Gloria Inés Escobar (Columna)Para desgracia de las mujeres y de la sociedad entera, existen todavía quienes justifican la violencia contra las mujeres y de variadas maneras.

Por: Gloria Inés Escobar Toro

Cuando se habla de la llamada violencia de género suelen salir a relucir réplicas que demuestran al menos, tres hechos: ignorancia sobre el tema, negación de la realidad, validación de la violencia.

En el primer caso se escuchan voces que afirman que la violencia contra las mujeres hace parte de la violencia general que padecemos los seres humanos, sin distinción. Esto es parcialmente cierto, no importa el género, etnia, edad, religión, condición sexual, nacionalidad que se tenga, todos podemos sufrir violencia pero se ignora que la que padecen las mujeres tiene un carácter diferente y especial.

Es diferente porque es realizada por los hombres como una manera de manifestar su poder sobre las mujeres. En otras palabras, es una violencia basada en la supremacía cultural del hombre sobre la mujer. A la mujer se la castiga de diferentes maneras porque se considera que ésta debe estar subordinada en todo al hombre que es su superior, así que si una mujer no se comporta de acuerdo a esto, se le agrede. Si no se es mujer en la medida que la cultura le dicta y el hombre espera, se ejerce violencia en su contra, he ahí su carácter diferencial.

Es especial porque mientras la violencia que se padece en general sucede en el espacio público –fuera de la casa– y es perpetrada por extraños o por personas con las que se tiene un trato ocasional y distante, la violencia de género, es efectuada en un ámbito privado y familiar por una persona cercana afectivamente a la mujer. El hecho de que por lo común las mujeres están involucradas con los hombres que las maltratan y son, en gran medida, económica y emocionalmente dependientes de ellos, hace que esta violencia tenga un carácter especial.

Así que no puede hablarse en los mismos términos de violencia y de violencia de género. Hay una distancia enorme entre ellas.

Otra de las réplicas con las que se quiere desvirtuar la violencia de género, es apelar al recurso de la negación del hecho, negación que generalmente va acompañada con el argumento de que las mujeres también les pegan a los hombres. De esta manera se pretende negar la verdad inocultable del maltrato a la mujer. Nada más alejado de la realidad pues la violencia que se ejerce contra las mujeres es de lejos muchísimo mayor que la sufrida por los hombres en el ámbito doméstico. Si se quiere mirar el problema en cifras se pueden encontrar fácilmente y en abundancia, estadísticas que corroboran este hecho, desde las más generales (una de cada tres mujeres en el mundo sufre algún tipo de violencia) hasta las más particulares (Colombia registró 514 feminicidios –muertes de mujeres a causa de la violencia machista- en el primer semestre de 2013). Pero la realidad, que siempre supera y desborda la estadística, es más contundente, no hay más que echar una mirada al entorno en el que se vive, el propio y el ajeno, para encontrar las huellas de la violencia de género por doquier.

Finalmente, para desgracia de las mujeres y de la sociedad entera, existen todavía quienes justifican la violencia contra las mujeres y de variadas maneras. Están los argumentos que desde una lógica invertida transforman a la víctima –la mujer– en culpable, y al victimario –el hombre–, en inocente, pues se afirma que éste fue provocado o incitado a… asaltar sexualmente una mujer porque “Estudiemos qué pasa con una niña de 20 años que llega con sus amigas, que es dejada por su padre a la buena de Dios. Llega vestida con un sobretodo y debajo tiene una minifalda, pues a qué está jugando…”  (caso Andrés Jarmillo, el propietario de Andrés, carne de res).

Están los argumentos propios de la ideología patriarcal que justifican pegarle a una mujer porque “Nosotros fregamos mucho y somos muy necias…a veces provocamos reacciones no sólo en los hombre sino en las mismas mujeres” (caso senadora Lilian Rendón Roldán acerca del caso de la agresión del “Bolillo” Gómez a una mujer).

También hay argumentos provenientes de una fuente sagrada y por tanto incuestionable, que validan la violencia contra la mujer en el ámbito doméstico porque “Cuando un seguidor del movimiento ‘Disciplina Doméstica Cristiana’ decide golpear a su mujer temerosa de dios y escoge con qué castigarla, es importante” (ver).

Y están los argumentos culturales más arcaicos que propugnan por someter a la mujer porque “El machismo es el ordenamiento natural de la sociedad […] se necesita un hombre que gobierne y una mujer que haga caso” (Beto Barreto, cabeza del movimiento machista casanareño

Ahora bien, independientemente de si la mujer del caso Jaramillo fue o no violada, si las mujeres de acuerdo a la senadora son necias o cansonas, si las mujeres son o no sumisas y por tanto requieren la aplicación de una “disciplina”, o si se la considera en su naturaleza, es decir desde la biología –hembras comparables a las mulas en la concepción del señor Barreto, lo que queda al desnudo en todos estos casos es la justificación y por tanto, legitimación de la violencia que los hombres ejercen en contra de las mujeres.

De suerte que la mujer no es víctima de la violencia que padece y al contrario, sufrirla es algo buscado por ella, se la merece, o es una forma de restablecer el orden dictado por dios, o es una manera de mantener el orden “natural” de la sociedad, es decir, en cualquier caso se justifica la violencia de género a partir de varias lógicas: racional-cultural, sagrada-mítica y natural-biológica.

Y desde estas lógicas mucho hombres y mujeres se escudan para avalar la violencia de género, lo cual no es gratuito ni producto de la perversidad humana, es solo el resultado natural de una estructura económica y social que ha construido un conjunto de ideas patriarcales para sustentar la primacía del hombre sobre la mujer, entre otros privilegios,  y por medio del cual se rigen nuestras vidas.

Pero aunque el panorama sea gris porque la violencia contra la mujer en lugar de retroceder, avanza, quienes estamos en desacuerdo con ese estado de cosas tenemos la tarea continua y persistente de poner en cuestión todas esas ideas y hacer el ejercicio de develar a quién beneficia, de qué manera y qué esconden tras de sí; así mismo debemos pasar del discurso a la acción y combatir cotidianamente estas ideas tanto en el espacio personal como social dejando al desnudo toda su miseria; y finalmente, unirnos para luchar por la construcción de un mundo libre de opresión para la mujer y para todos los seres humanos.  Un mundo donde la mitad de su población soporta el yugo de la violencia y la discriminación no puede ser jamás un mundo para defender.