Espero, sinceramente, algún día saber reaccionar a una piel desgastada por vender limones en una carreta al sol, con el privilegio que el azar me ha dado. Espero ser merecedor de una paz más allá de la paz palabra.

 

Por / Julián Bernal Ospina

Puede contener una palabra el universo, y un papel ser apenas el instante de árbol. Borges diría, en El golem: “Si (como afirma el griego en el Cratilo) / el nombre es arquetipo de la cosa / en las letras de ‘rosa’ está la rosa / y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’”. ¿Qué es, entonces, lo que contiene la palabra paz? ¿Un estado, una condición, un atributo, una visión, una utopía? ¿El equilibrio de las cosas? ¿El muy común fusil silenciado? ¿La palabra como fusil? ¿El sonido del lápiz en el papel? ¿El acuerdo al que se llega en un aula de clase? ¿El grito de la olla pitadora? ¿Los fríjoles hechos? ¿El hambre con que se come? ¿La satisfacción de haber comido, y de ver después la cocina arreglada? Palabra paz. Todo cabe en esas tres letras, y al mismo tiempo todo se hace esquivo.

Dame una palabra, solo una, y te nombraré el mundo, y te convenzo de quién eres, quién no. Te convenzo de lo que amas, lo que odias. Formo en ti el repudio y el sosiego. Te recreo tus miedos y fracasaos, tus instintos y deseos. Dame una palabra, y no requeriré ningún punto de apoyo para cambiar el mundo. Solo una palabra. Paz. Justo la palabra que buscamos para ir detrás de los prejuicios: “Nos están robando la paz”. O la palabra que encontramos cuando hay que ir detrás de ella por medio de la guerra: “Bala hasta que llegue la paz”. La paz es esa palabra a la que vamos cuando decimos: “La gente”, y nos distanciamos de esos otros incapaces, incultos, estúpidos. No hay peor prejuicio que el que surge a propósito de la supuesta paz que queremos conservar.

¿Qué es, si no, un fenómeno que se escapa? Un deseo vivo. La paz como horizonte, y el horizonte imposible apenas es una imagen lejana que no necesariamente nos ampara del abismo. Detrás de la guerra, antes de ella, en la guerra, se camufla, y apenas puede apreciarse un destello desnudo, una imagen viva a veces como reflejo. Antítesis de la guerra, la paz parece estar lejos de ser ella misma. Hemos narrado a través de los años la guerra; sus alcances, los impactos, los horrores. Nombrar la paz es buscar otros símbolos. Esculcar en las cosas vacías antes no vistas. En ese ejercicio de escritura, de viva voz, de pintura, de acción diaria labraremos las posibilidades.

Los orígenes son sombríos: paces imperiales, batallas campales, mezclas entre espada, cruz y media luna. Los poetas nos han dado, sin embargo, ciertas luces al embarcarse en el mar y detener la mirada en las olas, al acostarse al suelo y sentir el pasto y el sol en la piel, al figurarse el cielo más allá de la vida. La paz no es la oscuridad y el frío desvirtuado de alguna ideología imperante. Es la cura de una piel desgastada por vender limones al aire libre. Descubrir, entonces, que las cosas pueden existir sin ser nombradas, que conservan un libre transcurrir, y que no requieren del influjo del lenguaje, es también saber que, aunque el Nilo y la rosa caben en sus palabras, la rosa puede morir, el Nilo puede secarse, y de nada nos servirán las palabras cuando tengamos más papeles que árboles, y cuando el universo ya no sea más que un sueño. Espero, sinceramente, algún día saber reaccionar a una piel desgastada por vender limones en una carreta al sol, con el privilegio que el azar me ha dado. Espero ser merecedor de una paz más allá de la paz palabra.

@julianbernal12