FALTARON DOS CANCIONES PARA UN BESO

Las noches de Buenos Aires van llenándose de los ritmos afrocaribeños. Las parejas empiezan con tragos de fernet y luego, en medio del baile, sostienen sus cuerpos al vaivén de los compases de la salsa pesada. Así lo cuenta Alejandra Torrijos.

 

Escribe / Alejandra Torrijos – Ilustra / Stella Maris

 

La noche puede ser cualquier noche. En la noche se camina sobre el cemento, por lo general. Se sale a la calle desde el lugar en el que se vive. Se mira al piso, como para asegurar que está ahí, y se empieza a caminar con el pie derecho, se apoya firme en el suelo, luego se da el paso con el otro pie, el izquierdo, luego otra vez el derecho y se van alternando los pasos hasta que la marcha se siente segura, entonces, se sube la mirada al horizonte y se va al encuentro.

El encuentro es de baile y el baile es la salsa. Pero al contrario de lo que se puede pensar, no hay tacos de esos dorados, plateados, color beige o con brillos. Tampoco hay zapatos de charol blancos o plateados para los varones. Es como si los zapatos indicaran la intención del baile. Y este baile y esta salsa no son comunes en Buenos Aires.

Hace poco más de un año el diario Clarín celebraba que se había sumado cierto ritmo a Buenos Aires, afirmaban que los inmigrantes habíamos traído las salsotecas y, tan exóticos somos, que hasta tal vez se inaugure en la ciudad un barrio latino: “las grandes ciudades de Estados Unidos, Europa y Asia tienen al menos un barrio latino. En Buenos Aires aún no se formó el primero. Pero sí, desde hace años, pueden encontrarse sitios que los caracterizan…”. Como si Buenos Aires no fuera toda de esta América Latina y cada uno de sus barrios no pudieran ser, entonces, un barrio de eso que llaman Latino.

El artículo se refería a ciertos bares: La Salsera, Azúcar, Your Club y hablaba del baile, de algunos cantantes de salsa, del ritmo, del ron y de todo eso que caracteriza a ese tipo de migrantes. Lo contraponen con lo de acá: que el ron hace entrar en calor, el Fernet no, que allá en esos países se inicia el día con música, por eso lo festivos. E insinúan la promesa de encontrar en esos lugares, que definen como “salsotecas”, el Caribe en una noche. Comida como la de allá, gente amable y clases de salsa.

El paso básico de la salsa se cuenta en 8 tiempos. Se mira al suelo, se arranca con el pie derecho, como haciendo un amague de caminar, pero no se avanza, en cambio se flexiona la rodilla izquierda y se retrocede el paso, para que el izquierdo haga el mismo reflejo, pero hacia atrás. Tres tiempos hacia adelante, y tres hacia atrás. En el tiempo 4 y en el 8 se descansa un pie al lado del otro. Una vez se aprende eso, se usan esos zapatos que embellecen el baile y capaz antes se toma un ron, para entrar en calor y vivir la prometida noche latina.

Pero hay otra noche, otro baile, otra fiesta que quedó por fuera de la promesa latina. Hace más de ocho años se da, en donde pueden ocurrir, por lo general en centros culturales, una fiesta salsera sin tacos con brillos y con fernet, sí, con fernet para entrar en calor. La fiesta está encendida, vamos pocos y está bien que así sea.

Se entra por pasillos como de P.H., el cemento, el concreto está presente, como si fuera en la misma calle. El suelo es firme, la gente variada: migrantes de diferentes países de esta Suramérica y también locales argentinos. La fiesta es en un cuadrado, oscuro, iluminado tenuemente por luces rojas, azules, amarillas. Las paredes dejan ver su cal. En un extremo la tarima, en el otro el espacio del D.J. de turno.

Las salsas duras, una detrás de otra, suenan y al inicio del nuevo día la orquesta arranca. Ahí abajo, ahí mirando al escenario cuerpos se juntan y entran al baile. Se baila en pareja o se baila solo. El estilo de baile no importa, no hay coreografías ni rondas simétricas. Cada cual ocupa el espacio que puede.

Una mujer, que parece la dueña de esta y de todas las fiestas baila, furiosa, entregada a lo que toca la orquesta. Canta, lleva las dos palmas de la mano extendidas y las apoya una sobre otra en su pecho, cierra los ojos. Repite lo que la orquesta canta. Baila sola. En otro espacio otro cuerpo de una mujer se enfrenta al de un hombre, pasos fuertes, como patadas. Como una pelea sin enojo, sin choques cuerpo a cuerpo, sin intenciones de ganar. El goce más puro los habita.

Otra pareja más pareciera habitar otro espacio y otro lugar. Ella tiene unas converse blancos, él unas zapatillas negras. Su baile es una secuencia sutil de acercamiento. Al inicio, frente a frente, se toman de las manos mientras alternan movimiento de cadera y flexionan suavemente las rodillas: primero la derecha, luego la izquierda. Luego la mano derecha de ella se apoya en el hombro izquierdo de él. Él la toma de la cintura, cuanto más la abraza, más cerca están.

Con un suave movimiento él hace que ella suba la otra mano al otro hombro. Ella lo abraza del cuello, se aferra a él. Él la abraza por la cintura, descansa sus manos en la cadera de ella y la dirige. Los pies de los dos no se mueven del lugar, se levantan poco para permitir el giro. El movimiento lo da la flexión de las rodillas. Ella cierra sus ojos, como si pudiera solo con el sentir de los cuerpos encontrados, intuir cada movimiento, él canta, como si le cantara al oído a la mujer.

La canción se termina, se saludan. Ella se pierde en los otros cuerpos. Él descansa apoyado en la pared. Puede que vuelvan a bailar juntos esta noche, otra noche, dos canciones más. Seguro bailaran con otros. Está la noche, el barrio, la calle, este espacio y el cemento. Esta esta noche que son todas esas noches de salsa. Aún está la noche que son todas esas noches en las que dos extraños se abrazan en un baile.

 

@alejalajeva