GUSTAVO COLORADO IZQLa  entrega del premio Nobel de literatura  a la periodista bielorrusa Svetlana Alexievich ha reanimado  el debate sobre las relaciones, para algunos incestuosas,  entre periodismo  y literatura. De un lado se ubican quienes sostienen que los dos mundos no tienen relación  alguna y rechazan las metáforas y otros recursos estilísticos como meras florituras. Del otro se sitúan los que conciben el periodismo como otra forma de contar historias, y por lo tanto celebran la existencia de esa criatura híbrida que se nutre a  partes iguales del documento, la fuente, el ensayo, la poesía y la narrativa en todas sus  expresiones. Como un aporte  a la  reflexión, comparto con ustedes el siguiente texto.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales      

saturnoUn célebre cuadro de don Francisco de Goya nos muestra a Saturno (el equivalente romano de la divinidad griega Cronos, que  maneja los hilos del tiempo) dedicado a la tarea interminable  de devorar  uno a uno a sus hijos, que son los días, y con ellos al destino de los hombres.

A esa imagen del hombre sometido al poder  de la divinidad, los poetas de todos los tiempos  han intentado   oponerse con el sortilegio de las palabras que en todas las cosmovisiones son elemento fundacional, en la medida en que los seres y las cosas existen a partir del momento en que son nombrados. En ese sentido, uno no puede menos que admirar la obstinación de los habitantes de Macondo, entregados a la paciente tarea de rotular las cosas con su nombre y sus usos, como una manera de no sucumbir a la peste del insomnio, una de cuyas manifestaciones es el olvido.

En los albores de la  literatura (¿o del periodismo?) el viejo Homero, ciego y memorioso, se  consagra al trabajo de tejer una minuciosa red o si se quiere, de  ensayar un  fresco en el  cual quedarán consignados los pasos de la criatura  humana sobre la tierra. Dioses y demonios, príncipes y guerreros, adivinos y rapsodas, amantes y criminales nos hablan de los momentos  primordiales de unos seres en cuya sangre ya  alentaban los temores, las pasiones, la ambición y la grandeza, que son la sustancia con la cual los humanos  amasan su destino. En esa medida el poeta  griego, o quienes se ocultaron detrás de  su nombre, lo que hacen en últimas es  trenzar un detallado relato personificado de las fuerzas que muchos siglos después siguen gobernando las acciones humanas.

Más allá de lo que sus relatos tengan para decirles a los estudiosos del mito, de la religión o la sicología, la saga de Heracles y Leda, de Jasón y Ulises,  de Helena y los Argonautas, es un auténtico Hilo de Ariadna que nos ayuda por igual a interrogar los oráculos de la historia y a desentrañar las claves de ese laberinto que es el propio corazón.

Más adelante, el mundo  será testigo de la irrupción de unos hombres que  dedican su vida a  una lucha tenaz y acaso inútil contra el olvido, pero que en todo caso intentarán apropiarse de las palabras, de lo más sutil y certero de su condición, para relatarles a sus contemporáneos y legarles a los hombres por venir, la esencia  misma de la materia con la que se construye la historia. Ellos nos  describirán los trabajos y los días, las obras, los milagros y los horrores que son el rastro dejado por los hijos de los dioses en su afán de hacerse un lugar en el mundo. Por ellos nos enteramos de los sueños de  hombres que una vez quisieron elevar una torre que llegara hasta el cielo para mirar por fin de frente el insondable rostro de Dios. De su puño y letra supimos de las intuiciones de un ser mitad mito y mitad hombre, autor de una suerte de código ético que al juntarse con las leyendas del Asia Menor y más tarde con la filosofía griega dio lugar a una de las grandes religiones de  la historia. Gracias a sus palabras  fuimos testigos del asombro y del terror mutuos que experimentaron los hombres de Hernán Cortés y del emperador azteca cuando una mañana remota se asomaron al abismo de sus mundos desconocidos.

Una irreprimible inclinación hacia la taxonomía llevó a que los expertos en historia o en literatura, los clasificaran un día bajo la etiqueta de Cronistas, es decir, en un sentido literal, los que toman nota de lo que acontece en el tiempo, aunque sería mejor decir que los cronistas son los que recogen las briznas de lo que deja el tiempo en su ir y venir sin tregua ni remedio.

La  literalidad de esa acepción pasa  por encima del hecho, constatado tantas veces, de que el cronista dista mucho de ser un notario, un amanuense que registra los asuntos de la existencia en una especie de debe y haber, aunque  ese fue el papel que les adjudicó durante mucho tiempo  la soberbia de los poderosos: al debe iban a parar los sueños,  los dioses, así como las pequeñas y grandes obras de los derrotados, mientras en el haber quedaban registradas las propias hazañas. No por casualidad los cronistas formaban parte del equipo de  viaje de los conquistadores. Sin esa figura era  casi seguro que las gestas – las reales   y las inventadas-  fueran presa fácil de esa peste del olvido que es una de las  señas de identidad de la condición humana.

La lista se hace  extensa. De Flavio Josefo a Heródoto. De Marco Polo a Antonio Pigafetta. De los juglares medievales a los cronistas de Indias, todos ellos se convierten en fuente necesaria e ineludible, cuando  el historiador deja de ser un aficionado, un relator más o menos espontáneo y se convierte en un profesional. ¿Cómo si no, podríamos entender el complejo universo social, económico, político y cultural en  el que  tuvo que adentrarse Marco Polo hasta llegar a los confines de la ruta de la seda? ¿De qué  otra manera podríamos  aproximarnos a las turbulentas empresas que acometía el  Imperio Romano en el momento de la irrupción del cristianismo? ¿Con qué herramientas  habríamos de asomarnos a lo que fue la llegada de los europeos a América, si los cronistas  no hubieran descrito al detalle  la esencia de instituciones tan contradictorias como la encomienda y la inquisición?

