“La posibilidad de congelar el momento liminal entre la vida y la muerte es un asunto que ha seducido a muchos fotógrafos. Este ha sido también motivo de algunas campañas publicitarias que experimentan con la sensibilidad de las masas” 

Por: Margarita Calle

Esta semana fuimos sorprendidos con una imagen en la que se observa a un hombre a punto de ser atropellado por un tren en Nueva York. La fotografía, publicada en primera plana por el diario The New York Post, fue tomada por R. Umar Abbasi, un fotógrafo independiente que se encontraba en el metro en el momento en que Ki Suk Han fue arrojado a la vía por otro sujeto. Su impacto ha sido revelador. Ella y las circunstancias que la motivaron, dan cuenta de la mezquindad y la sevicia con la que vivimos nuestro presente y dejamos huella de él.

La fotografía, dijo Susan Sontag, es una manera promiscua de ver. Desde la invención de la cámara el heroísmo de la visión nos domina y con ella, un deseo incontenible de hacer más real lo real; de condensar con el máximo detalle la apoteosis y la miseria humana. Más que crear o recrear nuevas realidades, los fotógrafos intentan ponernos de cara a los acontecimientos que nosotros mismos producimos, pero que por su naturaleza doméstica o perversa, preferimos ignorar.

¿Qué impulsó al fotógrafo Abbasi a disparar compulsivamente su cámara sobre un individuo impedido para salvarse por sus propios medios, en lugar de intentar ayudarlo? Muchas explicaciones caben dentro de lo posible: deseo de realidad, morbo, necesidad de presente, adquisición de experiencia, falta de humanidad, en fin, el listado puede ser interminable, porque en el fondo nos negamos a aceptar que su decisión haya sido moralmente correcta.

En los foros de los medios que publicaron la imagen en internet, un lector del portal Crónica, identificado como “Sesofrito” parece cuestionarnos a quienes pensamos que Abbasi debió haber dejado a un lado su cámara para auxiliar a Han. “¿Y quién dice que es obligatorio salvarlo?”, nos pregunta el peculiar lector. Tal vez esto mismo debió haber pensado el fotógrafo, por eso optó por disparar compulsivamente en lugar de tenderle la mano para cambiar su destino.

La posibilidad de congelar el momento liminal entre la vida y la muerte es un asunto que ha seducido a muchos fotógrafos. Este ha sido también motivo de algunas campañas publicitarias que experimentan con la sensibilidad de las masas, como las de la marca italiana Benetton. En todas estas acciones de transición y visibilidad exacerbada, se impone lo que Umberto Eco ha llamado “el síndrome del ojo electrónico”, que no es más que el “deseo” incontrolable de las personas, hasta las más educadas, por “estar presentes con un ojo mecánico en lugar de con un cerebro” registrando todo lo que pasa a su alrededor.

No sabemos si Abbasi es educado, en el sentido que lo señala Eco, pero lo que sí prueba su acto es que le estamos cediendo todo el terreno a ese comportamiento compulsivo que estimulan los dispositivos electrónicos y al afán de alcanzar compensaciones personales, sin importar las implicaciones éticas y estéticas de tales acciones.