El mayor espectáculo era cuando subía en la escala interpretativa haciendo que las nubes desgarraran un sonido transgresor y emotivo, como si en cada soplo que daba estremeciera el cielo hasta hacerlo sonar como él quería.
Escribe / Jorman S. Lugo – Ilustra / Stella Maris
Nueva York estaba cubierta de lluvia. El golpe de las gotas sobre los tejados y el asfalto era ensordecedor. En las calles los autos transitaban rápido, como queriendo escapar del temporal. Frente al museo de historia un club tenía las luces encendidas, esperando que la lluvia terminara pronto. Por algunas calles cercanas, un hombre doblaba las esquinas y esquivaba las gotas con la agilidad de un zorro, tratando de no llegar tarde a la cita. Dentro del club lo esperaban un joven prodigioso enamorado del repertorio cubano y un empresario ansioso de dinero que quería firmarlo para su sello. Cuando el joven vio al hombre cruzar por la puerta y sacudir su pelaje, comprendió que su firma sería el boleto de ingreso a la inmortalidad. Al ver la sonrisa del joven, ambos, el empresario y el zorro, saborearon su victoria; pero, a pesar de la astucia de los dos, ninguno previó que todas las gotas de lluvia que cayeron ese día serían el presagio de un aguacero de notas musicales que inundaría de eternidad su empresa.
Lawrence Ira Kahn, Larry Harlow, nació bajo un cielo de marzo en Nueva York. Sus primeros pasos los dio en el seno de una familia musical que lo condujo por las escaleras africanas. La cultura judía de sus padres lo acercó al mundo del jazz y al repertorio clásico, pero el ambiente del barrio fue el elemento que terminó afinándole el oído. Durante su primera infancia, las radios y los clubes sonaban el repertorio de Arsenio Rodríguez, Chano Pozo y las maravillas de Arcaño, endulzándole las manos de montunos, chachachás y guarachas.
Mientras crecía, caminando por las calles de Brooklyn se encontró con el mítico Palladium. Su dueño, otro judío, Max Hyman, lo dejaba ingresar cuando no tenía dinero. En la década del 50, el mambo ebullía en todas las calles de Nueva York. La fiebre latina, liderada por los timbales de Puente y las descargas de los Afro-Cubans de Machito, contagió a todas las culturas de la gran manzana. Fue tanto el apogeo de los ritmos africanos, que varios centros vacacionales judíos se inclinaron por sostener una amplia oferta latina en sus noches.
Fiebre latina en los Alpes judíos
Así se desarrolló una generación de judíos que se refugió en Norteamérica de las guerras y el Holocausto europeo. Varios clubes nocturnos de la metrópolis les negaban la entrada por su procedencia, obligándolos a crear su propio circuito nocturno y de centros vacacionales cerca de la ciudad. De esa segregación nacieron los Alpes judíos, un complejo de hoteles y clubes ubicados en Castkills, cordillera cercana a Nueva York, donde familias enteras pasaban sus vacaciones de verano.
En un principio, las montañas fueron pensadas para fomentar la agricultura judía, pero las condiciones del suelo y la impericia de la mano de obra fue perfilando el lugar como un centro recreacional, ofreciendo las costumbres de su pueblo y agregando entretenimiento para los visitantes. En su mayoría, eran judíos que le huían al ritmo citadino.
La comunidad judía asentada en Nueva York, después de los años 40, había logrado expandirse por varios condados: la gran colonia que desembarcó en el Harlem había extendido su influencia a Brooklyn y Manhattan, logrando que su contacto con la cultura latina y afro, especialmente, se consolidara desde el intercambio cultural de las nuevas generaciones.
