Vallejo, que es un país dentro de otro país, es decir, un autoexiliado en México por razones que sólo él conoce, ama a Colombia como los mapuches aman al gobierno chileno: con un amor rencoroso y desesperado.

DIEGO FIRMIANO

 

“Estoy convencido de que uno no sólo se ama en otros,

sino que también se odia en otros”

Lichtenberg

Por: Diego Firmiano

El escritor antioqueño Fernando Vallejo es un hombre tan testarudo, que si le dicen que el alma es un punto, él replicaría diciendo que más bien es un punto y coma, ya que así tendría cola.  Testarudez que desfoga en la mayoría de sus creaciones literarias, y su nueva obra narrativa, “¡Llegaron!”, no está exenta de esta particularidad. Y es que esta novela que le imprimió recientemente la editorial Alfaguara, no es nada más que recuerdos de infancia, narrativa a cuchillo (o a machete, para que suene más autóctono) un ajuste de cuentas con Colombia, los políticos, los escritores y  Dios, que según parece, es también colombiano.

vallejo

Esta literatura de remembranza (igual que el reciente libro de Héctor Abad Faciolince: La Oculta), es, sin duda, una excusa para despotricar en todas las direcciones contra el establishment nacional, además, de ser una novela biográfica que se suma a los cinco libros anteriores que ya hablan de su autobiografía. Pero hablando a calzón quita ‘o  ¿a quién le interesa la vida de un espíritu con un discurso tan dislatado? Vida y obra son inseparables, diría un crítico, pero en momentos hay separaciones justificadas, para salvaguardar la integridad de una obra; para evitar el mismo destino que sufrió Stefan Zweig, o David Foster Wallace, por ejemplo, que con sus muertes, borraron de un plumazo el interés por sus narrativas. Ahora, Fernando Vallejo no se suicidará, claro está, porque su final está predicho en forma y lugar por él mismo:

“Ya sé que por maldición eterna habré de volver a morir a ese moridero. Estoy seguro, porque como yo soy el que voy a decidir mi muerte… A mí no me va a matar Diosito con un cáncer de páncreas o mandándome un sicario. No le pienso dar ese gusto a ese Viejo. Yo aspiro a morirme en Colombia, en la casa en que nací, una casa en la calle del Perú, en el barrio Boston de Medellín”

Vallejo, que es un país dentro de otro país, es decir, un autoexiliado en México por razones que solo él conoce, ama a Colombia como los mapuches aman al gobierno chileno: con un amor rencoroso y desesperado. El escritor antioqueño, desde mi óptica,   no es una maestro, como lo llaman los medios (quizá, impresionados por sus premios, o su trayectoria), sino que es un hombre que al escribir, conserva el rencor de un predicador del viejo testamento y dinamita en sus bolsillos. Para ser maestro se requiere, aparte de obra, discípulos y Vallejo tiene más enemigos que canas. Otra cosa es que sea un intelectual, como lo reconocieron los lectores de la revista Foreign Policy por allá en el 2012, ¿pero un preceptor? Ningún escritor serió lo afirmaría, a menos que se quiera honrar el edificio historico de nuestra literatura colombiana.

En Medellín todo mundo gusta de llamarse maestro, como en Bogotá existe la fascinación por el adjetivo doctor. Con todo, sálvese quien pueda, porque “¡Llegó Vallejo¡”.