Irónicamente, por más años que llevemos sobre la tierra la historia nos demuestra que nunca aprendemos. Los neandertales reconocieron los beneficios de trabajar juntos, lo que tuvieron que hacer de nuevo las civilizaciones antiguas y más recientemente, los bloques económicos.

 

Por: Valeria Guerrero Osorio

No sé si soy la única que se ha percatado de esto, pero últimamente solo leo, veo y escucho gente enojada en todos lados. Que si el otro votó por x o en blanco; que si tal jugador o técnico hizo bien o no su trabajo; que si las fronteras separan más que tierra. Todo se ha convertido en una excusa para discutir con los demás. Lo preocupante acá no es el motivo, sino el trasfondo de tantos desacuerdos: nos hemos vuelto incapaces de ponernos en los zapatos del otro, y no hablo solo de los puntos de vista sobre determinado tema, sino frente a las decisiones.

Hace un buen tiempo fui columnista de este mismo portal –nada memorable publiqué entonces, lo reconozco– y una vez escribí sobre cómo, a mi parecer, los juicios personales deberían emitirse sobre las razones y no los actos, algo que podría asociarse con el contexto, un factor determinante en la comunicación y que creo que es una de las cosas más importantes que he aprendido de mi carrera hasta ahora.

Definido por la Real Academia Española, el contexto es el “entorno físico o de situación, político, histórico, cultural o de cualquier otra índole, en el que se considera un hecho”. Poder reconocer todo esto sería lo ideal, pero a veces es algo que se nos sale de las manos. Por más que intentemos saber cómo se sienten los venezolanos con respecto a la situación de su país es algo que solo comprenden quienes lo viven. En estos casos, más que apelar al reconocimiento contextual, hay que apelar a la empatía.

Me parece curioso que en la actualidad las series más exitosas de plataformas como Netflix sean las que promueven dicho valor. Un ejemplo demasiado obvio de esto es ‘Sense8’. Con una clasificación de cinco estrellas en el portal, que además es dada enteramente por usuarios, esta serie se ha convertido en un boom mediático; es tanto así que cuando la marca anunció su cancelación después de dos temporadas, la presión de los fans alrededor del mundo los obligó a producir un capítulo final.

La serie sigue a ocho personas que no se conocen, ni sabían que existían, y que despiertan un día con la capacidad de ver y sentir lo que ve y siente cada uno, e incluso de acceder a sus conocimientos y habilidades, lo que les permite ayudarse mutuamente y que en la serie caracteriza a una especie evolucionada de ser humano; lo cual es bastante curioso porque las civilizaciones no serían lo que son ahora de no haber aprendido que recorrer el mundo solos en busca de comida era más difícil que cuidar una tierra con otros y crecer juntos, como les pasa a ellos.

Irónicamente, por más años que llevemos sobre la tierra la historia nos demuestra que nunca aprendemos. Los neandertales reconocieron los beneficios de trabajar juntos, lo que tuvieron que hacer de nuevo las civilizaciones antiguas y más recientemente, los bloques económicos. Pero, como antes, para dimensionar la importancia de esto hemos sufrido solos y enojados, como en la Segunda Guerra Mundial que dio origen a la Unión Europea, la misma que ahora se está desintegrando.

No sé si la humanidad no puede evitar ser cíclica o es que en el fondo somos una especie realmente egoísta, lo que sé es que en un mundo en el que solo hablamos con odio, el amor es revolución. Y puede sonar muy cursi, pero siempre ha sido la respuesta; cuando Estados Unidos estaba enceguecido con la Guerra Fría con la Unión Soviética, durante la cual murieron tantas personas en Vietnam y el temor se adueñó de todas las familias americanas por la amenaza de misiles y una guerra nuclear, surgió uno de los mayores movimientos de paz y amor en la historia: los hippies, jóvenes que estaban cansados del odio que desbordaban las noticias, los gobernantes e incluso los vecinos, y que consiguieron contrarrestar todo eso con amor. Y seguro que verdaderos historiadores podrían dar ejemplos anteriores a este.

También ha sucedido así en nuestro país. Durante una de las épocas más oscuras de Medellín, en la que la gente dejó de ir al centro por miedo a los carros bombas que explotaban en cualquier esquina a cualquier hora, varios artistas se unieron para desplazar todo ese odio y violencia mediante exposiciones en el mismo sector; estas exhibiciones tenían como temática central el amor por la capital de su departamento, una bandera de paz que se levantó en varios barrios donde la violencia mantenía las puertas cerradas y los ojos abiertos.

Pero al parecer no basta con conocer la historia, se siguen eligiendo presidentes como Trump que nos devuelve a 1939 con su discurso xenofóbico en una época en que necesitamos olvidarnos de las fronteras para hacer del planeta un lugar mejor, uno en el que la gente no muera atravesando ningún mar para huir de su país ni tenga que sentarse en los andenes de una patria que no es la suya a pedir una moneda para poder comer.

Se dice que la enfermedad del siglo XXI es la depresión, pero para mí es un efecto de una causa más grande: la indiferencia. Ya nuestros ancestros descubrieron antes que juntos podían llegar más lejos, ahora no necesitamos construir ciudades desde cero ni levantar un continente de una guerra, basta con mirar a quien está a nuestro lado y reconocerlo tan humano como nosotros mismos.