No conozco ciencia más entrometida—un economista diría multidisciplinar— que la Economía: economía del crimen, economía política, economía del ambiente, economía del transporte, economía de la educación y un largo etcétera. Mucho se ha modelado y lo que no, puede ser objeto de modelación.

GIUSSEPE RAMÍREZPor Giussepe Ramírez

El hogar es una de sus principales fuentes de investigación. Es un campo estudiado hasta el cansancio. Y la sofisticación ha dado, digamos, para explicar con conceptos económicos lo que la gente ya sabe, y es que los hijos son bienes normales. Es decir que si el precio de tener hijos aumenta, la demanda disminuye; si aumenta el ingreso, la demanda de niños aumenta. Son bienes de consumo (para algunos) por la utilidad y satisfacción que representa criar un hijo. Bienes de inversión (para muchos) porque reemplazan mercados inexistentes o a los cuales la gente no tiene acceso, que tienen unos costos directos (alimento, vestido, educación, etc.) e indirectos (a lo que se renuncia por dedicar tiempo a la crianza). El mercado de pensiones es el ejemplo más claro de la función de los hijos como sustitutos. La gente procrea para que en la vejez ese hijo o esa hija le brinden apoyo económico.

Algunos extremistas, seguidores tal vez del maestro Goyeneche, piensan que la esterilización de los pobres debería ser ley de la república. Porque, ¿qué nace de un par de pobres? pues otro pobre. Alberto Fujimori materializó este deseo entre 1996 y el 2000: 200.000 esterilizaciones forzadas en zonas pobres de Perú. Es común la opinión de que los pobres son irracionales al tener hijos; que cómo, sin tener que comer, traen más gente al mundo. La Economía diría lo contrario: la decisión de tener muchos hijos en un hogar pobre es óptima desde el punto de vista privado. Estos padres tienen más hijos para aumentar la probabilidad de que alguien cuide de ellos cuando ya no puedan trabajar, pues las tasas de mortalidad infantil son altas en esas condiciones y sus ingresos son tan bajos que no pueden ahorrar para la vejez.

Pero a pesar de su optimalidad desde el punto de vista privado, este tipo de decisiones crean trampas de pobreza, círculos viciosos de los cuales nadie va a salir, porque se debe repartir una renta muy baja entre más personas. Toda una paradoja.

Por supuesto que cuando se forma una sociedad conyugal la pareja no se sienta, calculadora en mano, a analizar la fórmula para determinar el número óptimo de hijos. Pero sí parece ser un proceso muy interiorizado, donde las expectativas sobre el futuro tienen mucho que ver. No es ‘capricho’ de los pobres tener tasas de natalidad superiores que los hogares ricos, simplemente es el resultado de un costo de oportunidad inferior, de unas fallas de mercado que les impiden el acceso a ciertas instituciones para asegurarse una ancianidad con lo necesario, de una racionalidad económica que dicta que los hijos desde muy pequeños pueden trabajar y así aumentar el ingreso de la familia. La gente entiende que los hijos son bienes, pero parece simplificar mucho cuando se trata de explicar el comportamiento reproductivo de algunos grupos sociales.