GUSTAVOCOLORADOExploramos el espacio exterior, desarrollamos tecnologías  capaces de conectar  en simultánea todos los rincones del planeta, inventamos edificios “inteligentes” y nos convertimos en mimosas púdicas cuando se trata de incursionar en las arenas movedizas del sexo.

Por: Gustavo Colorado

La expositora, abanderada de la causa del llamado lenguaje incluyente, ese que pretende obligarnos a decir los niños y las niñas, los doctores y las doctoras, los ingenieros y las ingenieras, como si nos fallara un circuito del cerebro, respingó la nariz con un gesto de asco al llegar a la esencia de su tesis: según un estudio cuya fuente no quiso o no supo precisar, un alto porcentaje de ejecutivas bellas y exitosas han logrado su ascenso gracias al uso del sexo como instrumento de manipulación de sus socios o empleadores. Lo dijo con el tono de quien acaba de reinventar el principio de Arquímedes o de hallar una fisura en los argumentos de la Teoría de la relatividad.

Aquí tenemos una curiosa forma de feminismo,  le dije a mi compañero de mesa en un intento por descifrar el sentido de las palabras de esa mujer a quien su anfitrión presentó como Ilene Velasco, maestra en ciencias de la familia, título este que solo consiguió aumentar mi grado de confusión. Esta singular dama pretendía defender a sus congéneres descalificando sus logros y acusándolas de haberlos alcanzado a través de faenas en la cama. Se trataba de uno de esos programas de televisión con pretensiones educativas que uno se ve obligado a ver en los restaurantes donde los encienden a dos metros de altura sobre su cabeza a unos volúmenes que impiden cualquier diálogo racional con el interlocutor.

Desde que el mundo se llenó de estudios sin fuente precisa y de expertos sin nombre, basta invocarlos vagamente para expresar cualquier sandez. Durante el gobierno del ex presidente  Uribe, un hacendado proclive a utilizar parábolas agrícolas para expresar ideas elementales sobre economía y política, hizo carrera en Colombia la existencia de un oscuro Instituto de Altos Estudios Uribistas creado por sus aduladores, cuya sola mención provocaba la ilusión de algo muy profundo y de difícil acceso a los mortales.

Por lo visto, la expositora  transitaba en la misma dirección. ¿Acaso no ha leído  un solo libro de Historia o al menos  un relato bíblico? Le pregunté a  mi  acompañante, indeciso entre las espinas del pescado y las indigestas ideas de la experta en ciencias de la familia. De haberlo hecho, sabría al menos que desde  los primeros homínidos el sexo ha sido un mecanismo de acceso al poder y a su vez  este último constituye una patente de corso para llegar al sexo. La razón es muy simple: el sexo en sí mismo es fuente de poder. Hasta ahora la única capaz de garantizar nuestra supervivencia. Lo sabe cualquier cronista de la farándula: los ricos y famosos tiran mucho. Tanto como los machos Alfa y las hembras bellas de una manada de ciervos.

Resulta de veras extraño. Exploramos el espacio exterior, desarrollamos tecnologías  capaces de conectar  en simultánea todos los rincones del planeta, inventamos edificios “inteligentes” y nos convertimos en mimosas púdicas cuando se trata de incursionar en las arenas movedizas del sexo. Llegados a ese punto somos poco menos que una duda viviente, como esta señora a quien le parece pecaminoso que las ejecutivas bellas aprovechen sus atributos para  hacer negocios. Si mal no recuerdo, lo mismo hacían las traviesas amiguitas del rey Salomón, empezando por la legendaria reina de Saba.

Quizá la clave de todo esté en Suecia, le dije a mi amigo, vencido ya por las espinas del pescado. Le recordé que la educación sexual de nuestra generación estuvo a cargo de la revista Sueca, una publicación con fotografías a color que nos llevó de la mano por los misterios del cuerpo propio y del ajeno. Más de un lector la habrá comprado con gesto furtivo  en su temprana juventud y ahora no quiere acordarse. Queda exonerado de culpa. Ya lo dije: en estos asuntos somos mimosas púdicas. Ustedes las conocen. Esas plantas cuyas hojas y flores invitan al tacto pero se retraen ante el menor roce. De Suecia era también Ingmar Bergman, un atormentado director de cine especializado en  crear personajes aplastados por los dogmas de la familia y la iglesia. Durante años resolví mis dilemas existenciales con ayuda de los diálogos entablados por sus personajes adolescentes. Las urgencias del bajo vientre  las aliviaba a escondidas con la asesoría de los expertos de la revista Sueca. Por ahí va la cosa, le repetí. Seguimos asomándonos al sexo como a una vieja revista escondida entre las páginas de un periódico. Por eso la entrañable revista Sueca pudo mutar hacia Internet y procrear una infinita familia de páginas web destinadas a abonar la tierra donde crece la mimosa púdica.