La otra fortuna

¿Alguien tenía algo mejor que decirles? ¿Algo que les permitiera amar alguna cosa verdaderamente o encontrar una noción de propósito e identidad?

 

Por / Valeria Castillo León

Pupitres de madera y hierro con las fórmulas no memorizadas, recordatorios de amor de “Jenny -N- David”, y los chicles mascados ya tiesos bajo el asiento; batas blancas, migajas de galleta en los bolsillos y tardes calurosas que resultaban en una comezón a la altura del cuello. A eso sabe la infancia y la adolescencia, cuando se es lo suficientemente “afortunado” como para ir al colegio. En mi caso, además de las jornadas a las que debía honrar con mi asistencia, recuerdo también un número de horas desperdigadas en los patios de otros colegios, esperando a mi mamá, que para muchos era “la profe Stella”.

A veces era cuestión de quince minutos, a veces de un poco más de una hora. Me ponía entonces a aprovecharme del acceso ilimitado al menú de la cafetería, a rondar los salones vacíos y a fingir no ser “esa niña”, que claramente no pertenecía a ellos. A través de las ventanas y las puertas abiertas, sentía las miradas de estudiantes desconocidos, pero que en muchos aspectos eran idénticos a mí. Los rostros adormilados, los espasmos de energía hiperactiva y la torpeza generalizada.

Por lo general, nuestra interacción se limitaba a eso: el estudio furtivo del otro. Apenas una mirada fugaz para reconocer si nos gustaba el rostro que veíamos, e identificar el escudo a la altura del pecho y los colores emblemáticos en las mangas de la camisa. No obstante, también hubo ocasiones en que hablamos. Probablemente ellos no lo recuerden, pero yo sí, porque incluso en esos días podía intuir en dónde yacía la otra y verdadera fortuna, independientemente de nuestro estatus como estudiantes matriculados en esta o aquella institución.

Me acuerdo de Daniela, rodeada de sus dos mejores amigas. Dieciséis años, el hábito de organizarse el cabello sobre la frente cada dos minutos y las risas aún más frecuentes. Estaba emocionada por graduarse en unos meses y dejar atrás las matemáticas, el inglés y las ciencias sociales, que habían sido sus penurias, una y otra vez, en los exámenes de recuperación. Entonces le pregunté qué iba a hacer después del colegio. No lo sabía. Tampoco sus amigas. Bueno, pero, ¿qué les gustaba hacer? Risas. “No, pues…no sé, ver televisión”.

Algo similar pasó con Sebastián, de diecisiete años bien estirados en lo que debía ser un metro setenta y algo. Del colegio iba a extrañar a sus amigos y nada más, porque iba por obligación, arrastrando su desgana como arrastraba su pupitre junto al escritorio de “la profe Stella”, que otra vez había tenido que llamarle la atención. Pero no era estúpido, ni mucho menos. Tampoco era un futuro rufián, porque, pese a todo, tenía una amabilidad honesta escrita entre la pupila y el arco de las cejas. Simplemente no tenía mejores razones que los reproches de los directivos o los castigos en su casa para estar en donde estaba, y más le valía darse por bien servido.

¿Alguien tenía algo mejor que decirles? ¿Algo que les permitiera amar alguna cosa verdaderamente o encontrar una noción de propósito e identidad? Estaban a punto de salir al mundo y tomar decisiones importantes, estuviesen conscientes de ello o no, pero parecían no saber casi nada sobre sí mismos, ni sobre las preguntas por las que podían empezar, a fin de lograr algo que no fuese una vida completamente definida por la contingencia y la candidez.

La respuesta para ellos era no y sigue siendo no para tantísimos niños y adolescentes. Desde el Ministerio de Educación, hasta las instituciones locales y las figuras paternas, el argumento hegemónico del salario continúa alzándose sobre nuestra infinita pobreza, que es aún mayor en nuestras cabezas que en nuestros bolsillos.

Por supuesto, no estoy insinuando que la preocupación económica no sea válida. Claramente es un elemento más que fundamental en el devenir individual y colectivo, al que todos debemos hacer frente continuamente, si no nacemos en el reducidísimo porcentaje de la población que ya tiene un sustento garantizado. Pero mentiría si dijera que no creo que estemos cometiendo un grave error cuando le decimos a los miles de Sebastianes y Danielas que eso que viven o vivieron en el colegio es la única versión que pueden esperar.

Estos días pienso mucho en ellos, y en la gran fortuna que tuve al conocer personas y referentes que, en la época más vulnerable para cualquier ser humano, me ofrecieran respuestas distintas entre las que tuve que debatirme, dándole forma a esto que soy.

Cómo me gustaría que en algún momento podamos llegar a preguntarnos por el vínculo de las tantísimas inestabilidades de nuestra sociedad, y la pobreza mecánica, disfrazada de eficiencia educativa, entre la que Daniela olvidó que de pequeña le encantaba preguntarse por la vida de los insectos, y Sebastián empezó a creer que era ridículo pasarse tanto tiempo dibujando.

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