¿No es preferiblemente mejor que Edgar Allan Poe hable de la esfinge gigante y desentramase el mito en una ilusión óptica y no que los criptozoólogos se empeñen en decir que existe, aunque no tengan una sola prueba científica?
Por: Kevin Marín
¡Cuidado! ¡Cuidado! Allí viene el Chupacabras, el Orang Pendek, Pie Grande y el Yeti. También hay insectos enormes, descomunales llamados rods, ¡Cuidado! ¡Cuidado! Vienen a atacarnos. Lo mejor sería correr por nuestra vida, refugiarnos en una cueva cuando hayamos perdido la criatura después de haber doblado en una curva y, paradójicamente, volver por ellos para investigarlos y torearlos de nuevo. Esto sería lo mismo si lo dijera un grupo numeroso de pigmeos, un nativo de Sumatra, un escritor de ciencia ficción o terror, y mejor aún, un criptozoólogo.
La criptozoología, para quienes no relacionan el término, es el estudio de animales ocultos, místicos, que no se les puede considerar como reales. Entonces, ¿qué estudio es ése?: ninguno, los criptozoólogos se la pasan de bosque en bosque, de selva en selva, viajando como turistas de primera clase.
La criptozoología no ha podido tan siquiera descubrir una sola especie, de la que ellos llaman críptica, y sus últimas esperanzas se fundamentan en el folclor popular, mitos y leyendas de antiguos grupos humanos. No tienen más refugio que la espera de una red submarina que atrape e impida el viaje del Monstruo del Lago Ness de un lugar a otro, una fotografía o filmación cien por ciento verídica de Pie Grande vagando por el monte, o de un unicornio bebiendo en un lago encantado donde llega el regocijador espectro del arco iris.
Pero en lo que va del año, la ciencia ha descubierto el cuerpo fósil de un Nigersaurus taqueti, un toxodonte, un marsupial que se cree vivía hace doce o quince millones de años, un Futalognkosaurus del Cretácico superior (animal de casi 36 metros y 70 toneladas), un Gryposaurus Monumentesis de un pico curvo enorme, un mastodonte, etc, etc.
Y, pasando de huesos, a seres vivientes, nos topamos con una especie de cerdo: Pecari Maximus hallada en el Amazonas, el manjuarí o Atractosteus tristoechus: criatura prehistórica, las nueve especies de peces descubiertas por biólogos marinos llamados handfish o peces con manos, el Pez Drácula, Nepenthes attenboroughii (planta carnívora), Swima bombiviridis (gusanos de luz), Dioscorea orangeana (tubérculo), Aiteng ater (babosas), Histiophryne psychodelica (especie de pez sapo), etc, etc, etc.
No contando las diez especies de anfibios descubiertas en Colombia, los mamíferos en el Congo, las 56 nuevas especies encontradas en Oceanía y las que se están descubriendo mientras escribo este artículo. Y no solo nos debemos aterrar -en el buen sentido de la palabra- por los descubrimientos de la ciencia, pues las especies con las que convivimos y sabemos de ellas desde tiempos remotos son fantásticas, bellísimas. Detengámonos a ver por un momento las aves del paraíso de Nueva Guinea, la belleza y ternura innata de un axolotl, o estás increíbles fotografías tomadas a ballenas: Beautiful Whale
Entonces, ¿por qué queremos siempre buscar lo que por cientos de años ha sido considerado como mito, cuando tenemos a nuestro alrededor inimaginables cantidades de seres vivos esperando ser descubiertos? ¿Por qué nos asombran criaturas como el Yeti, o insectos gigantes, cuando hay tantas criaturas bellísimas y tan místicas, como las que los criptozoólogos se empeñan en buscar? ¿No es sorprendente lo que nos puede ofrecer la realidad -por lo menos en el sentido zoologico-?
¡Lo existente es terriblemente maravilloso!, dediquémonos a ella, no perdamos el tiempo en fantasías empedernidas que no benefician a nada ni a nadie. O bueno, existen las excepciones: enriquecen la literatura y el folclor de los pueblos. ¿No es preferiblemente mejor que Edgar Allan Poe hable de la esfinge gigante y desentramase el mito en una ilusión óptica y no que los criptozoólogos se empeñen en decir que existe, aunque no tengan una sola prueba científica?
Retengamos nuestra esperanza como lo hace Bernard Shaw: “A menudo me horroriza la avidez y credulidad con que las nuevas ideas se acaparan y adoptan sin que exista una justificación mínimamente convincente. La gente cree en todo aquello que la entretiene, la satisface o le promete cualquier tipo de beneficio. Me consuelo, como hacía Stuart Mill, pensando que con el tiempo las ideas absurdas perderán su encanto, pasarán de moda y desaparecerán; que las falsas promesas, cuando queden incumplidas, serán objeto de cínicas burlas y después caerán en el olvido; y que tras ese proceso de criba las ideas sólidas, que son indestructibles (pues hasta suprimidas u olvidadas se las vuelve a descubrir una y otra vez), sobrevivirán y se incorporarán a ese conjunto de conocimientos establecidos que denominamos ciencia”.
Quisiera que esta única ilusión sea la del anhelo de descubrir día a día nuevas maravillas y que la realidad nos colme –aunque no por completo– el deseo de vivir.