Esta mezcla cultural tuvo su punto más evidente cuando los judíos se interesaron en la industria musical. Algunos de ellos fundaron clubes como el mencionado Palladium, donde tenían espacio los músicos latinos y el Birdland para los exponentes del bebop. Pero su idea de negocio fue más allá. Adquirieron varias empresas discográficas y empezaron a grabar distintas agrupaciones. Especializados así en las músicas del Caribe y las afroamericanas, construyeron un negocio redondo para ellos, y llenaron al mercado americano de sonoridades distintas.
En esa primera etapa, el sello Seeco tenía entre sus agrupaciones más importantes a la Sonora Matancera, quien supo tener entre sus filas de grandes vocalistas a Carlos Argentino, cantante con descendencia judía nacido en Argentina.
Pero la revolución cubana llegó antes a Nueva York. La efervescencia musical subía por todas sus calles, abarrotando clubes; apoderándose de los cuerpos que tenían el diablo del ritmo en la sangre; en las radios y en los fonógrafos ebullía un sonido que llenaría de fiebre esa ciudad.
El mambo tiene su origen en Cuba. Muchos han dicho ser sus padres, pero quizá los más cercanos a patentar la revolución del danzón o del “diablo”, como algunos lo llaman, son los hermanos Cachao y López. Como toda buena revolución, el mambo se desarrolló mientras caminaba. Y fueron Pérez Prado, Machito y Tito Puente quienes lograron que este ritmo rompiera los límites de la radio y se internara en la época dorada del cine y la televisión.
Esa influencia mediática esparció el virus latino por cada calle de los cuatro distritos de Nueva York, convirtiendo en estrellas a quienes lo interpretaban. Así se consolidó una noche especial a ritmo latino en los Alpes judíos a finales de la década del 50. Las orquestas de Machito y Puente alternaban los resorts más prestigiosos, llenando de mambos y descargas a quienes asistían. Sus presentaciones no duraban mucho, algo más de una hora, pero ya la semilla había sido esparcida, y grupos de bailarines judíos demostraban que el baile no era ajeno a sus costumbres y hacían demostraciones de sus dotes artísticos. De ese intercambio, surgieron los Mambo legends –jóvenes judíos especializados en el baile, inmortalizados en el documental The mamboniks–, y dos álbumes, uno de Machito llamado «Vacation At The Concord», donde destaca Mambo La Concord, y otro de Tito Puente llamado «Cha Cha With Tito Puente At Grossinger’s». Esta última grabación se realizó en vivo y, en muchos momentos, se escucha al público emocionado con las intervenciones del rey del timbal.
El sincretismo de las músicas populares
Iniciando la década del 60, la semilla que habían sembrado Puente, Rodríguez y Mario Bauzá ya se había esparcido entre latinos, judíos y migrantes de otras latitudes. Así lo demuestra el álbum Mazel tov, mis amigos de Juan Calle. Siendo él un músico de tradición judía, intérprete del banyo, planteó un álbum con referencias a sus raíces populares, mezclándolas con músicos que despuntaban por su talento al interpretar otras tendencias. El resultado fue una mezcla explosiva de talento que recorrió mambos, descargas, chachachá, bajo temáticas judías interpretadas por músicos de jazz. La agrupación tuvo un vocalista de origen judío, trompetistas afroamericanos y jóvenes intérpretes del reportorio cubano como Barretto, Charlie Palmieri y Willie Rodríguez. Un trabajo que fue posible solamente bajo las condiciones del barrio neoyorquino.
El mambo no fue la última mutación de la fiebre latina en Nueva York. Después de expandirse y apoderarse de los clubes más prestigiosos empezó su agotamiento, debido, en parte, a que otras músicas venidas del Caribe empezaban a ganar popularidad entre las audiencias jóvenes. La dificultad de su baile por la intensidad del tempo, sumado a la gran cantidad de músicos que necesitaba para su puesta en escena, hizo que los productores y empresarios miraran otras opciones para seguir en el apogeo latino. Allí surgieron como alternativa el formato de Charanga, que ya era muy popular en Cuba por agrupaciones como la Aragón y los conjuntos, renovados por las incorporaciones que había hecho Arsenio Rodríguez.
