Las lógicas del mercado en la cultura educativa colombiana actual

educacionLa educación seguirá planteándose como un campo de batalla, en el que las tácticas y estrategias propias de la cultura de una sociedad de consumo, terminan moldeando y modelando a los sujetos que participan de él.

Por: Sonia Jaimes

Quienes me conocen, saben que mis preocupaciones profesionales se asocian con la reflexión acerca de la constitución de nuestro Estado. Por ello siempre estoy leyendo, pensando y escribiendo acerca de nuestra política, con perspectiva histórica, pues considero que de este modo es posible comprender y explicar nuestra realidad inmediata. Entre los asuntos que me interesan está el de la educación. Tema que a mi modo de ver es un indicador no sólo de los diseños institucionales del Estado, también lo es del crecimiento o desarrollo económico (según el enfoque teórico que prefiera adoptar) que se logra en una sociedad.

Durante más de 18 años de experiencias profesionales como historiadora – tanto en el desempeño de actividades de investigación, docencia y tangencialmente en lo administrativo, desarrollado en distintas instituciones-, he podido observar cuál es el lugar que nuestras sociedades colombianas le otorgan a la educación. Se trata de un lugar ambiguo, pues se le valora tangencialmente y en la lógica del mercado; de modo que la educación y el conocimiento construido en su seno, dejó de ser intelectualizado para convertirse en un recetario de fórmulas de éxito, que se usa como un prêt à porter si y sólo si de éste se pueden obtener ganancias monetarias altas.

Los cambios generacionales me muestran que efectivamente, desde los inicios de la primera década del siglo XXI, la actitud frente al conocimiento en Colombia se ha transformado en una actitud de consumo. La educación se ha convertido en un campo más del mercado, y por ello hoy en día es un espacio des-intelectualizado, en el que se buscan recetas eficaces, acertadas e infalibles para alcanzar la excelencia. Excelencia que se confunde con eficacia, eficiencia y ascenso social -en algunos casos-, y que implícitamente se superpone con riqueza monetaria.

En las aulas, he compartido con estudiantes de varios programas, de distintos orígenes sociodemográficos, de diversas etnias -incluyendo algunos paeces-, de condiciones sexuales heterogéneas, de múltiples ideologías -muchos de ellos confundidos realmente, a pesar de que creen lo contrario-, de rangos de edad entre los 16 a los 63 años; todos con actitudes diversas frente al conocimiento. He visto estudiantes fríos, indolentes, aburridos, flemáticos, indiferentes, pero también he visto estudiantes entusiastas, interesados e intelectualizados. He conocido estudiantes con frenesí por sus profesiones, cuyas actitudes sí hacen la diferencia. Este último tipo de estudiantes, independientemente de sus capacidades, destrezas y trayectorias, logran exigirse y moldearse como profesionales, es decir, como personas que construyen su propio ethos de vida y que logran transformarse. Infortunadamente, éstos últimos son un bajo porcentaje.

Muchos se quedan dormidos en clase y otros se concentran más en las redes sociales y no en los debates y problemas que se busca construir en el aula.

Actualmente, se publican varios informes periodísticos en los que se indica que los niveles educativos en Colombia van en detrimento. Esta conclusión, se basa en los análisis de las pruebas PISA, con las que se establecen comparaciones con otros lugares del planeta. De acuerdo con dichos informes, se ha podido concluir que los jóvenes colombianos no tienen las capacidades matemáticas, ni las de lectura y escritura básicas para competir con otros estudiantes del planeta. Según se demuestra en los resultados de dichas pruebas, el desempeño académico de los jóvenes colombianos es inferior al de sus homólogos de Shangai, España, Japón, pero lo que más impacta, es que son peores que los de jóvenes de países con un PIB más bajo que el colombiano, como Indonesia.

