En el caso de los químicos moleculares su obsesión no es volar, es desarrollar pequeñísimos artefactos capaces de cargar 10.000 veces su peso o cumplir tareas tan específicas como hallar células cancerígenas. Es más difícil entender el tema con química molecular.
Las revoluciones científicas han de tener algo de poesía o de ficción. La historia de la manzana cayendo sobre la cabeza de Isaac Newton es muy bonita y es una muestra de la capacidad que deben tener los científicos para inquietarse por pequeños fenómenos de la naturaleza, aun cuando no pretendan quedarse en lo anodino del fenómeno, sino precisamente hurgar mucho para encontrar lo inimaginable. Pero yo dudo de la veracidad de la historia de la manzana, es demasiado perfecta. A veces la ficción sirve de estímulo para sorprendernos con cosas que antes no detallábamos. En este sentido, la ficción funciona como pedagogía e introducción a los menos doctos en el tema. La ley de gravedad no sería tan entendible sin la anécdota de la manzana. Hay que aderezar con alguna trama el rigor de la ciencia.
Yo creo (aquí voy a ficcionar un poco) que una mañana Clément Ader, los hermanos Wright o Alberto Santos Dumont despertaron conmocionados por el sueño de la noche anterior. En este sueño, producto de algún recuerdo muy lejano de la infancia (imposible de determinar el momento exacto en que se grabó, donde un halcón volaba alto y no entendían el mecanismo que lo permitía) se elevaban un poco por los aires y controlaban el vuelo y no sentían miedo; los más probable es que en medio del sueño surgiera, por las vastas lecturas o la meditación durante la vigilia de un tópico demasiado inquietante, alguna idea que hallaba el modo de hacerlo. Pero el sueño no era suficiente. Después de esa mañana debieron entregarse con fervor a concretar la idea, a construir algo que la pusiera andar, a pesar de no saber exactamente para qué iba a servir una máquina voladora.
También podríamos pensar que así surgen las ideas científicas revolucionarias: como un sueño conmovedor o aterrador, un punzón incómodo que no permite tranquilidad hasta encontrar la manera de desenterrarlo y poder analizarlo durante la vigilia y no durante el sueño.
Ahora pensemos en el sueño que tuvieron los ganadores del Nobel de Química 2016. En el sueño padecen jaqueca. Para intentar mitigarla, se tienden sobre la hierba de algún parque después de dar una clase de química molecular. Es primavera y las flores brotan como conejos. A corta distancia, un hormiguero en el que no han reparado parece el cruce de una calle de Hong Kong. Pero en el hormiguero no viven hormigas: vive algún insecto un millón de veces más pequeño. Sauvage, Fraser Stoddart y Bernard Feringa cierran, confiados, los ojos. Un insecto se desprende de la alocada masa y se mueve, imperceptible, por la hierba hasta llegar al durmiente. Mira por un rato el sol y decide insertarse en el gigante por una de sus uñas. Recorre las falanges arrastrado por la corriente sanguínea. Sube, sube, sube y se instala en la cabeza. Justo allí Sauvage, Fraser Stoddart y Bernard Feringa sienten un sobresalto y se levantan renovados. Aunque hay sueños reparadores, el que acaban de tener es muy distinto, una especie de inyección de células o algo así.
En el caso de los químicos moleculares su obsesión no es volar, es desarrollar pequeñísimos artefactos capaces de cargar 10.000 veces su peso o cumplir tareas tan específicas como hallar células cancerígenas. Es más difícil entender el tema con química molecular. Para efectos prácticos es mejor pensar en un insecto capaz de viajar por el cuerpo hasta encontrar la célula afectada y proveerle los medicamentos que necesita para reponerse.



