La vida no es sagrada

La vida no es sagrada, la vida es simplemente un hecho biológico producto de la evolución de la naturaleza. No es un don ni un regalo divino, es un hecho corriente.

 

Por / Gloria Inés Escobar

Los seres humanos, no olvidemos, somos solamente una especie más entre millones, ni más ni menos perfectas o especiales que las demás que nos acompañan en este planeta. Solo somos diferentes, y una de las diferencias radica en que nuestra especie tiene la capacidad de moldear el entorno y de organizar la sociedad a voluntad.

Es por ello que la manera en la que vivimos no es la única posible. Los humanos podemos rehacer la sociedad totalmente y en múltiples direcciones. En otras palabras, en nuestra sociedad nada de lo establecido es inmodificable y eterno. Por tanto, los valores instituidos no responden a un ordenamiento predeterminado o a una fatalidad o a un propósito divino. Lo que somos como humanos es producto del proceso de socialización que cada cultura impone y legitima como normal, como correcto, de tal manera que absolutamente todo responde a unos intereses y propósitos creados por una minoría que se erige como la elegida, y es validado, consciente o inconscientemente, de modo activo o pasivo, por la mayoría supeditada a aquélla. Así se conforma la sociedad. De ahí surgen sus valores.

Sacralizar la vida, establecer este hecho biológico como un valor absoluto inviolable, obedece pues a unos intereses muy humanos y concretos de nuestra cultura. Por supuesto que la vida una vez brotada, una vez nacida, debe ser protegida por todos para que alcance su completo desarrollo en las mejores condiciones posibles; sin embargo, no es necesario otorgarle el estatus de sagrada para cuidarla y ayudarla a prosperar.

Ahora bien, esta preocupación por la vida humana, por su viabilidad una vez nacida, no significa que mientras se geste en el vientre, la mujer esté obligada a conservarla sino puede o no quiere hacerlo. La maternidad es una opción, jamás una obligación. Las mujeres por el hecho de estar dotadas por la naturaleza para procrear la vida, no estamos condenadas a parir cada que se fecunde un óvulo. Afirmar que un óvulo fecundado es intocable, es un valor cultural que, por lo tanto, puede ser discutido y modificado.

De otro lado, el dominio del hombre en nuestra cultura ha llevado al control de la vida de las mujeres en todos los aspectos y la maternidad no escapa a ello. Y claro, para facilitar dicho control, la vida ha sido divinizada, como una forma de blindarla frente a la voluntad humana, frente a la decisión de las mujeres. De ahí el rechazo al aborto en nuestra cultura.

Es así como el aborto desde esta perspectiva no puede ser juzgado más que como un delito, un crimen atroz. Por el contrario, si despojamos de sacralidad a la vida y lo consideramos como lo que realmente es, un hecho contingente y corriente, podemos asumir la discusión del aborto sin el enceguecimiento y el fanatismo que lo cubre.

Por otra parte, no nos digamos mentiras, la interrupción voluntaria del embarazo es considerado un crimen cuando es la mujer quien toma la decisión de hacerlo. Pero si la interrupción ocurre como producto de la violencia física del hombre, de una golpiza, por ejemplo; o por omisión de los cuidados que debe procurar el Estado desde sus entidades, a la mujer gestante; o por el abuso y exceso de trabajo en condiciones de sobreexplotación, no pasa nada, nadie es condenado, nadie resulta estigmatizado ni señalado. En estos casos el que la vida sea sagrada no importa, se hace caso omiso de este valor tan socorrido por quienes están en contra del aborto.

En efecto, en la discusión del aborto lo que realmente no se perdona es que la interrupción del embarazo sea producto de la decisión de la mujer, el resto es prosa. No importan los millones de vidas nacidas y tiradas al mundo, carentes de todo cuidado, de todo amor. Los miles de niños “buscando su hogar”, mendigando que alguien se ocupe de ellos, no llenan páginas ni discursos ni generan marchas de agravio. Esas vidas, olvidadas de todos, no importan. Como tampoco importa la vida de las mujeres que fruto de un embarazo obligado, terminan su vida en la miseria, en el dolor, en la locura, en la frustración.

Esta sociedad se ensaña con las mujeres de un modo despiadado: además de indicarles qué decir, qué hacer y qué pensar; de usarlas como esclavas sexuales; de sobreexplotarlas laboralmente; de negarle el valor al trabajo doméstico que ellas realizan; las señala y las condena como criminales cuando desobedecen la estricta y tácita ley de parir, aun cuando quien lo haga sea una menor de edad violada que sin dejar de ser niña se tiene que convertir en madre.

Dejemos de estar apelando a valores que carecen de todo sentido cuando son mirados con los filtros de la razón y la realidad. Interrumpir un embarazo no es un delito, las mujeres que deciden hacerlo no son criminales, los fetos son solo humanos en potencia, un óvulo fecundado no es sagrado.

Abandonemos tanta hipocresía y centrémonos en buscar más bien cómo resolver los problemas enormes de esta sociedad tan desigual en la que millones de seres humanos viven de forma tan indigna y oprobiosa. Eso sí debería quitarnos el sueño y volcarnos a las calles.