De Uribe solo podemos especular, del Hierón de Jenofonte se puede reflexionar. El tirano parece que lamenta que el contacto con el otro esté mediado por el temor que su figura representa.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Una calle cerrada del centro de la ciudad de Pereira, llena de policías, ejército y un grupo de agentes de tránsito devela la soledad del poder. Allí, en el edificio de la Cámara de Comercio, estaba, hace algunas semanas, el presidente eterno y senador Álvaro Uribe Vélez definiendo quiénes serían los candidatos del CD en el departamento. El cordón de seguridad, además de proteger la vida del político, confirmaba que el poder se funda sobre en el temor y el aislamiento

¿Quién puede negar que un tirano o un político criollo puede disfrutar de la vida? El poder que trae consigo el goce de tener lo que se quiere, alzar la voz, insinuar con la mirada es ya para muchos hombres el gesto que permite tener lo que se desea. Esa es la opinión que tienen la mayoría de personas, de aquellas que dirigen los destinos de un país o una ciudad griega.

Jenofonte reflexiona alrededor de esta circunstancia cuando en el diálogo Hierón conversan el tirano Hierón y el poeta Simónides. La estructura de la obra es ya atrayente, un poeta que visita el palacio de un tirano para intercambiar opiniones acerca de lo que es común a todos los hombres, a saber, las alegrías y las penas.

El poder que erige imperios y alza murallas, termina por encerrar y convertir en esclavos a aquellos que se elevan como salvadores. Por lo menos así lo dejan entrever las palabras de Hierón, que lamenta no poder disfrutar de los espectáculos porque su vida corre peligro; la vida del político y del tirano es una guerra permanente.

La verdad no sé si Uribe se detenga a pensar sobre lo que implica ir de la mano de varios cordones de seguridad. Dudo que recuerde la última vez que pudo caminar tranquilo por alguna calle del país, sin que antes los policías verificaran que no había una bomba o un tirador apostado en alguna ventana o un soldado instalando un falso atentado. ¿Cuándo habrá sido la última vez que pudo tomar un café tranquilo en la plaza de algún pueblo?

De Uribe solo podemos especular, del Hierón de Jenofonte se puede reflexionar. El tirano parece que lamenta que el contacto con el otro esté mediado por el temor que su figura representa. Es imposible ser sincero con alguien que puede acabar con la vida del otro con solo una orden; no existe el elogio, solo la adulación.

Se adula al tirano o al político porque se le teme y se le necesita para algún fin. No es posible el diálogo entre iguales, porque no hay iguales. Solo basta ver la camarilla de senadores y políticos locales (sin olvidar al subpresidente Duque) que afirman todo lo que Uribe dice, para saber que el presidente eterno está solo.

Cuando alguien intenta romper el monólogo del senador Uribe, con objeciones y preguntas, éste, como buen político, lanza calificativos y sube el tono de su voz. “¡Sicario!, ¡sicario!, ¡sicario!”, se le escucha decir desde su puesto en el senado. Olvida los versos que sabe de memoria para increpar a sus contradictores, como es su costumbre.

Hierón tiene el consuelo de que un poeta lo visita y, con cierta cautela, lo interroga; Uribe no tiene a ningún poeta que lo acompañe, él mismo funge de poeta y recita versos que sabe de memoria. La adulación es matizada por un monólogo poético en el que vive el eterno presidente.

Jenofonte hace evidente el deliro persecutorio del poder. Los enemigos están en todas partes, Hierón y mucho menos Uribe pueden confiar en alguien, cualquiera los puede traicionar. El poder termina por ser la puerta de entrada de la locura y la soledad.

No es posible pensar un estado de tranquilidad, lamenta Hierón, hasta cierto punto envidia a los demás ciudadanos. La cotidianidad, alejada de los palacios y congresos, puede darse el lujo de disfrutar de la amistad o compañía del otro. Uribe, a diferencia de Hierón, no se lamenta de la locura del poder y trata por todos los medios de mantenerse allí.

En el caso de la política criolla el senador Uribe despierta pasiones desbordadas, unas a favor, otras en contra. Casi que se puede leer una cierta fijación en los argumentos que se esgrimen a ambos lados. Sin embargo, lo que menos se habría de desear es ocupar la posición que ostenta con orgullo el presidente eterno. Rodeado de anillos de seguridad, senadores y políticos de pueblo, siempre buscando la forma de estar seguro, para terminar eternamente solo.

*ccgaleano@utp.edu.co