La gloria es apenas una mofa para hacer brillar a los generales y el pueblo  no pasa de ser una entelequia utilizada para justificar lo más terrible, disfrazado de noble ideal.

Por Gustavo Colorado Grisales

Como buenas hijas del fuego, las revoluciones dejan a su paso un montón de cenizas y una legión de ilusiones calcinadas.

Dado el talante de la condición humana,  no puede esperarse otra cosa. Después de todo, la esencia de la tragedia consiste en eso: un perpetuo y renovado desencuentro entre el universo y sus criaturas.

O entre el hombre  y sus dioses, si lo queremos ver de esa manera.

La escritora inglesa Daphne du Maurier (1907- 1989) se propuso  recrear esa devastación en su novela A través de la tormenta, publicada en 1964, después de las célebres Rebeca y Los Pájaros,  llevadas al cine por el director Alfred Hitchcock.

La narración  transcurre en ese período que comprende la caída de los Luises  hasta el advenimiento de Napoleón Bonaparte, pasando por los tiempos más sangrientos de la Revolución.

El título no puede ser más certero: todos los personajes de la obra recorren sus vidas a través de una tormenta de fuego que los acompaña desde el nacimiento hasta la muerte.

Nadie se salva: ni reyes ni marquesas, ni revolucionarios ni  clérigos, ni campesinos ni cortesanos.

La historia discurre a través de tres finos hilos que no cesan de entrecruzarse: la obstinación del patriarca de una familia de fundidores de vidrio que ve en la conservación de la empresa el fundamento mismo de la existencia de los suyos.

El desmoronamiento del antiguo régimen, sostenido sobre la falacia del improbable origen divino de los monarcas.

Y  la locura de hombres como Robespierre, empeñados en derribarlo todo para abrirle paso a un mundo nuevo, que al final resulta ser tan terrible como el de los antiguos soberanos.

En el centro de todo están los Busson, una familia de virtuosos fabricantes de objetos de cristal, que no sólo son la fuente de bienestar económico, sino  el símbolo de una manera de ver el mundo en la que la belleza y la utilidad se funden para dar cuenta de unos anhelos a los que los mayores no quieren ni pueden renunciar.

“¡Lo quemarán todo!” Exclama un aprendiz de la fundición, resumiendo en esa frase el espíritu de la Revolución.

Acto seguido, se desatan lo que  para algunos son las Fuerzas de la Historia y para otros apenas  una manifestación más de la insensatez humana.

La narradora de la novela lo dice de  esta manera:

“Fue entonces cuando Cathie se desmayó, y al subirla a su habitación comprendí que iba a suceder lo peor, probablemente, su parto comenzaría aquel mismo día, quizá dentro de unas horas. Mandé a Raoul a buscar al médico que debía atenderla, y mientras esperábamos, el rugido de la multitud crecía afuera, dirigiéndose siempre en dirección a Saint Antoine. Raoul regresó al cabo de unas horas, y nos informó de que el médico había sido convocado junto con otros en el barrio, donde los amotinados se estaban reuniendo. En última instancia- pues los dolores de Cathie habían empezado- envié al muchacho fuera una vez más, para que buscara a alguien en la calle que entendiera de partos”.

Ese fragmento es en sí mismo un resumen de toda posible obstinación: como ha sucedido  a lo largo de los siglos, las mujeres paren mientras los hombres se empecinan en echarlo todo abajo.  En esta familia, como en tantas otras de la Francia revolucionaria, los niños mueren como enjambres agobiados por  el hambre, la enfermedad o la indolencia.

Al tiempo que sostienen la vida en vilo, algunas de las mujeres de la novela tienen tiempo y energía para arrojarse en brazos de las fuerzas que las calcinan, como es el caso de Edmé. Su hermana, la narradora, nos la presenta de esta manera:

“Yo pensaba en lo faltos de intuición que pueden ser los hombres, al persuadirse a  sí mismos de que remendar los calcetines de un extraño y atender a sus comodidades, podría satisfacer a una mujer de treinta y ocho años como mi hermana Edmé, que con su inteligencia y su pasión por las discusiones, habría luchado por sus creencias -si hubiera vivido en otra época- como Juana de Arco. Para Edmé, la Revolución había concluido demasiado pronto. Los victoriosos ejércitos de  Bonaparte podrían ser un motivo de orgullo, pero en su opinión, y también en la de Michael cuando vivía, la gloria no era más que una mofa para hacer brillar a los generales…, la masa de pueblo no participaba. Los nuevos aristócratas eran los amigos del Primer Cónsul, emperifollados y trampeando para conseguir favores, lo mismo que los cortesanos de Versalles en otro tiempo. Sólo los nombres habían cambiado”.

Anticipándose  más de un siglo, la narradora de A través de la tormenta vio lo que Karl Marx señaló más adelante: que la historia acontece primero en forma de tragedia y luego se  repite como farsa. Por eso nos dice que la gloria es apenas una mofa para hacer brillar a los generales y el pueblo  no pasa de ser una entelequia utilizada para justificar lo más terrible, disfrazado de noble ideal.

Frente a la farsa, solo quedan los valores personales y familiares  materializados en esos bellos artículos de cristal que la narradora, Madame Duval, se niega a abandonar.

“¿No has visto bastante?”, le pregunta su hijo Pierre Francois Duval en la última página de la novela.

“Sí -contestó  la madre-, ya he visto bastante”.