Jhonattan ArredondoGEn nuestro país se nos hace difícil hablar de identidad, un tema al que le hemos hecho caso omiso, como si no fuera lo más importante, como si no fuera ésta una de nuestras mayores y más puntuales problemáticas.

Por: Jhonattan Arredondo

Sin querer parecerme a un cretino que se toma el papel del mesías por las plazas, es de vital importancia hacer ahínco en el desarraigo de nuestra sociedad, que en pleno siglo XXI ha dejado toda su evolución para convertirse en una extraña especie del precámbrico.

Pero, ¿cuál desarraigo? El de nuestras tierras, de nuestro pasado, de nuestros derechos; para nadie es extraño notar la deshumanización del mundo y lo vertiginosos que son estos tiempos. Sin embargo, cuando se habla desde otras periferias a las del gobierno, de temas tan vitales como: educación, vivienda, desplazamiento… y procesos de paz, sucede el mismo fenómeno del discurso político: un afluente por el que transita la desmemoria.

No es cosa del otro mundo saber que cantidades de soliloquios y encriptamientos son olvidados en un lapso muy corto, extremadamente corto, tanto para los que emancipan prosperidad y desarrollo, como para los pasivos votantes, es decir, todo el pueblo. Además, en nuestro país se nos hace difícil hablar de identidad, un tema al que le hemos hecho caso omiso, como si no fuera lo más importante, como si no fuera ésta una de nuestras mayores y más puntuales problemáticas.

Lejos estamos de asumir posiciones políticas en las que, la opinión pública, tome viva voz en los diferentes proyectos gubernamentales, o en sus comunidades, barrios y demás poblaciones en las que se pueden empezar a liderar procesos en beneficio de todos. No obstante, ha habido ejemplos de estos procesos de los que hablo como ignorando su existencia pasada. Claro que sí. Lo que sucede es que actúan los señores oscuros -que a veces, o en la mayoría de los casos, no son precisamente guerrilleros o paramilitares, sino que son los mismos funcionarios del Estado, pero esto ya lo saben ustedes, es un hecho recurrente, silenciado para la estabilidad de nuestros mandatarios-.

El caso es que estamos inmiscuidos en una encrucijada; vivimos una utopía en la que si damos un paso en falso, como, por ejemplo, el solo hecho de escribir o de divulgar un artículo periodístico en contra del gobierno (aunque es lógico que no debería ser así), podemos vernos padeciendo la enfermedad nacional: la plomonía, un extraño virus expandido por todas las regiones de Colombia, de Latinoamérica. Algunos dirán que tanto escepticismo no ayuda en nada, otros dirán que tanto silencio tampoco ayuda, y otros, como yo, diremos que ni lo uno ni lo otro, que lo realmente importante es no quedarnos quietos esperando a que todo pase y luego nada. Quedarnos esperando, por ejemplo, a que se nos entre el diablo al Senado.