La resistencia civil indígena es la apuesta más genuina por la paz y el cese de hostilidades entre las fuerzas del gobierno y la insurgencia.

Por: Carlos Victoria

Al tiempo que la locomotora de la guerra se desplaza a la sazón de escaramuzas y víctimas por todo el país, el tren de la paz avanza de manera insólita entre el fuego cruzado de la fuerzas del gobierno y la subversión. Un sector de la población indígena asentada en el norte del departamento del Cauca busca impedir de todas las formas posibles que el conflicto armado termine por destruir lo que han construido durante muchos años: la autonomía como una expresión de la resistencia frente a las amenazas y agresiones de todo tipo.

El grito pacifista de los Nasa se ha escuchado en todo el mundo en medio del tableteo de fusiles, el retumbar de las bombas, el ruido de helicópteros, las exhortaciones del presidente Santos, y los llamados a la guerra. La resistencia civil indígena es la apuesta más genuina por la paz y el cese de hostilidades entre las fuerzas del gobierno y la insurgencia. No quieren asumir la condición de víctimas inermes, y como argumenta Bobbio (1997) dejan por sentado que no existe conflicto que no pueda resolverse con las armas de la razón. Una razón ligada, en este caso, al derecho que los asiste como un pueblo que desea vivir en paz.

El proyecto político de la autodeterminación se vale de lo cosmogónico y eso es plausible desde el punto de vista de la identidad cultural, y por tanto choca con la racionalidad de las partes armadas en el conflicto que usan sus territorios para avanzar o replegarse en medio de una confrontación en la que no hay ni vencedores ni vencidos. Los indígenas han dejado constancia que no quieren ser un tercer ausente, como explica Bobbio en uno de sus textos clásicos a propósito de los impactos colaterales en el que los civiles no deben ser agentes pasivos en medio del asedio de la guerra.

Si bien es cierto el conflicto social y armado en el país, y especialmente en el Cauca se cuenta por décadas, el protagonismo de las comunidades Nasa ha construido un nuevo escenario que reconfigura, por lo tanto, el  problema de la soberanía del Estado, la autonomía indígena, y  las pretensiones de la guerrilla, en este último caso como un  factor de perturbación en las disputas pacíficas que  adelantan las comunidades en pos de sus propias reivindicaciones. Para los Nasa la guerra es una antítesis de sus conquistas y aspiraciones. Desde 1971 el CRIC sabe que los pueblos indígenas sin territorio, o por fuera de él, pierden todo lo que han obtenido (D´abraccio, 2001). Hoy están condenados  a la guerra, pero no tienen otra alternativa que apostar por  la paz como condición histórica de supervivencia.

El carácter excluyente de la confrontación entre el Estado y la insurgencia,  al desconocer e invisibilizar los patrones culturales y los derechos de los pueblos originarios en sus territorios es una de las claves que explica por qué la resistencia pacífica es una imposición perentoria frente a las presencia y confrontación de ambos ejércitos. Desde esa perspectiva  no hay discriminación entre lo legal y lo ilegal, asumiendo el riesgo de ser sacrificados y estigmatizados como de hecho ha sucedido en el pasado y el presente. La ecuación es sencilla: si los indígenas toleran la guerra en sus resguardos se acelerará su condena a la extinción, hecho notorio y aberrante que se desencadenó desde la presencia del invasor español, y el sangriento sometimiento por parte de sus herederos: los terratenientes en alianza con el Estado.

 “No queremos que el Estado nos dé la mano, sino que nos quite las manos de encima” es un viejo criterio que los Nasa han apropiado, mientras confrontan  a una guerrilla con la que no comparten ni sus principios, consignas y métodos, lo cual les otorga una mayor legitimidad a una resistencia que a mitad de semana se transformó en desmantelamiento de trincheras de ambos bandos en las áreas circundantes a Toribio, Miranda, Jambaló y Corinto. Desobedecer a la guerrilla y al ejército a través de una resistencia activa les otorga la base moral a la autodeterminación en el contexto de los derechos humanos y la paz, entendida esta como la no violencia.

El mapa del conflicto armado en el Cauca es tan viejo como la guerra misma que las partes libran en medio de múltiples factores que la hacen prolongada, sangrienta y absurda. Los indígenas han dicho que no necesitan de la violencia guerrillera para recuperar las tierras y defender las que han recuperado, al tiempo que desconfían de la presencia militar del Estado por considerar que todo tipo de violencia riñe con sus principios de vida. A cambio la Guardia Indígena emerge como el dispositivo que cohesiona el dispositivo pacifista. Algo va de un bastón de mando a un fúsil.

La intensidad de la guerra ha hecho olvidar que  bajo estos principios los Nasa han expulsado de su territorio a los narcotraficantes y sus laboratorios; se han opuesto al secuestro por parte de la subversión armada, rescatando funcionarios víctimas del plagio; y así mismo han bloqueado el accionar de la fuerza pública. La respuesta de los armados ha sido la de asociarlos con las milicias guerrilleras y/o como colaboradores del ejército. La declaración de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca, ACIN  es concreta: “Nos declaramos en resistencia permanente hasta que los grupos y ejércitos armados se vayan de nuestra casa”.

La matriz con la cual se explica el conflicto armado en Colombia no funciona para este caso, porque de por medio está la organización indígena de mayor tradición de lucha. Las asociaciones indígenas  no son propiamente un brazo político de la guerrilla, ni tampoco un instrumento de control social y político del gobierno. Han sido el mecanismo a través del cual han plasmado su programa de recuperación de tierras, columna vertebral de su razón de ser. Tampoco la matriz de la guerra “contra el terrorismo” y la “guerra por la liberación nacional” ha sido el espacio fratricida en el que se reconoce el grueso de la población indígena.

Indudablemente que la postura de los indígenas es un desafío ante los guerreros de ambos bandos, y ha puesto a pensar al país sobre las disyuntivas que como pueblo deben asumir antes que se han borrados del mapa, engrosando las filas de los desplazados que ya se cuentan por millones en el país. Los Nasa vuelven a dar ejemplo ante Colombia y el mundo sobre su capacidad, tenacidad y voluntad de enfrentar la adversidad apelando a lo que han aprendido a través de siglos de lucha: resistir para subsistir, aunque desde las derechas se les tilde de románticos, atrevidos y hasta de ingenuos cómplices.

 A estos sectores no sobra recordarles las palabras de la Premio Nóbel de la Paz, Rigoberta Menchú (1992): “Es posible que algunos centros de poder político y económico, varios estadistas e intelectuales, todavía no alcancen a comprender el despertar y la configuración promisoria que significa la participación activa de los pueblos indígenas en todos los terrenos de la actividad humana, pero el movimiento amplio y plural desencadenado por las expresiones políticas e intelectuales amerindias terminará por convencerlos de que, objetivamente, somo parte constituyente de las alternativas históricas que se están gestando a nivel mundial”.