La otra cárcel de Pereira

Homeris se jacta de tratar a la salud mental con humanidad, lo cual está muy lejos de la verdad. No es cuestión de señalar con el dedo a enfermeros que enfrentan momentos que los hacen perder la paciencia, de médicos inaccesibles o especialistas que casi nunca están;  tal vez el culpable es el mismo sistema de salud colombiano que parece ver el encierro como el mejor tratamiento psiquiátrico.

 

Por: Eduardo Valencia Guevara

En la sociedad colombiana las enfermedades mentales son un tabú, padecer de alguna se ha convertido en una tarea épica para algunas personas; y es que en un país mayoritariamente creyente e ignorante —no digo que ambos conceptos estén relacionados—, pueden pensarse muchas cosas.

Ir al psicólogo, y peor aún al psiquiatra, es algo muy mal visto por la sociedad, a pesar de que los jóvenes que parecen optar por la carrera de psicología son más que en años anteriores; estos jóvenes parecen ser los únicos que entienden el flagelo de una enfermedad mental como la depresión, por mencionar la más “leve”.

En otros casos, quienes padecen se encuentran en situaciones de todo tipo, donde el factor común radica en la incomprensión, frases como “yo era igual, camine vamos a la iglesia que eso es falta de Dios”, “no piense así, piense positivo y le va mejor”, “yo viví algo así y no necesité psicólogos, eso es falta de…”, “no piense bobadas”… son lo que tienen que aguantar los pacientes a diario.

Aquella incomprensión no es lo único en contra de la salud mental de los colombianos. El deteriorado y saqueado sistema de salud no le sonríe a las enfermedades mentales, incluso en varias entidades no existe la mínima cobertura o, como dicen ellos con una asesina frialdad, no hay convenio con esas instituciones.

Las pocas que sí tienen esta cobertura de salud mental, ofrecen entre sus servicios la reclusión en el E.S.E Hospital Mental de Risaralda que, aunque no pueda parecerlo de primera impresión, básicamente es otra cárcel en la ciudad de Pereira.

Homeris —como es conocido este hospital— tiene un pabellón de urgencias que para algunos parece sacado de una película de terror, compuesto por una sala donde los pacientes más peligrosos —o que requieren más cuidado, según ellos— deambulan durante la mayor parte del día, ven televisión y comen, y dos  inmensos cuartos —uno para hombres y otro para mujeres— donde hay aproximadamente 14 camas y un solo baño (ducha, lavamanos y sanitario) en cada uno.

Si  alguien se queja mucho es probable que termine amarrado por seguridad. Aunque generalmente los amarrados, quizá por su agresividad, terminan siendo los pacientes peligrosos, algunos de ellos bajo el cuidado del INPEC, quienes generalmente se reconocen por también estar bajo el cuidado policías o dragoneantes. También existe la posibilidad de que roben tus pertenencias, sin que nadie pueda hacer mayor cosa, ni siquiera los policías (esa no es su jurisdicción).

Las terapias de recuperación en esta zona son inexistentes; si estás allí solo te queda deambular por el lugar bajo los efectos de lo que sea que te den, esperando a que un médico, un psiquiatra o un psicólogo hable contigo, pero estos rara vez aparecen. Si padeces de alguna dolencia física, te deseo buena suerte aguantando  pues será difícil que te pongan atención; los enfermeros tienen cosas más importantes qué hacer y ver al médico, como se manifestó antes, es algo muy raro.

Afortunadamente el infierno del pabellón de urgencias  no es eterno para todos los pacientes, existe una zona con patio —por fin, después de aquel infierno hay luz del día, el sol o la lluvia pegándote en la cara, o una agradable brisa nocturna roza tus mejillas—, donde los internos pasan la mayor parte del tiempo.

Además del beneficio del patio, los pacientes cuentan con un aumento en las horas de visitas, pasando de la hora única en urgencias, a tres horas que compartes con tus seres queridos por fuera de esa sala; además de la privacidad de un cuarto con baño que compartes con otras dos personas, en la zona de hospitalización, y con otra persona y derecho a televisión, en  la zona denominada pensión.

Durante la semana hay diferentes terapias de manualidades donde los pacientes encuentran en el dibujo y la pintura una distracción a su vida de encierro; pero los fines de semana, en especial los que traen festivo, se hacen inmensamente largos, porque además de la falta de terapias se suma la ausencia de personal capacitado en salud mental, dejando los pacientes a merced de enfermeros y un par de médicos de turno que son como fantasmas, pasan la mayor parte del tiempo fuera de la vista e inaccesibles.

Aquellos fines de semana los pacientes, conscientes de su situación, que no son pocos, se la pasan jugando parqués, dominó o viendo televisión en un pequeño espacio destinado a ello. A estos se suman los personajes que pagan su pena carcelaria en el lugar, debido a algún delito del que no suelen hablar, quienes abandonan su lugar de estancia, desconocido para los pacientes, y se unen al patio.

No es por ellos o por los personajes de urgencias que una persona pueda sentirse en la cárcel bajo este hospital, es por su normatividad. Incluso, en la zona del patio las reglas son dignas de una prisión; visitas y comida a horas determinadas, tomarse la medicación prácticamente sin chistar. Aquellos quienes disfrutan el patio dicen que el lugar es levemente mejor que la cárcel, unos pocos habitantes de urgencias dicen que darían lo que fuera por volver a su celda.

 

Los enfermeros hacen el papel de guardias. Algunos, haciendo alarde de paciencia y de fuerza de voluntad, intentan ser amables con los pacientes; otros, mantienen el orden mediante la represión y las amenazas, haciendo del lugar una verdadera prisión.

Una persona depresiva no puede hacer algo tan humano como llorar, y menos una muestra de debilidad más evidente, la respuesta de los enfermeros, en especial los del segundo grupo, será la amenaza de volver al infierno denominado urgencias, donde la ansiedad y la depresión pueden devorar a una persona aun si su salud mental es buena.

Homeris se jacta de tratar a la salud mental con humanidad, lo cual está muy lejos de la verdad. No es cuestión de señalar con el dedo a enfermeros que enfrentan momentos que los hacen perder la paciencia o de médicos inaccesibles o especialistas que casi nunca están, tal vez el culpable es el mismo sistema de salud colombiano que parece ver el encierro como tratamiento psiquiátrico.

Muchos de esos pacientes son depresivos, bipolares o con trastornos que podrían llevarlos fácilmente al suicidio, pacientes que poseen una baja autoestima y llegan al hospital buscando una ayuda ante su problemática, pero engañados por el mismo personal que los recibe son encerrados como delincuentes en aquel infierno de urgencias y muchas veces tratados toscamente, sin posibilidad de quejarse.

Así que la única ayuda a su problema es una pastilla; una pastilla para lidiar con los demonios de su enfermedad y ahora con el encierro en un espacio al que las cárceles poco tienen que envidiarle. Allí entenderán que su único delito fue nacer en Colombia con una enfermedad mental.

Tal vez por eso es que muchas personas, a pesar de las rejas de seguridad, han optado por lanzarse del viaducto, aquel emblemático puente que une los municipios hermanos de Pereira y Dosquebradas.  Tal vez en la cabeza de alguien suene una frase, musicalizada como un narco corrido: “Prefiero una tumba en el cementerio San Camilo y no una celda en Homeris”.