La senda de los peces

…entendí que los viejos conceptos de pueblo y comunidad, tan caros a otros momentos de la historia, hace tiempo desaparecieron para ser reemplazados por la figura del consumidor pasivo de cuanto cacharro le quieran ofrecer.
GUSTAVO COLORADO IZQPor: Gustavo Colorado

El hombre hablaba de cardúmenes. Cardúmenes por aquí y cardúmenes por allá. Como disponía de tiempo me colé en ese salón de la universidad donde un conferenciante con pinta de hipster se dirigía a unas cincuenta personas: siempre me ha atraído el profundo simbolismo religioso y mítico del agua y los peces en las culturas del mundo entero.

Pero no se trataba de eso. Era una charla orientada a estudiantes de publicidad. Pero igual me quedé escuchando.

Sucede que los expertos en publicidad y mercadeo hablan ahora de cardúmenes. Si señores: cardúmenes de fanáticos de las selfies, por ejemplo. O de seguidores de algún profeta de Twitter. De fetichistas de la tecnología. De devoradores de hamburguesas. Otros todavía los llaman nichos de mercado.

Pero también los hay de corrientes sociales: cardúmenes de animalistas, de feministas, de ambientalistas y de fervorosos defensores de cuanta causa perdida surge en el mundo desde el derrumbe de las grandes ideologías.

Falta otra lista: los cardúmenes políticos: uribistas, santistas, petristas, peñalosistas, gallistas, fajardistas y otras  hierbas.

Ah, y la de los devotos de cientos de sectas religiosas hechas a la medida de las desdichas humanas. Sectas para los célibes, para los promiscuos, para los arruinados, para los millonarios, para los borrachos, para los abstemios, para los derrochones, para los austeros, para las mojigatas, para las libertinas.

Escuchando el monólogo del expositor ante ese auditorio extasiado entendí que los viejos conceptos de pueblo y comunidad, tan caros a otros momentos de la historia, hace tiempo desaparecieron para ser reemplazados por la figura del consumidor pasivo de cuanto cacharro le quieran ofrecer. Después de todo puede pagarlos de contado o con tarjeta: lo importante es que la cadena no se detenga porque, ¡ay!, el capitalismo todo con sus promesas de felicidad sin límites se iría por el desfiladero.

Es aquí donde adquiere su sentido el símil ictiológico: un cardumen es una masa silenciosa y ciega que se mueve en la misma dirección, movida por la necesidad de desovar, de buscar alimento… o de disolverse en la panza de un tiburón.

Hace poco un amigo me contó cómo hicieron los magos del mercadeo para conseguir que las mujeres del mundo entero amanecieran de un día para otro usando tenis marca Converse de color blanco. Resulta que le pagaron a una estrella de la farándula (unos dicen que a Britney Spears, otros que a una de las Kardashian) para que asistiera a una fiesta de sociedad vestida con traje de gala hasta los tobillos y calzada con unos Converse blancos. Todavía no había descendido de la limusina cuando la concurrencia prorrumpió en gritos de éxtasis ante tamaña muestra de rebeldía empacada al vacío. Bastaron unos cuantos minutos para que la noticia, multiplicada a través de teléfonos y redes sociales, alcanzara los lugares más remotos del planeta. Al otro día, en el colmo de la originalidad, niñas, jóvenes, mujeres adultas y ancianas, lucían los zapatos de marras combinados con la prenda de su gusto: minifaldas, pantalones, elásticos, bluyines, pantaloncitos, maxifaldas y, por supuesto, vestidos de gala. Así se mueve un cardumen: por instinto y, por supuesto, sin raciocinio alguno.

El truco funciona para el resto de facetas de la vida, desde el sexo hasta la experiencia mística. Piensen nada más en la práctica de depilarse los genitales, impuesta por la industria de la pornografía y adoptada por las parejas, hasta el punto de que no hacerlo puede convertirse en motivo de repudio o divorcio: el sobredimensionado mundo del amor está hecho de esas rarezas.

La enumeración puede hacerse interminable. De momento avanzamos, conducidos por políticos, vendedores, comunicadores, publicistas y pastores, siguiendo una línea recta que conduce –cómo no– hasta las mismísimas entrañas del tiburón.