Gustavo ColoradoCada cierto tiempo los voceros oficiales del gobierno colombiano  reactivan un lenguaje caro a la tradición decimonónica, en el que se habla con profusión de próceres, gestas, héroes y vidas ofrendadas por la libertad. Ese ejercicio retórico tiene como primer resultado dificultar aún más la comprensión de  la compleja, rica y contradictoria trama de nuestro destino colectivo.

Por: Gustavo Colorado

Una buena manera de tomar distancia de esa posición, signada por el chovinismo y la lágrima fácil, consiste en revisitar las literaturas producidas en dos siglos, pues bien sabemos que la ficción suele ser un instrumento tan certero  como la Historia a la hora de asomarse a los pliegues de la realidad.

De ese remedo  de nación sumido en guerras civiles  por el control de la tierra y por la imposición  de un modelo educativo, nos hablan con bastante propiedad, aun a su pesar, las novelas de Jorge Isaacs y Eugenio Díaz Castro. La honda entraña del latifundio y su expresión en las relaciones sociales es desnudada en las páginas de María, mientras las luchas intestinas de los nacientes partidos políticos aparecen como música de fondo del nacimiento, ascenso y caída de esas poblaciones que trataban de conectarse a través del río Magdalena con la  emergente promesa de una modernidad que creíamos adivinar en las humaredas de los barcos de vapor. La novela Manuela es  una buena muestra.

Más tarde, los relatos de José Eustasio Rivera y Tomás Carrasquilla darían cuenta de  las convulsiones que acarreó aquello que los  expertos en ciencias sociales bautizaron, de manera bastante ambigua, como “expansión de la frontera agrícola”. La explotación del caucho en el primero, y de la inmensa riqueza  minera en el segundo, le sirvieron al autor de La Vorágine y al creador de La Marquesa de Yolombó, para recrear a unos seres humanos marcados por la impronta del desarraigo y el despojo en unos casos y por la arbitrariedad  y el crimen en otros.

Fue entonces el momento de  la violenta transformación de un país  rural en urbano, en el que jugaron un papel central los viejos partidos liberal y conservador, como voceros de dos maneras de  interpretar el mundo ancladas en el valor  simbólico y real de la tierra en lo que corresponde a  los conservadores y en el poder transformador de la industria en lo tocante a los liberales. De ese tránsito surgen novelas como Cóndores no entierran todos los díasLa casa grande y ese monumental fresco cifrado de  la Historia nacional que es  Cien  años de  soledad.

Hasta  que llegamos a este presente de penas y olvidos, en el que  la corrupción de la clase dirigente, el cinismo o la indiferencia de amplios sectores de la población, el poder sin límites del narcotráfico y la violencia de los ejércitos –legales o ilegales se conjugan para  dar lugar a una suerte de identidad hecha de tinieblas y verdades a medias.

Los rastros y las voces de ese lado de la realidad  están  en decenas de cuentos, novelas y crónicas producidos a partir de la década del setenta del siglo XX, que bien haríamos en abordar como espejos desenterrados en los que podemos mirarnos por fin, si no queremos que, como a Clemente Silva en la novela de José Eustasio Rivera, la selva de la desmemoria acabe por tragarnos a todos.