El caso más ilustrativo y patético es, claro, el del Che Guevara. De demonio que amenazaba con  hacer saltar en pedazos el capitalismo entero pasó a ser monigote de bisutería que se vende en aeropuertos y centros comerciales al lado de Mickey Mouse, Supermán, Batman y las sucesivas generaciones de súper héroes que nacieron para disolver los miedos de unos ciudadanos inermes frente a los grandes poderes planetarios.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Debo aclarar de entrada que Julio César González Quiceno -mayor de edad y vecino de esta parroquia- hijo de Alicia y Ovidio -alma bendita- hermano de Diego, Carlos Andrés y Mauricio, esposo de Alejandra, además de  padre de Sara y Mateo, más que un amigo es un hermano de toda la vida con quien he compartido las subidas y bajadas de un camino largo y culebrero.

Pero, sobre todo, es un gran ser humano este Julio. Y eso es -en últimas- lo único importante en este mundo.

Precisada esa salvedad, me ocuparé de Matador, el personaje creado por Julio,  devenido marca registrada con el paso de los años, aupado por los medios de comunicación y multiplicado a ritmo de vértigo por las redes sociales.

Pues bien, esa presencia transgresora que una vez fuera el caricaturista gracias a su brillante trazo y a una al parecer inagotable dosis de incorrección política a prueba de buenas conciencias, migró con inusitada rapidez al mundo de la farándula, al punto de que algunas señoras bien lo invitan a casa para que anime sus veladas.

Aprovechando la ganga, se toman fotografías a su lado que publican como trofeos de caza en Instagram y Twitter, esa suerte de hoguera de las vanidades, pero virtual.

Hoy, descafeinado, deslactosado y despolitizado, Matador luce como un  tigre de peluche. Ya no es la bestia fiera que alcanzó a asustar al establecimiento social, cultural, político y religioso.

Despojado de sus temibles garras, con los colmillos bien limados y mimado por la industria del entretenimiento es ahora parte de un engranaje fundado en la liviandad, la ligereza y, sobre todo, la banalidad.

¿Por qué lo volvieron así, si era de tan ácida familia?

Bueno, a esta altura del camino, con tres lustros largos del siglo XXI a cuestas, está más que probada la capacidad del sistema para  convertir en mercancías y en sujetos decorativos hasta a sus más acerados enemigos.

El caso más ilustrativo y patético es, claro, el del Che Guevara. De demonio que amenazaba con  hacer saltar en pedazos el capitalismo entero pasó a ser monigote de bisutería que se vende en aeropuertos y centros comerciales al lado de Mickey Mouse, Supermán, Batman y las sucesivas generaciones de súper héroes que nacieron para disolver los miedos de unos ciudadanos inermes frente a los grandes poderes planetarios.

La que un día parecía imposible boda entre la Barbie y el Che se consumó al fin en un centro comercial.

Una vez lograda esa proeza, a las mentes más perversas del entretenimiento les quedó claro que no había misión imposible.

Unas décadas más tarde, el efímero y veleidoso “Subcomandante Marcos”  se convirtió en otra prueba de laboratorio.

Guardo un llavero en mi casa con su figura embozada tejida en lana virgen: es todo lo que sobrevive de tanta alharaca.

 ¿Por qué extrañarse entonces de que un talentoso caricaturista haya terminado en lo mismo?

Pues porque siempre es bueno otorgarse el beneficio de la duda.

Para poner a prueba mis prejuicios hace cosa de un mes sucumbí a una tentación.

Como las encuestas de toda laya son la gran plaga del siglo XXI, me dediqué a formularles una sola pregunta a  personas adultas -entre quienes se cuentan el profesor, investigador y ensayista Diego Leandro Marín, aparte de la profesora Mariela Domínguez- que  por una razón  u otra se mueven en la llamada “Franja de Opinión”.

  
¿Quiénes considera usted que son los principales propagandistas del expresidente Álvaro Uribe y del exprocurador Alejandro Ordoñez? Les pregunté a quemarropa, sin enterarlos de mis andanzas.

Debo confesar que mi muestreo fue modesto: apenas diez personas.

Pero lo sorprendente fueron las respuestas.

Siete encuestados, es decir, el setenta por ciento de la muestra, coincidieron en la respuesta, aunque  con una que otra variación en el orden.

Para ellas Vladdo, Matador y Daniel Samper Ospina son los principales promotores de imagen de los mencionados políticos.

Las razones son fáciles de entender. Basta con que Ordóñez o Uribe pongan alguna nueva sandez en sus redes sociales para que de inmediato salten los tres humoristas a responder con una caricatura, si entendemos que las columnas de Samper o sus puestas en escena de Youtube son también eso.

De inmediato los contadores de la red se disparan hasta unas cotas de insania.

Ordóñez luciendo colmillos draculescos por aquí, o Uribe calzando crocs por allá, bastan para que la histeria se desate.

“Revienten el twitter” es la consigna de los prestidigitadores. Y los suscriptores, obedientes, lo consiguen en pocos minutos.

Mediante ese sencillo truco, sin necesidad de costosas oficinas de comunicaciones y publicidad, los políticos en cuestión no solo se mantienen vigentes sino que multiplican el número de sus seguidores.

Y los caricaturistas, creyéndose acaso rebeldes y contestatarios, les hacen el trabajo.

A modo de recompensa, aumenta su popularidad entre los fieles seguidores y el negocio sigue su marcha.

Lo que un principio parecía un refrescante, y a veces brutal desafío al sistema, se convirtió en parte del mismo.

En ese escenario, el primer gran damnificado es el humor, con todo y su poderosa carga política y existencial.

Al final del espectáculo solo queda la mueca, el rictus, la cáscara vacía de la risa.

El pensamiento crítico y la necesaria toma de distancia quedan así neutralizados.

A estas alturas los poderosos nada tienen que temer. El gran contradictor fue engullido en menos tiempo del que toma devorar una hamburguesa.

Conjurados así los demonios, con el caricaturista devenido caricatura de sí mismo, solo resta recitar el viejo mantra de la industria del espectáculo:

El show debe seguir.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada