Bolívar soy yo

Como el Libertador, Uribe entraña la fantasía monárquica y caudillesca de un sueño autoritario donde la nación y sus destinos son inseparables de su propio destino, consustanciales a él. Pero ya sabemos  quién dijo primero aquello de “el Estado soy yo”. Copia de la copia…

 

Escribe / Camilo Alzate – Ilustra / Stella Maris

 

“Mi nombre ha sido utilizado para lo peor”.

La frase la pronuncia Robinson Díaz disfrazado de Libertador decimonónico en una conocida película que Jorge Alí Triana hizo para honrar la memoria de Pedro Montoya, el actor caldense que se volvió célebre por interpretar a Simón Bolívar en series, películas, actos de politiqueros mediocres y reinados de pueblo. Pedro, cuentan, llegó a creerse que él era el Libertador, o la gente creía que él se lo creía, porque la gente, bien se sabe, desea siempre creer.

“No veían al actor, sino al personaje” dijo Jorge Alí Triana luego de la muerte de Montoya, que había nacido en Belén de Umbría, un pueblo de culebreros y tahúres. Pedro Montoya falleció padeciendo una enfermedad que lo dejó medio inválido. Lo hallaron muerto y enredado en su piyama, en el baño de un apartamento frío del centro de Bogotá, donde vivía entre la soledad y el olvido. Era la boa del destino jugándole una última patraña: hasta en eso se parecía a aquel Bolívar convaleciente y derrotado que agonizó sin que hubiera alivio ni poder humano capaz de redimirlo.

La película de Triana, que no es sobre Bolívar sino sobre Montoya –quién a su vez no era Montoya sino Bolívar, o la idea que la gente tenía de Bolívar– es una mala película con un buen argumento. Abundan los clichés colombianos como el secuestro en un bote por el río Magdalena y los aburridores monólogos presidenciales y el infaltable papel de Amparo Grisales representando al remedo de Manuelita Sáenz.

La historia, escribió Carlos Marx, ocurre la primera vez como tragedia y la segunda como farsa, aunque ahora soy yo quien incurre en el más trillado de los clichés.

Bolívar fue un revolucionario, pero lo fue a pesar de sí mismo, en contra de su talante y su voluntad.

Me parece que asistimos por fin a la tragedia del farsante, del gran cómico de las motosierras y las fosas comunes. Álvaro Uribe escribió el 4 de agosto de 2020, luego que la Corte Suprema de Justicia ordenara su detención domiciliaria: “La privación de mi libertad me causa profunda tristeza por mi señora, por mi familia y por los colombianos que todavía creen que algo bueno he hecho por la Patria”, y esas palabras, como sacadas del guion de una mala película, imitan aquellas que no fueron suyas, pero que podrían serlo: “No aspiro a otra gloria que la consolidación de Colombia”. La consolidación –otros la llamaron refundación– de la patria. “No aspiro a otra gloria…”, pero ahora quien habla es Robinson Díaz encarnando a Pedro Montoya que a su vez encarnaba a Bolívar, que no fue sino la copia caraqueña y tropical de Bonaparte, por eso es que Marx –de nuevo Marx– lo llamó “Napoleón de las retiradas”, cuando enumeró su cobardía memorable durante el desastre de la primera campaña libertadora, en un esbozo biográfico que realizó por encargo de la Nueva Enciclopedia Americana, escrito consagrado a destruir al ídolo de bronce. Marx, con el pastuso José Sañudo y luego con el español Salvador de Madariaga (y muy luego con Evelio Rosero) guarda el valiente mérito de haber sospechado del ídolo.

Cómo olvidar la estampa que pintó Ducoudray-Holstein: “Tiene frecuentes y súbitos arrebatos de ira, y entonces se pone como loco, se arroja en la hamaca y se desata en improperios y maldiciones contra cuantos le rodean. Le gusta proferir sarcasmos contra los ausentes […] es un jinete consumado y baila valses con pasión. Le agrada oírse hablar, y pronunciar brindis le deleita. En la adversidad, y cuando está privado de ayuda exterior, resulta completamente exento de pasiones y arranques temperamentales. Entonces se vuelve apacible, paciente, afable y hasta humilde. Oculta magistralmente sus defectos bajo la urbanidad de un hombre educado en el llamado beau monde, posee un talento casi asiático para el disimulo y conoce mucho mejor a los hombres que la mayor parte de sus compatriotas”.

Hablaba, claro está, del Libertador, que en este juego de espejos podría ser nuestro jinete antioqueño, visceral aunque taimado, ducho en el arte del disimulo.

Uribe, el farsante, es una copia de la mala copia de un emperador europeo. Fue Alfonso Cano, el ideólogo de las FARC, quién tergiversó el pasado para convertir al Libertador en un símbolo de la izquierda radical, contrario a su verdadero legado conservador y autoritario. Bolívar fue un revolucionario, pero lo fue a pesar de sí mismo, en contra de su talante y su voluntad. Después Hugo Chávez exprimiría aquella imagen a su antojo llevándola hasta el nivel más grotesco, deformado y caribeño: un supuesto Bolívar socialista.

Como el Libertador, Uribe entraña la fantasía monárquica y caudillesca de un sueño autoritario donde la nación y sus destinos son inseparables de su propio destino, consustanciales a él. Pero ya sabemos quién dijo primero aquello de “el Estado soy yo”. Copia de la copia…

Fotografía / Margarita Rojas

Uribe también fusiló o traicionó a todos sus aliados mafiosos y compañeros de armas (como Bolívar hizo con Piar, Padilla y Miranda): entregó a los paramilitares, conspiró contra Vargas Lleras y Pedro Juan Moreno, sacrificó uno por uno a sus ministros encarcelados, prófugos o en el exilio, saliendo invicto siempre.

Uribe también cabalgó, como Bolívar, sobre calaveras y aldeas arrasadas lanzando otra “guerra a muerte”, ya no contra los chapetones, sino contra vagos de pueblo, retrasados mentales, muchachos despistados, mendigos y campesinos analfabetas. Así convirtió las botas al revés y los tiros en la nuca en su versión personal del heroísmo y la victoria.

Uribe, tirano ecuestre, también fraguó una narrativa de que iba salvar la patria pasándola por las armas y acabó siendo otro “Napoleón de las retiradas” cuando abandonó el Congreso para evitar su juicio y, probablemente, la cárcel.

Y al final, viudo del poder, fue traicionado en su conspiración septembrina, aunque no se vio impelido a saltar en cueros por una ventana a medianoche. No todavía.

Vencido y aplastado, derrotado por el proverbial santanderismo de esta patria tan boba con instituciones tan sólidas y rancias, su imperio se desvanece mientras recita con admiración los textos del prócer, que conoce de memoria. Bien puede, ahora que lo han dejado sólo tras realizar su obra –otra semejanza asombrosa con el Libertador– con enemigos muy poderosos a la derecha y muy peligrosos a la izquierda, decir igual que el incomprendido personaje de la película: Bolívar soy yo.

O puede que no, puede que sólo sea el remedo de la copia, el imitador torpe que aspirando a emperador apenas sí alcanzó el grado de tirano de corral de finca y matón a caballo: mínimo bandido con ademanes de sacristán. Bien sentenció Borges que el olvido es la única venganza. Borrar todo su legado será nuestro legado.


A propósito de los 202 años de la Batalla del Pantano de Vargas…