SIMON BLAIR (IZQ)Por: Simón Blair

 

La muerte de los once soldados de las Fuerzas Armadas atribuida a las Farc (la ciencia ha determinado las pruebas para incriminarlos) es un suceso que debe hacernos caer en cuenta de los hechos extremos que entrañan claramente los actos tanto de la guerrilla, como de la oposición al proceso de paz. Desde el ángulo del grupo insurgente podría verse de dos maneras: primero, no hay un verdadero control de los jefes sobre la población total de guerrilleros –de ahí el temor de muchos sectores de que las Farc terminen convirtiéndose, como los paras, en bandas criminales-. Segundo, el grupo guerrillero desde sus altos mandos, no está muy deseoso de firmar la paz, a pesar de tanto discurso y tanta gastadera de saliva. ¿Cuál de éstas es la correcta? ¿Ambas? ¿Ninguna?

Si la última opción resulta ser la verdadera, entonces deberíamos inmediatamente pasar a considerar el papel teatral que desempeña el circo uribista: Las Farc, con estos actos absurdos, no hace otra cosa que trabajar para Uribe; es decir, están haciendo lo posible para desacreditar hasta lo más íntimo el proceso que los propios colombianos deberán refrendar en las urnas. A nadie, posiblemente, se le olvidará la noticia expansiva que los medios de comunicación desplegaron sobre el asesinato de los soldados.

De allí, necesariamente, que no comparta en lo más mínimo la retórica de los uribistas y su desenfrenado odio hacia la firma de la paz. ¿Qué sentido puede tener justificar esta horrible barbarie aludiendo a lo incongruente que se está definiendo en La Habana como la mayor prueba para tener los diálogos? No sólo es una proposición ilógica, sino peligrosa. Ninguno de los seguidores de Uribe ha entendido que la guerra no ha terminado, que la paz, si es lo que se busca, es la que debe poner punto final a tanto derroche de vidas humanas y que las treguas, importantes aunque no definitivas mientras se está persiguiendo el fin del conflicto, son las que pueden demostrarle a la opinión pública que lo que se está poniendo en juego se hace con toda responsabilidad y sinceridad. No es así, sin embargo…

Si no queremos ver más muertes hijas del conflicto armado, debemos hacer lo posible para que las partes esclarezcan sus sinceras intenciones alrededor de la paz y la manera como debe conseguirse.  Se ha demostrado –con ocho años de experimento- que los grupos insurgentes no se exterminan por medio de las armas. Y nadie más conoce otro mecanismo que la paz negociada para que la desmovilización y desaparición armada sea un hecho concreto, tangible –los experimentos internacionales son las prueba de ello-. Firmar la paz debe ser necesaria; la muerte que provocaron las Farc, es una prueba ineludible de la necesidad de acelerar el final del conflicto. De detener tanta idiotez.

De ahí que nadie entienda el afán de guerra de ambos bandos extremos e intocables.