SANTIAGO RAMIREZ (OFICIAL)El escritor escribe por muchas razones, la más acertada –desde mi punto de vista–, es el escribir por amor a escribir, por el dulce deleite de bañarse en tinta que se seca en el papel, por la satisfacción que se tiene cuando a la obra propia se le tiene en cuenta más que a él mismo.

 

Por: Santiago Ramírez Gutiérrez

Los escritores son como piratas. El escritor vive; vive como el pirata, siempre está dispuesto a empaparse de nuevos mundos, de nuevos ideales, de toda clase de culturas. El escritor y el pirata son agentes que intentan enmarañarse de las empresas del hombre. Ambos proyectan su filosofía: el escritor lo hace en un papel; el papel que sea: blanco, amarillo, arrugado, límpido, manchado, virtual o físico; papel al fin y al cabo. Este papel es, al principio, siempre obediente; pero en unión con las palabras, el escritor se debe atener a la sumisión, a la fuerza de la letra que se apodera de él. El pirata, en cambio, reflexiona el mar. Ese mar enigmático, repleto de fronteras que van más allá de lo que se permita imaginar. Este mar, a veces tormentoso, invasivo y aterrador, es quien guía al pirata por las entrañas de su sentimentalismo. No hay hombre que no se entregue al mar, consciente siempre de la fuerza que él trae consigo, sin dejarse de llamar pirata.

Tomado de:  http://cincodays.com/2013/07/03/conociendo-la-historia-jolly-roger-origenes-del-nombre-del-pabellon-pirata/

Tomado de: http://cincodays.com

Tanto el escritor como el pirata gustan de experimentar, de arriesgar, de lanzarse a la aventura. Ambos son bohemios, vagabundos, pero en su vagabundería, trabajan. El escritor vive de lo que pasa por sus sentidos, lo contextualiza y hace la magia. En otros aspectos, el pirata bebe, el escritor bebe –o suele hacerlo la mayoría–; ambos se jactan de alcohol; ambos disfrutan el trance, lo hacen con pasión; con esa pasión que los caracteriza. El escritor también naufraga; naufraga en un océano lírico, en una impecable catarsis, se ahoga en letras las cuales no es capaz de sustentar, de liberarlas del encierro del cual eran presas, de ese encierro que el mismo escritor ha creado.

¿Para qué escribir? ¿Para qué lanzarse, preso en un buque, a las tormentosas aguas que abrazan la soledad a la deriva? ¿Qué no es lo mismo arriesgarse en la travesía de los placeres, en el ímpetu por encontrar la razón de ser individual? El fervor de la búsqueda que ejercen estos dos seres es la misma. Se buscan placeres que irrumpan los sentidos, pronto se hace una dicotomía entre la búsqueda de la piratería y lo literal. Los caminos que se toman para llegar a esas metas abarcan desde un hito de interés personal que lleva al individuo a encontrar cómo saciar estos regocijos. El escritor escribe por muchas razones, la más acertada –desde mi punto de vista–, es el escribir por amor a escribir, por el dulce deleite de bañarse en tinta que se seca en el papel, por la satisfacción que se tiene cuando a la obra propia se le tiene en cuenta más que a él mismo.