En poco tiempo, las charangas expandieron su sonido por las calles, logrando que las nuevas generaciones siguieran conectadas con la tradición latina. Nueva York para ese momento tenía en cada esquina a muchos migrantes latinos buscando cómo mejorar su existencia, sin olvidar las raíces que los conectaban con sus antepasados. Ese sentimiento de desarraigo y evolución lo asimilaron de mejor manera, el mayor de los Palmieri y el joven zorro dominicano, Jhonny Pacheco. Juntos hicieron vibrar a una ciudad de millones de habitantes con una flauta y un piano. Era tan apoteósica La Charanga Duboney que algunas noches tocaban dos o tres veces en diferentes bailes.
La década del 60 fue desenfreno. Con la rapidez con la que se reprodujeron las charangas en cada esquina de la ciudad, también, con esa misma ferocidad, agotaron el gusto del público por ese formato. Del éxito derivado por la Duboney, varios directores de orquesta propusieron su propia versión charanguera. Algunos seguían apegados al formato clásico, flautas y violines, pero otros más atrevidos, incluyeron otros instrumentos en la sección de vientos. Ese fue el caso del menor de los Palmieri, Eddie. Siguiendo los pasos de su hermano, y después de tocar con Tito Rodríguez, se empecinó en sacar su propuesta musical: La Perfecta. En ese ambiente efervescente no era fácil encontrar un estilo, pero para suerte suya y del desarrollo de la música latina, fue a un jam liderado por Pacheco en un bar del Bronx, y allí escuchó al trombón más excitante que dio toda esa generación. El intérprete bailaba en cada nota que ejecutaba con su instrumento, y aunque su técnica no era la más limpia, los sonidos desgarraban a cada asistente. El ambiente sugestivo que creó Barry Rogers en esa descarga incitó a que Eddie no dudara un segundo en invitarlo para su proyecto.
Barry Rogers provenía de una familia de judíos polacos que habían llegado algunas décadas antes a Harlem. Su padre, como varios tíos, tenían una sensibilidad especial para la música y hacían parte de agrupaciones locales. El ambiente en donde creció fue propicio para estimular el genio de un niño que se enamoró del trombón y de las descargas latinas que escuchaba en las radios. Desde jovencito fue admirador de los arreglos de Tito Puente y de la interpretación de Mon Rivera en el instrumento. Los que lo conocieron vivían con asombro la facilidad que tenía para reproducir secuencias rítmicas con solo ver vídeos sin audio de parejas bailando en el Palladium, también, les gustaba ver la forma en cómo organizaba a los músicos en cada interpretación, otorgándoles un rol preciso que se ajustaba a sus características. Pero el mayor espectáculo era cuando subía en la escala interpretativa haciendo que las nubes desgarraran un sonido transgresor y emotivo, como si en cada soplo que daba estremeciera el cielo hasta hacerlo sonar como él quería.
Durante los años 60 Barry deslumbró con su trombón en compañía del conjunto de Eddie, en las descargas dirigidas por Charlie en las legendarias sesiones de Alegre All Stars y en otras agrupaciones, extendiendo su influencia por toda la ciudad, al punto de convertirse en el primer judío maravilloso que inundó de notas con su trombón el exigente pentagrama latino, además, logró ser uno de los grandes referentes para el sonido que cautivaría a todo el Caribe durante las siguientes décadas.
Abran paso
Hasta ese momento en Nueva York había dos sellos dominantes para las músicas latinas: Tico y Alegre. En ambas estaban las nuevas propuestas orquestales que inundaban la ciudad buscando un estilo propio, mientras exploraban las posibilidades melódicas y rítmicas de las pachangas y los bugalú. En esa búsqueda Pacheco encontró a un socio que le abriría las puertas para desarrollar su tumbao añejo, con el que fundaría una compañía legendaria, Fania, no solo por escalar con rapidez las escaleras de la inmortalidad con su concepto de la música tradicional cubana, sino también por devorarse a muchos de los músicos contratados en su ascenso vertiginoso.
