Manuel Ardila (BN)La desigualdad campea a sus anchas en el país. Colombia es el tercer país más desigual de la región y el reciente crecimiento económico experimentado no se ha visto reflejado en muchas zonas (y en la calidad de vida de otras tantas personas).

 

Por Manuel Ardila

Miles de personas en el país y fuera de él están sorprendidas con el espectacular avance que ha experimentado el proceso de paz con las FARC en los últimos días (incluidas personas que apoyan el proceso, todo sea dicho). El comienzo de la discusión sobre un cese bilateral de hostilidades (aupado por una tregua unilateral declarada por las FARC que duró más de lo esperado) y las intenciones de comenzar un proceso con el ELN llevan a pensar que el ansiado fin del conflicto está cerca.

Aún así, si nos detenemos a analizar mínimamente al país real y ver la manera en la que se conduce, pareciera más bien que estamos frente a la terminación nominal del conflicto, pero no a su terminación real. Echemos un pequeño vistazo a unos cuantos hechos que influyen en ese país real.

La desigualdad campea a sus anchas en el país. Colombia es el tercer país más desigual de la región y el reciente crecimiento económico experimentado no se ha visto reflejado en muchas zonas (y en la calidad de vida de otras tantas personas). La desigualdad no solo trae consecuencias negativas para quienes la padecen sino también para el país que ve cómo se desperdicia el potencial de su recurso humano por la falta de oportunidades.

Sectores económicos tan importantes para cualquier nación como la agricultura y la industria se encuentran en cuidados intensivos y, a pesar de ello, siguen siendo atacados por factores como los sucesivos TLC que se han seguido firmando durante el gobierno actual y que han pretendido ponernos enel escenario económico global en posición de igualdad con superpotencias mundiales como los EEUU.

El narcotráfico, el motor del conflicto armado que tantas desgracias nos ha traído, sigue igual que siempre. Por cada capo que es capturado, por cada cabeza que se le corta a ese monstruo de mil cabezas, una cabeza nueva surge casi al instante.  Aunque se ha demostrado hasta la saciedad que la Guerra Mundial contra las Drogas ha sido un fracaso total, el gobierno colombiano (y otros muchos gobiernos) siguen poniendo en práctica un modelo de lucha ineficaz y fracasado que sigue produciendo los mismos ríos de sangre y los mismos muertos de siempre.

Pilares vitales para cualquier democracia como el sistema de justicia, las fuerzas del orden, el congreso y la clase política se sumergen año tras año en el descrédito absoluto. Estos mismos pilares no han hecho mayor cosa para salir del callejón y el colombiano promedio ha decidido manifestarse frente a los múltiples y sucesivos escándalos con desidia y pesimismo, las mismas actitudes con las que se responde cuando se percibe que la corrupción y la inacción han hecho que las malas prácticas se enquisten en el país y que los gritos de indignación se pierdan en el vacío.

Podríamos seguir enunciando muchos otros factores: la educación, la salud, el mercado laboral… y nos quedaríamos con la impresión de que el país es un gran barco a la deriva con enormes boquetes en su casco y que el conflicto es solo otro boquete en medio de otros muchos pero, aún así, ¿por qué tantos esperamos con ansias que el proceso de paz permita la finalización del conflicto?

La respuesta es fácil. La terminación dialogada del conflicto interno es una oportunidad,  la oportunidad que miles de colombianos esperamos tener para construir un país más justo, que brinde más y mejores oportunidades y garantías  a sus ciudadanos, un país mejor. La tan anhelada paz es una oportunidad de oro para construir un mejor país, para hacerlo en paz.