“…también le pregunté a qué atribuía la decadencia actual, la desaparición de las bellas artes y en particular de la pintura, de la que no subsistía el menor vestigio. Contestó así: es el ansia de dinero lo que ha producido el cambio”.
Por: Gustavo Colorado

Aunque ustedes descrean, el párrafo anterior no pertenece a la reseña crítica publicada en una revista de arte contemporáneo. En realidad aparece en la página 123 de la edición de El Satiricón, de Petronio, publicada por Planeta DeAgostini en 1988. Como ustedes bien saben, la obra del escritor romano data al menos del siglo I después de Cristo. A lo largo de todo el relato se suceden reflexiones de ese tipo : los padres ya no saben educar a los hijos, los maestros son incapaces de ofrecer la formación adecuada, el oro y la plata condicionan  las decisiones y los sentimientos de los humanos, la corrupción cunde  en todos los sectores, los viejos dioses se tornaron sordos a las súplicas de los hombres y los poetas a duras penas conservan la cáscara vacía de la antigua  belleza.

Los clásicos de la literatura deberían ser lectura obligada para los optimistas, los pregoneros de la auto superación, los que  creen en los políticos y los promotores de toda suerte de fórmulas para alcanzar la dicha terrenal, ya se trate de una secta religiosa o una tarjeta de crédito. Uno abre a Shakespeare en cualquier página y solo encuentra fraudes, traiciones, malos entendidos y dobleces. Lejos de ser el pilar de la sociedad la familia es allí fuente de toda suerte de vilezas. Termina de leer Ricardo III  y no le queda una sola razón para alentar ilusiones sobre la condición humana. Más  descarnado -para algo debe servir un viaje de ida y vuelta a los infiernos- Dante Alighieri lo advierte en las primeras líneas de La Divina Comedia: “Los que entráis  abandonad  toda esperanza”. Por eso regresamos una y otra vez a Homero, a Ovidio, a Séneca, a Herodoto o Apuleyo  y  los sentimos contemporáneos: salvada la vestimenta y los artilugios tecnológicos inventados para moverse por el mundo y dominar al prójimo, los  hombres  seguimos siendo los mismos de  hace miles  de años. En los casos excepcionales nos mueve idéntica grandeza. En los generales nos impulsan  las pasiones ya conocidas: la ambición, la envidia, el odio,  el ansia de poder o la codicia.  “Una falsa ilusión de poetas ha hecho fracasar a muchos jóvenes. En cuanto uno  logra montar el esquema de un verso e insertar en el período alguna idea sentimental, ya cree haber alcanzado la cumbre del Helicón”, exclama con amargura el poeta Eumolpo, otro de los personajes de El Satiricón. Su reclamo no se diferencia en nada del de aquellos que hoy no se resignan a concebir la poesía como el acto de vaciar las emociones  sobre un papel y relacionarlas un renglón debajo del otro.

El  Eclesiastés, ese ejercicio supremo de la lucidez, lo resume todo en siete palabras: “No hay nada nuevo bajo el sol”. Testigo de la decadencia de un imperio que, como todos, aspiraba a durar mil años, Petronio puso en boca de sus personajes verdades que apuntan en esa dirección: “Ya ni siquiera se pide la salud física o moral, sino que apenas se pisa el umbral del Capitolio, uno pone por condición de su ofrenda el entierro de un pariente rico; otro, el descubrimiento de un tesoro; otro, el logro, sano y salvo, de treinta millones de sestercios”. Podríamos seguir enumerando y el resultado sería el mismo: una sucesión de acontecimientos dando vueltas sobre un mismo eje: el corazón de los hombres. Ansiosos y solitarios recorremos el camino buscando encontrar en el afuera las respuestas a la inmensa desazón que nos asalta desde adentro. Poco importa si buscamos la cura al desasosiego en un sermón, en un número de la lotería, en el reconocimiento ajeno, en un asiento en los recintos del poder o en la palpitante promesa de un cuerpo joven. La moderna industria del espectáculo y la publicidad lo comprendió como nadie: estamos dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de olvidarnos de nuestra frágil condición de mortales. Los romanos de Petronio iban a los lupanares, a los baños públicos o al circo. Tan perplejos  y frágiles como ellos, los modernos humanos pagamos putas pobres o de lujo, llenamos los gimnasios, los estadios y los saunas y nos despertamos cada mañana pensando en el desenlace del reality de moda. Todo con tal de  olvidar que, como hace mil años, nos estamos despidiendo de este mundo a cada segundo que pasa.