Pero vale la pena destacar que no nos distanciamos de los resultados mediocres de los jóvenes de los Estados Unidos, en los que los jóvenes de ese país obtuvieron en matemáticas el lugar 36 entre 64 naciones. En ciencia, se ubicaron en el puesto 28 entre Dinamarca y España, y en la competencia lingüística lograron el puesto 24, resultados que seguro reconfortarán los espíritus pro-norteamericanos colombianos. La diferencia de nuestros jóvenes respecto a los de Shangai –los mejores del mundo–,  se calcula en un rezago de más de cinco años. Esas diferencias se asocian directamente con las condiciones materiales de los jóvenes evaluados; de modo que los más pobres –sociodemográficamente hablando, son menos competentes que los que están en mejores condiciones. Cabe anotar que esta última conclusión puede derivarse del simple ejercicio etnográfico que algunos docentes hacemos en las aulas.

Atado al problema de las bajas competencias académicas de los estudiantes, está -como es de esperarse-, la precaria preparación de los docentes, según se demuestra en el mismo informe de las pruebas PISA. Situación que se vincula directamente con las formas contractuales, lo que implica asociativamente una conexión directa con los salarios reales y sus condiciones laborales.

Para muchos la cuestión es de mercado y no de intelectualidad

Si bien las pruebas PISA se concentran en analizar población estudiantil de 15 años, esta es la punta del iceberg de todo un sistema, el educativo; que en Colombia no debe sólo circunscribirse a pensar el estado real del nivel de la escolaridad media y la básica, debe también posibilitar una reflexión crítica sobre los estudiantes universitarios, no en vano ellos ingresan a las instituciones de educación superior con las herencias que el sistema educativo de la promoción automática les ha enseñado.

Es justamente por esto último que muchos estudiantes de los primeros semestres universitarios se comportan con displicencia e indiferencia ante el conocimiento. Muchos se quedan dormidos en clase y otros se concentran más en las redes sociales y no en los debates y problemas que se busca construir en el aula. Claro, no son todos, pero en muchos casos si la mayoría. Y esa mayoría que no logra resultado óptimo, adicionalmente, busca charlarse a sus profesores con historias relativamente verosímiles que buscan -en el juego de los intercambios propio de las economías de mercado-, obtener el beneficio de pasar su asignatura con el menor esfuerzo. Y así, simplemente se ha ido construyendo el regateo de las calificaciones, como una nueva-vieja práctica de tráfico de influencias.

 Así las cosas, la educación seguirá planteándose como un campo de batalla, en el que las tácticas y estrategias propias de la cultura de una sociedad de consumo, terminan moldeando y modelando a los sujetos que participan de él. Por un lado, muchos estudiantes que a modo de free riders buscan obtener los mejores réditos posibles a bajo costo. Por otro, varios docentes que prefieren no hacerse la vida de cuadritos y por ello terminan accediendo a las peticiones de la mediocridad del sistema, con el propósito de mantenerse vigentes en el mercado laboral, actitud que desdice de su ethos y de su dignidad como formadores de nuevas generaciones.

Y por último, pero no por ello menos importante, las instituciones educativas, que antes que ocuparse de la calidad, se ocupan de la cantidad y de mantenerse al día con el check list de los estándares internacionales, que les acrediten como instituciones de alta calidad. En este último punto, las instituciones educativas que juegan en lograr la aprobación de alta calidad, son racionalmente proclives a hacer bien la tarea institucional, sin pensar en la calidad al interior del aula; de modo que para la contratación de sus docentes, prefieren aquellos con titulaciones doctorales, pero no se ocupan de evaluar las competencias didácticas y el ethos de esos nuevos y jóvenes doctores, eso que es lo principal, no está en los criterios de selección a la hora de contratar los ejércitos de sabios. Tener muchos doctores en la planta profesoral, implica aprobaciones de alta calidad, y claro, beneficios financieros. Ya lo anotaba al inicio de estas líneas, para muchos la cuestión es de mercado y no de intelectualidad.