La imagen de mi propio mundo desvelándose ante los ojos con cada línea que devoraba. Era un mundo reciente, como el de Macondo; tanto así que las nuevas sensaciones que me acosaban también carecían de nombre. Un mundo desbordado de magia que me exigía, asimismo, actos desaforados.

 

Por / Jhon Dayron Cárdenas – Ilustración /Luisa Rivera

Tenía entre mis libros un ejemplar de la edición conmemorativa de Cien años de soledad, hecha por la Real Academia de la Lengua Española y la Asociación de Academias de la Lengua en Latinoamérica. Me lo regaló un estudiante de bachillerato en el mismo año de la edición. He leído ya la novela en tres ocasiones y en otras ediciones; sin embargo, en la edición que me regaló aquel estudiante nunca lo hice. No era propicio el momento para hacerlo, de modo que esperaba, sin prisas, a que lo fuera. Mientras tanto, sucesivamente, presté el libro a tres personas: la primera lo leyó, la segunda no lo leyó y la tercera se quedó con él. Se lo había prometido en préstamo a una cuarta persona; es por eso, y porque la tercera no me lo devolverá jamás, que decidí comprar una nueva edición que hicieron Almacenes Éxito y la editorial Norma.

Mi primer contacto con la novela que le valió el premio Nobel a GM sucedió a través de una imagen evocadora, que debo haber visto a mis seis años de edad, ocupando dos páginas de una cartilla escolar. Era la ilustración de un río de piedras grandes como huevos prehistóricos. Recuerdo el azul de la corriente discurriendo entre las piedras blancas; tengo el vago recuerdo de una casa a la orilla de ese río, de un camino que conducía hacia ella; pero no estoy seguro ahora de que el artista los hubiera puesto allí realmente. Recuerdo el rostro enigmático de una muchacha de cabello rubio superpuesto en la ilustración; un rostro que a la sazón debió parecerme el culmen de la belleza. Era Remedios, la bella. Lo supe mucho después, ya en el bachillerato. Igual pudo ser otra la beldad de aquella cartilla, mas decidí que sólo podía ser ella.

A menudo la observaba, atraído por su hermosura. Me parecía escuchar su respiración, y sus ojos clavaban su seductora mirada en los míos. Despertó en mí una sensación nueva y extraña que hoy acierto a relacionar con el enamoramiento y con la desazón que produce la primera visión de lo inalcanzable. Pero a tan temprana edad no supe lo que me ocurría ni intenté descifrarlo.

Recuerdo haber leído en diversas ocasiones el fragmento del capítulo publicado en aquellas páginas escolares, y aunque no logro recordar con claridad los hechos que relataba, sí recuerdo que se me antojaba muy familiar. Tal vez porque narraba la historia de un pueblo alejado del resto del mundo, tal como el pueblo en el que vivía yo al otro lado del mar, también trazado a la orilla de un río pedregoso, de aguas límpidas como el de Macondo. O quizá mi memoria me falla y confunde los tiempos, y la similitud que hallé entre el universo de Macondo y el de mi propio universo infantil fue un descubrimiento de mucho después, de cuando leí completamente en tres días, seis años más tarde, Cien años de soledad.

Porque hasta llegar a séptimo grado no volví a saber nada de la famosa novela. Llegó una mañana a mis manos por intermedio de mi hermano mayor, cuya afición por la lectura en ese entonces era notable. Aún hoy me causa asombro todo el asombro que me causó durante aquellos días de insomnio la historia de los Buendía. He aquí algunas imágenes que siguen vivas en mi memoria:

El recuerdo de las aventuras sexuales de José Arcadio con Pilar Ternera que desbocaban mi corazón y me dejaban sin consuelo durante las horas nocturnas. La sensualidad de las mujeres a mi alrededor, en virtud del desparpajo de Pilar Ternera, surgió ante mis ojos en toda su magnitud.

La escena de José Arcadio partiendo con los gitanos, siendo, como yo, un muchacho apenas. Su marcha revivió en mi espíritu el anhelo del viaje, mismo que ya habían despertado lecturas de infancia como las de La isla del tesoro, La llamada de la selva y El Robinson suizo, entre tantas otras.

Dejo anotado que mi admiración por José Arcadio perduró hasta su regreso a casa, ya convertido en hombre o, para decirlo mejor, en un macho indolente. A partir de ahí sólo me causó desconcierto, aunque volvió a obtener mi aprobación en aquella mañana de niebla, cuando impidió temerariamente la ejecución de Aureliano. De suerte que se convirtió, en el fulgor de ese instante, en el héroe cuyo regreso yo había esperado.

La confirmación de que Remedios, la bella, era la dueña de aquel rostro de la cartilla escolar. Pero ya me había vuelto inmune a su hechizo. Ahora buscaba ansiosamente, entre mis compañeras de clase, a Pilar Ternera, mujer más humana, más real, si se quiere, y cuyos sudores parecían hacer transpirar las páginas de la novela.

La imagen de mi propio mundo desvelándose ante los ojos con cada línea que devoraba. Era un mundo reciente, como el de Macondo; tanto así que las nuevas sensaciones que me acosaban también carecían de nombre. Un mundo desbordado de magia que me exigía, asimismo, actos desaforados.

Cien años de soledad marcó un antes y un después en mi imaginación. Entre los mejores recuerdos de mi infancia sigue figurando el de mi primera lectura de esa novela maravillosa y el de los diálogos sobre las peripecias de Aureliano y de José Arcadio que sostuve con mi hermano a altas horas de la noche, acostados en el mismo lecho, víctimas, ambos, de la peste del insomnio contraída en nuestros recorridos por las geografías insólitas de Macondo.