Tenemos entonces que la crónica no es solo un regodearse en el relato como un fin en sí mismo. Es, sobre todo, la posibilidad de comprender el mundo. Y solo comprendiendo la naturaleza de ese universo en el que le ha sido dado en suerte vivir, puede el ser humano emprender alguna clase de transformación, así en lo individual, como en lo colectivo. Recordemos, de pasada, que fue por los relatos de los periodistas enviados a cubrir la guerra de Vietnam  como los ciudadanos norteamericanos tuvieron noción del genocidio que se estaba perpetrando, ayer igual que hoy,  en nombre de la democracia y de la libertad. Fue gracias al testimonio de un hombre de la dimensión del escritor y periodista polaco Riczard Kapuscinski, como los habitantes del mundo nos acercamos al carácter demencial y sanguinario de las fuerzas políticas  y financieras que se disputaban el botín en el África post colonial. Más cercanos en el espacio y en el tiempo,  autores Alfredo Molano,  Germán Castro Caicedo, Juan José Hoyos, Alberto Salcedo Ramos, Carlos Sánchez Ocampo o Juanita León han hecho de sus relatos una puerta de entrada a ese universo   doloroso y  admirable a la vez  que es el otro rostro de una Colombia que no aparece  nunca en los medios de comunicación, a no ser para  caricaturizarla en los realities o  distorsionarla en los titulares de los noticieros.

Si la crónica pretende  ayudarnos a comprender y comprendernos, es evidente que no puede ser mero dato. Fría estadística. Registro monográfico de la realidad. Inventario de próceres. Contabilidad de víctimas y victimarios. Tiene además, la obligación de conducirnos de alguna manera  a lo más esencial de esos seres de carne y hueso que  hacen la Historia. En esa tarea, además de  todas las disciplinas que se ocupan de los diferentes aspectos  que afectan a la sociedad y los individuos, este género que gravitó  durante años entre la historia y el periodismo, encontró en el camino un aliado que  habría de conducirlo hacia territorios no imaginados: La literatura. Con sus técnicas narrativas, su manejo del lenguaje,  su  aptitud para crear personajes  y ante todo con la intuición poética, los diversos géneros literarios,  vale decir, la novela, el cuento, la poesía y a veces el ensayo, entraron a formar parte de una manera de contar el mundo que, sin perder de vista el hecho de  que tenía que vérselas con acontecimientos reales- con todas las dudas y ambigüedades que pueda acarrear esa expresión-   supo entender   que toda mirada perdurable del mundo debe estar soportada en un acto de creación.

Es allí, en ese espacio de conjunción donde aparece un género que algunos se apresuraron a bautizar con el nombre de “Nuevo Periodismo” y otros, más osados, no dudaron en llamar “Periodismo Literario”. La  definición de caracteres, la descripción de atmósferas, los  saltos en el tiempo, los datos  prestados de otros campos del saber, serán puestos al servicio  de un intento por  ahondar en las fuerzas y misterios que gravitan sobre lo que es, para muchos, el resumen del proyecto de civilización : la ciudad moderna con sus  conflictos de intereses, con sus prodigios tecnológicos, la rapidez de las comunicaciones,  sus ofertas de bienestar sin límites, pero también con su irremediable dosis de indolencia, de competencia feroz, de soledad y de miserias sin cuento.

Vistas así las cosas no es casual que el siglo XX  sea a la vez el de la consolidación de esas megalópolis admirables y terribles intuidas por Fritz Lang en su película  Metrópolis y el del renacimiento de  un género capaz a la vez de resumir los elementos básicos del recuento histórico  y de indagar en la naturaleza y los móviles de sus protagonistas. Un género que con Gay Talese nos permite asomarnos al alma de esos seres atrapados en el vértigo de una obsesión urbanizadora que el pensador Marshall Berman fustigó una y otra vez en sus ensayos. O que en la palabra de Alma Guillermoprieto nos dejó ver, como al descuido, el infranqueable abismo que separa a Latinoamérica de los paraísos del consumo, todo ello contado desde el corazón de los pepenadores de Ciudad de México, los brujos de Rio de Janeiro o los sicarios colombianos.
En esa misma dirección, y aproximándonos al  caso nacional, son las voces de nuestros mejores cronistas la que nos han  mostrado la posibilidad siempre revalidada de mirarnos de otra manera  en el espejo de nuestras dichas y desventuras. En las esperanzas aplazadas de los desplazados del campo a la ciudad. En las glorias inciertas de nuestros deportistas. En la desfachatez e impudicia de los gobernantes, en el juego de abalorios de las estrellas del espectáculo y en la  inalcanzable burbuja del consumo que titila como una estrella de mentiras sobre las cabezas de los excluidos. También están, por supuesto, las historias que nos hablan de nuestra capacidad inagotable para afrontar el infortunio. De los sueños pequeños pero inapelables del tendero de la esquina. De los miedos y fantasías de la modista. De la capacidad renovada de la vida  para ganarle el pulso a la muerte. Porque ellos, los cronistas de ayer y de hoy, de vez en cuando dan en el clavo y armados del poder vivificante de las palabras encuentran la manera de hacerles  pistola a los  dioses y se van por el  atajo donde todavía es posible impedir que Saturno  se regodee devorando a sus hijos.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.