La Salsa y la Identidad Latinoamericana

La salsa nos recuerda que somos muy parecidos, que tenemos una historia común y que nuestro futuro, nos guste o no, está entrelazado. Además, que nosotros somos los que decidimos si caminarlo como enemigos o como hermanos.

 

Por: Camilo Andrés Delgado Gómez

Entre los elementos más importantes de identificación social se encuentra la música. En ella, desde antes de que existieran los Estados modernos, se han construido los imaginarios colectivos que le dan significado a ser miembro de una comunidad. Es decir que la música permite la construcción de un discurso que crea la representación mental de una comunidad imaginada y una cultura común. Sin esta identificación colectiva, es decir, sin una fuerte cohesión, una sociedad se desintegra.

Es precisamente este, una sociedad desintegrada dentro de Estados que la cohesiona a la fuerza, uno de los problemas estructurales de América Latina como región, y de casi todos sus países. Así, Latinoamérica, más antes que ahora, por la falta de imaginarios colectivos, ha sido incapaz de pensarse como región y, en esta medida, tener un fin común y cooperar para llegar a él.

A pesar de esto, la falta de imaginarios colectivos, no la cooperación, ha venido cambiando desde los años 60. Muchas son las razones, como la mayor conectividad por los medios de comunicación, pero entre ellas la música, ha sido fundamental. Especialmente un género que, como todo lo que consideramos propio, nació en el extranjero.

Me refiero a la salsa. El género surgió en la Nueva York de los años 60. En un primer momento, su función era permitir que los latinos de la ciudad, aglutinados en “sus” barrios y siendo víctimas de discriminación y represión cultural, tuvieran un medio de identificación que enalteciera su idioma, sus banderas y su cultura común. Así, “los latinos” se diferenciaban de las otras poblaciones.

Pero ¿qué son los latinos? ¿Qué los hace diferentes? Para responder estas preguntas, reproduciré la descripción de la composición de la salsa que hace Izzi Sanabria, “Mr. Salsa”, quien, dicen los que saben, le dio nombre al género:

todo comienza en África con la conga, piel sobre madera; el bongo; la base de la salsa, la clave (…). De África para el Caribe y toda Sudamérica, aquí se mezcló con el indio: el timbal, el güiro (…), las maracas. Luego, el corazón de la salsa, el bajo. De Europa, las 88 teclas, el piano. Sus hijos viajaron a los Estados Unidos, allí con la influencia del Jazz: los instrumentos de viento.

 

Sí, el latino es esto mismo. No es una persona sin cultura, no es, como algunos piensan, un bastardo que no debió existir. Por el contrario, es el producto de una fusión de culturas; el latinoamericano, como la salsa, es el resultado de la mezcla del blanco, el indígena y el negro. Es un ente sui generis, único y original, que, por ser la unión de ellos, es más fuerte que cada uno.

Esta conexión entre la salsa y el latino ha permitido que la primera construya, a pesar de la heterogeneidad de la población, una identidad común, en la medida en que se crean y propagan ideas sobre un mito fundacional, una historia de todos, unos personajes importantes en esta historia y unos sentimientos y actitudes propios de los miembros de la comunidad. De este modo, se integran los miembros de la comunidad latinoamericana (nosotros) y se excluyen a los “gringos” o los “europeos” (los otros).

La salsa nos recuerda que somos muy parecidos, que tenemos una historia común y que nuestro futuro, nos guste o no, está entrelazado. Además, que nosotros somos los que decidimos si caminarlo como enemigos o como hermanos. Para la muestra, un botón: la canción Plástico compuesta por Rubén Blades para el álbum conjunto con Willie Colón nombrado Siembra, de 1978, plasma la idea de que hay una sociedad material y materialista que no debemos ver como ideal, sino que por el contrario debemos pensar en una comunidad mejor, acorde a nosotros y nuestra historia latinoamericana, una sociedad como “la que Bolívar soñó”.

Pero no es la única, cada canción de salsa tiene un pedazo de historia latinoamericana -como La rebelión, Anacaona o Tiempo pa matar-, habla de un personaje que, aunque anónimo, conocemos todos -como el Padre Antonio, Juanito Alimaña o Juan Albañil-, de los sentimientos que son muy nuestros -como Sin rumbo alguno o La loma del tamarindo-, de nuestros paisajes -como Los Rodríguez o Mi Valle del Cauca-. En fin, habla de nosotros.

Y cada canción viene a validar la definición que Alexander von Humboldt hizo de los habitantes de nuestra tierra: “son seres raros y únicos: duermen tranquilos en medio de crujientes volcanes, viven pobres en medio de incomparables riquezas y se alegran con música triste”.

Dejo acá una selección de los mejores álbumes de salsa, a los que sumó Cielo de tambores y Tapando el hueco del Grupo Niche.