GUSTAVOCOLORADOComo somos depresivos buscamos en el afuera razones para alimentar nuestras manías y entonces nos sentimos felices.

Por: Gustavo Colorado

Lo leí en un tratado de psicología clínica: las personas depresivas tienden a convertir su mal en una seña de identidad. Si comprendí bien, el razonamiento funciona así: me deprimo, luego existo. Atendiendo a esa lógica un alto porcentaje de mortales buscaría en el entorno un motivo  para deprimirse. Y si no lo encuentran, pues lo inventan: para algo habrá de servir la imaginación. Por ese camino acaban  equiparando la noción de goce a un bajonazo mental. Dicho de otra manera, se  enamoran de la depresión. Eso explicaría, según el texto, la frecuencia con que  los pacientes en tratamiento abandonan los medicamentos: necesitan volver a ser ellos mismos.

 No vamos a detenernos mucho en la definición filosófica de la felicidad. Unos cuantos grados de más o de menos, todos la resumimos en una especie de acuerdo con el mundo dirigido a la satisfacción de los deseos. Las unidades de medida son tan variadas como distintas las expectativas humanas. La gratificación sexual, la conquista del poder, el reconocimiento público, la paz interior o una mínima dosis de seguridad frente a las incertidumbres del universo se cuentan entre las más socorridas. A su vez, lo más austeros la definen como ausencia de dolor.

 “La felicidad es una pistola caliente”, escribió John Lennon, un depresivo famoso. Ustedes conocen bien la materia de que estaban hechas sus canciones. Desemboqué en el Beatle leyendo en los periódicos la reseña de una encuesta donde los colombianos se muestran como los seres más felices del planeta. Tocado por el tono del informe leí el periódico desde la primera hasta la última página -incluidos los avisos sobre líneas calientes- en busca de las razones para semejante dosis de euforia colectiva. “La reforma tributaria golpea aún más a las clases medias”. “Masacre en finca de Envigado deja una decena de  personas muertas”. “Antitaurinos protagonizan gresca a la entrada de la Monumental”. “La fiscalía abre proceso contra el ex presidente Uribe por presuntos vínculos con paramilitares”. “Aumenta la violencia contra mujeres, niños y jóvenes”. “Nuestro sistema vial, entre los peores de América Latina”. “Incremento del salario mínimo no alcanza ni el cinco por ciento”. Salvo el viejo cliché acerca de la belleza de nuestros paisajes, la eterna juventud de la diva Amparo Grisales o el más reciente sobre la perfección futbolística y humana de Radamel Falcao García, no encontré razones de peso para tamaña dosis de paroxismo.

En ese momento lo comprendí de golpe: como somos depresivos buscamos en el afuera razones para alimentar nuestras manías y entonces nos sentimos felices. De allí el lenguaje hiperbólico de un pueblo tan atormentado como el paisa, por ejemplo. “Estoy demasiado bien”, me dijo en la calle una antigua amiga al cruzarnos en una calle de Medellín. De inmediato pensé en la fascinación de los habitantes de esa región por el tango y sus variaciones, entre ellas la llamada música de carrilera o despecho, todas ellas plagadas de relatos sobre abandonos, penas y olvidos Algo no encajaba en esa exagerada declaración de principios bastante próxima a un manual de auto ayuda ¿Cómo carajos puede uno estar “demasiado bien”? ¿No debe darse por satisfecho con estar bien a secas? Pero claro: la pobre se sienta a ver el noticiero de la noche y ante semejante recuento de infamias no puede menos que sentirse bien en grado superlativo. Tan bien como Mark David Chapman, el tipo que vació la carga entera de su pistola sobre el cuerpo de John Lennon a la entrada del edificio Dakota en Nueva York. Para Chapman el mundo era demasiado bonito con el músico paseándose por el vecindario. Por eso desenfundó su pistola caliente. Ante la visión del cadáver de su ídolo las cosas volvieron a la normalidad: el asesino pudo al fin sentirse exultante. Tanto como los colombianos que ante las preguntas calculadas de los  encuestadores dicen sentirse exageradamente felices.