GUSTAVO COLORADO IZQLa profusión de fundamentalismos que nos rodean da prueba de  ello. Y no me refiero solo a los de origen religioso. Cuando se dan en el espacio académico suelen ser el doble de letales.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Creía que la expresión se había perdido en los bosques de niebla de la Edad Media, hasta que me la volví a encontrar en uno de esos canales de televisión por cable enfocados a la divulgación  científica y académica. Acorralado por un agudo entrevistador que le exigía argumentos para soportar su singular teoría sobre el supuesto origen visigodo de una corriente de la arquitectura española, el entrevistado alzó una ceja, movió las comisuras de los labios en un tic nervioso, apuntó con el dedo índice a la cámara y pronunció la conocida respuesta: “Así lo dicen los maestros”.

Magister dixit,  era la vieja  sentencia que anunciaba el advenimiento de lo inapelable. Más  allá de ese umbral se accedía al reino sin dudas de las verdades absolutas, un concepto nacido en las entrañas mismas del dogma religioso.

Lo que el maestro decía era la verdad. No una verdad: La verdad. Y a nadie se le ocurría pensar que el maestro pudiera  estar equivocado. Mucho menos que estuviera obrando de mala  fe. Cuando el dueño de la tribuna afirmaba que  la tierra era el centro del universo, se daba por sentado. A no ser que tuviera una temprana vocación de hereje, ningún interlocutor se atrevía a sugerir que la  verdad  pudiera  no serlo tanto, por más  que ciertas auscultaciones del firmamento -sobre todo en la alta noche- le llenaran la cabeza de dudas y sospechas.

Así que, para  pesar del pensamiento libre, la idea de marras sigue más vigente que nunca. La profusión de fundamentalismos que nos rodean da prueba de  ello. Y no me refiero solo a los de origen religioso. Cuando se dan en el espacio académico suelen ser el doble de letales. El dueño de la verdad siempre apelará al prestigio de  algún iluminado para reforzar sus premisas.

Leo en una revista académica un texto  presentado bajo la etiqueta de ensayo. Como ustedes saben, este género  es, en esencia, una aventura del pensamiento en la que confluyen  por partes iguales la filosofía, la literatura y la ciencia  para proponernos un conjunto de preguntas dirigidas a explorar una determinada faceta del universo. Si al final del camino tenemos algo parecido a una respuesta podremos hablar de un buen balance. Pero casi siempre seremos recompensados por una nueva pregunta capaz de estimular  la búsqueda que es,  a fin de cuentas, la razón de ser de todo ensayo.

La materia del texto, titulado “Las raíces de la guerra en Colombia”, apela a un viejo tópico: el “natural” talante violento de los colombianos, que explicaría sin más nuestra conocida saga de infortunios históricos.

Adentrado en la lectura el autor, que firmaba el texto con el nombre de Adel Yara, no aportó a lo largo de diez páginas una sola  idea personal que sirviera de argumento a su afirmación. Lo suyo, como sucede con la mayor parte de los artículos publicados en esas revistas bajo la denominación de ensayos, estaba tejido en realidad con una sucesión de citas, interrumpidas apenas por breves comentarios. Antropólogos, sociólogos, historiadores, periodistas, novelistas y hasta una especie  originaria de Colombia bautizada como violentólogo eran invocados a modo de amparo, en un intento por eludir la compleja urdimbre de factores que, en pleno siglo XXI, nos tienen padeciendo dramas propios del XIX. Ni  las luchas por la tierra, ni  la mecánica electoral fomentada por el bipartidismo, ni los lastres heredados de la época colonial aparecían  por parte alguna.

Las consecuencias son nefastas: cuando uno se refugia en una pretendida autoridad, renuncia de entrada a emprender un recorrido en el que las propias ideas  deben ser constante objeto de revisión. Es como si uno se metiera en una cueva y bloqueara la  entrada con una enorme piedra en la que puede leerse, a modo de declaración de principios, la siguiente inscripción: “Magister dixit”.