Pero volvamos a la escena inicial de este artículo. Fue Jerry Masucci, el empresario, quien dejó que las manos armónicas de Larry Harlow lo transportaran a un viaje irresistible por el pentagrama, logrando que su mente habitara lugares creados en sueños caribeños. Fue él quien lo citó para firmarlo y prometerle un lugar en el panteón de los pianistas latinos. No importaron sus orígenes ni la lluvia que bañó la ciudad mientras Larry firmaba su contrato. El presentimiento que impulsó al empresario para que Harlow liderara el catálogo de su disquera, a la larga le dio la razón. Desde su primer trabajo, Heavy Smoking, el acierto de Masucci es notorio, su pianista trae una propuesta con una evidente carga de los conjuntos cubanos, inspirado principalmente por la fortaleza del trabajo de Arsenio Rodríguez.
El desarrollo del pianista fue exponencial en cada trabajo que salía al mercado, pero el éxito llegó con el álbum «Abran paso». A pesar de tener éxitos en cada uno de sus anteriores trabajos como Guasasa, Tu no lo creas y El malecón, y de tener una de las formaciones orquestales más sólidas dentro del catálogo, el reconocimiento total, del público y de sus colegas llegó en la década del 70. El furor salsero ya dominaba las emisoras con montunos envenenados y trombones furiosos que reflejaban las penurias de las clases migrantes y populares, construyendo un movimiento que con canciones como Vengo virao, escrita por Tite Curet, narraban sus desventuras cotidianas.
Así empezó a llenarse de inmortalidad el pianista judío, teniendo el aval, tanto del zorro plateado como del empresario, para aventurarse en trabajos arriesgados y monumentales como Live in Quad, disco que grabó en vivo con un sistema cuadrafónico, teniendo a varias de las estrellas Fania a su servicio. Pero hubo un momento culminante dentro de su trabajo como director de orquesta. En el año 1973 talló con dedos de oro su legado: primero pidió silencio para presentarnos el nacimiento de Hommy, una ópera que explora el talento de un varón que tuvo la fortuna de haber nacido con la gracia divina para interpretar la percusión, a pesar de nacer ciego, sordo y mudo; y luego, reúne a un mini All stars, incluyendo a Celia Cruz que daba sus primeros pasos en Fania, para consolidar un trabajo que lo cubriría de éxito durante toda su vida.
Durante décadas fue Larry Harlow la referencia judía en la salsa, en cierta medida, opacando a Lewis Khan, trombonista y violinista de su propia orquesta, e incluso, a su hermano Andy, flautista que logró tener su propia orquesta favorecido por la posición de su hermano mayor y por la influencia que tenía con Pacheco y Masucci. Pero el respaldo de su obra, en tanto director de orquesta, pianista y productor, dan la dimensión de un músico excepcional que encontró en los sones y el guaguancó el sitio preciso para inundar de notas la eternidad.
Referencias
La Muerte de un Trombón / Alberto Naranjo / http://www.herencialatina.com/Barry_Rogers/Barry_Rogers.htm
Los trombones de Palmieri / José Arteaga / https://gladyspalmera.com/la-hora-faniatica/los-trombones-de-palmieri/
La pachanga: el padre… y la madre de la criatura / Rosa Marquetti y Tommy Meini / https://gladyspalmera.com/coleccion/el-diario-de-gladys/la-pachanga-el-padre-y-la-madre-de-la-criatura/
Mazel Tov, Mis Amigos Juan Callé and His Latin Lantzmen / http://www.herencialatina.com/El_Rincon_de_los_Coleccionistas_Carlos/Resena_de_Noviembre_2010.htm
Larry Harlow “Una maravilla de judío” / https://latinastereo.com/salsero-del-mes/larry-harlow/cronologia-uno/


