Es por ello que en los tiempos de mayor información y conocimiento del mundo que nos rodea, millones de personas siguen creyendo en mitologías e irracionalismos de toda laya; la moral sigue rigiéndose por relatos mágicos, leyendas y mitos del pasado…

 

Por: Gloria Inés Escobar Toro

Nuestra sociedad es realmente paradójica. A pesar del avance y progreso científico y tecnológico, las ideas que circulan y rigen la sociedad son, en gran parte, las mismas de hace miles de años: la sociedad sigue creyendo que los dioses son los causantes de todo cuanto ocurre en la tierra y los discursos sobre el sexo, el amor, la muerte, las relaciones humanas, lo malo y lo bueno, son casi idénticos a los que se han pronunciado en el más remoto pasado.

Un buen ejemplo de ello puede encontrarse en la descripción precisa y detallada en la novela histórica Sinuhé, el egipcio –del escritor finlandés Mika Waltari– de la vida cotidiana en el antiguo Egipto. ​Los parecidos con la actualidad son impresionantes. En su descripción de las creencias y pensamientos de la gente de la época, guardadas proporciones, parece estar hablando de nuestra sociedad.

Así pues, en muchos aspectos, puede afirmarse que la sociedad actual sigue atada a principios y mandatos prejuiciosos haciendo caso omiso de las explicaciones racionales y lógicas dadas por la ciencia, explicaciones que demuestran, con numerosas evidencias, lo errático y sin fundamento de buena parte de las creencias populares.

Es por ello que en los tiempos de mayor información y conocimiento del mundo que nos rodea, millones de personas siguen creyendo en mitologías e irracionalismos de toda laya; la moral sigue rigiéndose por relatos mágicos, leyendas y mitos del pasado; la pésima educación pública, la nefasta influencia de las religiones, el control de la información masiva y la banalización de la realidad a través de la “cultura” del entretenimiento, son estrategias todavía utilizadas por los dueños del poder para evitar que el resto de humanos se acerque a la verdad, mire con ojo crítico la realidad que lo circunda, reflexione y actúe; se sigue amenazando a quien ose pensar o poner a pensar a los demás; se continúa estigmatizando a quien piensa diferente; se sigue señalando al que no sigue el camino trazado…

Sí, las viejas ideas siguen reinando en los tiempos modernos y cuando se logran avances, toda la godarria y sus influyentes aliados buscan la manera de burlarlos y revertirlos. Los derechos obtenidos con la lucha por la clase obrera, las mujeres, los homosexuales, los pueblos nativos, los afros…, los llamados derechos civiles como la libertad de expresión, de pensamiento, de asociación, de movimiento, de culto… y ni qué decir sobre el derecho a la vida digna, son permanentemente vulnerados y, en muchos casos, borrados.

En la actualidad hay una oleada mundial de entronización del conservadurismo más radical y una tendencia a suprimir, por cualquier medio, las ideas más progresistas tanto en lo cultural como en lo socio-económico. La mayor paradoja es entonces que mientras la tecnología avanza hacia adelante con pasos agigantados, las ideas que se pretenden imponer sobre el comportamiento humano van hacia atrás hundiéndose en una peligrosa oscuridad que se creía ya superada.

Es por eso que hoy en buena parte del globo terráqueo la censura está de plácemes en la cultura: el arte, la literatura, los medios de comunicación, la expresión gráfica…; mandatarios que consideran que guiarse por la Biblia les asegurará un buen gobierno; el patriarcado, el racismo y la xenofobia sean parte de las políticas elegidas para gobernar los países más poderosos.

La represión frontal o solapada de la derecha extrema sigue, como en tiempo antiguos,  prohibiendo textos, matando líderes sociales, descolgando desnudos de museos, callando voces inconformes, limitando el pensamiento, amenazando con fábulas de castigo divino, sometiendo voluntades, paralizando acciones y avivando el miedo.

Indudablemente, en los últimos cinco mil años ha cambiado mucho la faz de la tierra; pero no desgraciadamente el pensamiento humano, no la cultura del terror y la ignorancia que tan cara y útil resulta a los poderosos. El conservadurismo más extremo sigue ganando la batalla y triunfará si no reaccionamos.