De ahí en adelante,  el mestizaje sería  la impronta  de una ciudad que, ciento cincuenta y cinco años después de refundada, vuelve a descubrirse y  a cantarse en todos los ritmos imaginables: boleros, baladas, tangos,  rock, carrilera, metal, rap, hip-hop y bambucos…

 

Por: Gustavo Colorado

Durante siglos los ríos Otún y Consota tejieron sus orillas con guaduas y guijarros.

“Cañas gordas”,  como las llamaron los cronistas cuando se extraviaron en sus trampas de espinas.

Las piedras y guaduas con las que construyeron sus casas y puentes los primeros pobladores.

Hasta este valle llegaron las muy andariegas y violentas huestes del conquistador Jorge Robledo. Por aquí llegaron con sus armaduras, sus lanzas, sus clérigos, sus caballos, sus perros y su viruela al promediar el siglo XVI.

Y sus cronistas.

Dicen que fueron estos los que bautizaron el primer asentamiento con el nombre de la vieja Cartago, la ciudad fenicia que le diera gloria a Aníbal.

O al revés. Con estos asuntos de la historia nunca se sabe.

Esos mismos cronistas nos  dirán que el clima, los guaduales, los indios, los pantanos y los mosquitos obligaron a Robledo a buscar otras rutas y parajes.

El bosque y sus criaturas no tardaron en reinar de nuevo en el caserío abandonado.

Hasta que empujados por las guerras civiles, el hambre y la falta de tierras, otros andariegos llegaron a mediados del siglo XIX.

Caucanos, antioqueños y, en menor medida, boyacenses y cundinamarqueses, plantaron sus casas de guadua en medio de esos dos ríos.

El Otún: una palabra que significaría “El dios de las aguas dulces” o “Espíritu y diosa de  los ríos”, según lo interprete el traductor. El vocablo habría llegado de África bien guardado en la lengua de uno de los pueblos secuestrados por los traficantes de esclavos.

El otro, Consotá, evoca la vida y andanzas de uno de los caciques quimbayas que dominaron estas tierras ricas en oro y sal.

Para trabajar en esas minas fueron trasportados esclavos negros que no tardaron  en rebelarse contra colonos, propietarios y capataces. Así nacieron algunos palenques, fortines de esclavos fugitivos, o cimarrones, que empezaron a marcar el poblado con el sello de su cultura: músicas, ritos, credos, bebidas, comidas.

A ellos se sumarían los indígenas desplazados de sus montañas por  la nueva avanzada de  colonizadores que se descolgó desde las montañas de Antioquia.

De ahí en adelante,  el mestizaje sería  la impronta  de una ciudad que, ciento cincuenta y cinco años después de refundada, vuelve a descubrirse y  a cantarse en todos los ritmos imaginables: boleros, baladas, tangos,  rock, carrilera, metal, rap, hip-hop y bambucos: todas las sangres y todas las voces habitan estos barrios que se llaman Cuba, Boston, Kennedy, Galán, Providencia, Corocito o San Jorge: depende de la  motivación de quienes los fundaron y del momento histórico que les correspondió vivir.

Lo mismo pasa con la comida, esa forma de afirmarse desde los sabores. Chontaduro del Chocó por allí; pescados del Pacífico y el Caribe más allá; mamona de los Llanos orientales por este lado; champús y aborrajados del Valle en esta tienda y arepas de la montaña en todas partes.

Y están, desde luego, los sabores traídos por quienes viajaron un día y al volver a casa abrieron sitios donde venden tacos mexicanos, mariscos peruanos, paella valenciana, churrascos argentinos, pastas italianas y rodizios brasileños: el mapamundi gastronómico reunido en una ciudad de quinientos mil habitantes.

Sucedió en el cruce de caminos entre el siglo XIX y el XX.

Muy lejos, en pueblos de Palestina, Siria y Líbano agobiados por las guerras, algunos jóvenes tuvieron noticia de una pequeña población ubicada justo en el centro del centro de Colombia, a unas cuantas horas de un puerto que conectaba con el mundo y cuyo nombre encerraba en sí mismo una promesa: Buenaventura.

Pereira se llamaba la población.

Así que esos andariegos se hicieron al camino. Atravesaron un continente entero hasta alcanzar el puerto de Marsella.

En barcos atestados cruzaron el Atlántico. Una vez llegados a tierra firme desembarcaron en Barranquilla y siguieron a contracorriente la ruta del río Magdalena vendiendo telas con metros de noventa centímetros.

Otros  decidieron cruzar por Panamá hasta alcanzar Buenaventura.

Ya instalados en  Cartago y Pereira se dedicaron a hacer lo que mejor sabían: comprar y vender.

De todo: telas, alimentos, licores, herramientas, ropa, perfumes, ilusiones.

Como buenos andariegos, pronto pasaron del intercambio económico al amoroso y se casaron con mujeres del lugar.

Por eso uno puede encontrar familias con apellidos como Ángel Chujfi o Abdalá Idárraga.

Judíos con sirios. Palestinos con vascos.

Todo un murmullo de sangres y voces.

Bien entrados en la segunda década del siglo XXI  la dura economía provocó nuevos desplazamientos. Esta vez son miles de venezolanos que cruzan la frontera y empiezan una peregrinación que los deja en Pereira después de tres días de viaje en autobús.

El rumor de voces vuelve a empezar. Va uno saber qué saldrá de allí a la vuelta de unas décadas.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada