadano que se llevó a la cama a la abandonada esposa del vecino, un adolescente hastiado de sus padres.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

¿Cuál es el secreto para evitar tanto desastre? Le pregunta a Horatio Caine un  magnate  neoyorquino de vacaciones en Miami, atribulado por el rumbo errático de sus hijos,  dedicados a las drogas, la ruleta, las orgías y otros juegos extremos.

Dejar de procrear, le responde sin dudar el  lúcido detective de la serie policial CSI Miami.

De inmediato uno piensa en Borges: “Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”.

Y de Borges  se salta a Shakespeare, a san Agustín, a Chesterton, a Montaigne,  a Homero, al Antiguo Testamento.

Porque las dichas y tribulaciones de los humanos son eternas.

Ya lo sabemos: solo cambian la ropa, los objetos, la tecnología. Es decir: la utilería.

El corazón permanece anclado en su reino de luces y tinieblas.

Por eso  un escritor puede ubicar su historia en planetas remotos, pero no habrá salido de los límites humanos, como bien lo muestra Ray Bradbury en su entrañable Crónicas marcianas.

Al igual que Mac Taylor, su colega de Nueva York, la figura del detective Horatio echa raíces en  sus homólogos nacidos de la pluma de maestros como Raymond Chandler, Dashiell Hammett y Carroll John  Daly.

El más recordado de todos esos detectives es Philip Marlowe, encarnado en el cine por Humphrey Bogart.

Pero también están Race Williams, Sam Spade y Nick Charles, todos movidos por una obsesión: no se proponen tanto descifrar  el acertijo del crimen como desvelar sus raíces más profundas.

Cínicos,  perspicaces, derrotados, solitarios, Marlowe y sus iguales son menos policías que filósofos, entendida esta expresión como alguien que explora los meandros de la condición humana.

Por eso Raymond Chandler tituló El simple arte de matar a uno de sus ensayos.

Antes de él, Shakespeare lo había ilustrado con profusión: la gente mata por tres motivos fundamentales:

Dinero, o cualquiera de las otras formas del poder que finalmente se traducen en dinero. Poder religioso, militar, cultural, político, familiar.

Celos. Es decir, sexo.

Y miedo. Sobre todo miedo a perder lo conseguido, generalmente a través de otros crímenes.

Es  la vieja historia de la humanidad a través de los siglos.

Por eso cuando uno lee una novela policiaca o se sienta a ver una de estas buenas series de detectives, siente que asiste a algo muy antiguo y, al parecer, inmodificable.

De ahí  la imposibilidad de lo nuevo en literatura y, por ese camino, en la vida toda.

En uno de los capítulos de la serie, Horatio Caine tuvo que habérselas con un viejo y conocido contubernio: dinero y sexo. Una contribuyente en apuros decide pagarle con sus encantos a un funcionario de hacienda para que modifique su historial tributario.

Cuando  las autoridades de hacienda y el marido de la dama lo descubren todo, la cosa termina en crimen.

¿Les suena conocido?

A Horatio y su eficiente equipo de colaborares también y por eso resuelven el caso con relativa rapidez.

Sexo e impuestos, era el título del episodio.

Poder, sexo, miedo y muerte. Nada más.

Solo que cada ser humano  tiene  su propia manera de adentrarse en esos territorios.

Cambian los nombres, cambian los rostros, cambian los métodos. Lo humano permanece.

Por eso la  literatura y la vida son siempre como la primera vez, pero distinto.

Así se explica que todo parezca nuevo y viejo a la vez.

De un siglo hacia acá todo se ha vuelto más sofisticado. Las formas de la seducción, las trampas de la especulación financiera, los delitos cibernéticos. Y sobre todo destacan la rapidez y la  simultaneidad. Las cosas parecen suceder al mismo tiempo y los criminales se desvanecen a una velocidad que espanta.

Eso obliga a los detectives a echar mano de todos los recursos de la ciencia. Sus despachos parecen el  laboratorio de una poderosa corporación.

Pero si  ustedes prestan atención, esos hombres y mujeres no se fijan tanto en el rastro de sangre como en la historia  que éste deja detrás: un ejecutivo que codicia los bienes de sus colegas, un industrial que quiere acabar con su competidor, un ciudadano que se llevó a la cama a la abandonada esposa del vecino, un adolescente hastiado de sus padres.

Dicho de otra manera: la vida de todos los días.

 Y esta se copia a sí misma con una fidelidad tal que solo  así se entiende la imposibilidad de lo nuevo.

PDT: les comparto enlace a la  banda sonora de esta entrada

 https://www.youtube.com/watch?v=SHhrZgojY1Q