FRAGILIDAD

Así, pienso en la fragilidad. En las cosas que se rompen y la exposición a lo que cae y hace eco de vidrios desquebrajados. La fragilidad como cualidad y necesaria apertura a la vulnerabilidad…

 

Por / Alma Ortiz-Giraldo – Ilustración / Stella Maris

La luz que ingresa por la venta es escueta, poquísima. La persiana corta su paso y las nubes grises atenúan su color. Es de un blanco pálido, cercano al de las margaritas que llevan mucho en el florero. Es temprano y el mundo ya huele a húmedo. Me despierto sin voluntad, pero sí con la responsabilidad de cumplir con un horario. Tiendo la cama medio dormida y siento el frío de las baldosas en la planta del pie, un frío que me dice: bienvenida a otro día.

Salgo del cuarto. Camino hacia el baño. La sala está iluminada por la misma tonalidad marchita y tras la ventana veo muchachitxs patibularixs que van a sus colegios. En el  baño, me palpo el rostro, lo mojo con agua más fría que las baldosas. Me despierta. Estoy viva. Me pongo cremas en el rostro y con cada recorrido siento los vellos tiesos y cortos cubrir mi mentón, las mejillas, las patillas…la parte superior del labio. Me duele saber que eso está allí, que crece todos los días y que no tengo otro remedio que pasarme la chuchilla de afeitar.

La misma cuchilla que las marcas publicitan con entusiasmo: una verdadera cortada al ras, suave y delicado con tu piel. La suavidad de la que hace alarde tiene la forma de mi piel rasgada y llena de alergias; la siento como un recuerdo, la voz a tras de mi cabeza que me dice que mi cuerpo incuba rigores que, aunque trate de deconstruir, siguen persiguiéndome. Me entero, cada mañana, que la fragilidad se revela propia de mi tránsito. Sí, soy una travesti y me salen pelos; sí, tengo un cuerpo feminizado. Entonces ¿si me digo “femenina”, no puedo tener barba?

Salgo del baño, con la carita llena de cortes; me pongo más cremas y me lleno de bolitas de algodón que tratan de detener el sangrado. Luego, me maquillo y con eso cubro los cortes y la sombra de los vellos que por más que haga daño a mi piel con cuchillas, ceras y cremas depilatorias, sigue allí, mirándome desde atrás como esas pinturas fallidas que terminaron cubiertas por capas y capas de nuevos trazos.

Así, pienso en la fragilidad. En las cosas que se rompen y la exposición a lo que cae y hace eco de vidrios desquebrajados. La fragilidad como cualidad y necesaria apertura a la vulnerabilidad; la fragilidad como antítesis a lo estable, a lo monolítico e irrompible. Pienso en formas del uso de lo frágil y, al igual que la cuchilla con la que rompo mi piel, la imagen llega clara: lo frágil ha sido históricamente asociado a la mujer.

Frágil es delicado, frágil es lo que tiene la cualidad de romperse. Como los cuerpos feminizados, como las identidades subalternas. Una búsqueda de la comprensión de la fragilidad nos lleva directamente a ahondar en las raíces en redadas en el lugar que nos han dado a las travestis, pues tenemos la cualidad de rompernos y vaya si nos rompen. Nos rompen con violencias, nos rompen con estereotipos y claro que nos rompen con sus cuchillos más afilados que son los de la indiferencia.

Pero, también somos frágiles por la  belleza. Nuestra fragilidad travesti es nuestra ética. La ética de la vulnerabilidad, de estar abiertas a esta sensación de no ser lo que nos tocaba y ahora ser lo que queremos, cascaritas de huevo, contraposición a la solidez patriarcal.

Por eso digo, basta de decir que existe algo así como “masculinidad frágil”. No digan más, de manera deliberada, que tal o cual macho violento tiene, aunque sea una onza de “fragilidad”, porque es justo de eso lo que carecen.

Si su masculinidad fuese frágil, habitaría la ternura radical. Es más, si fuesen frágiles, su masculinidad se difuminaría, pues el sustento elemental de lo masculino, es la certeza de ser monolito, metal y roca. Es hora de dejar de usar la “fragilidad” como un adjetivo negativo, que mucho trecho les falta para abrirse, para romperse y caer rehecha trizas.

Termino de maquillarme. Visto faldita, blazer, tacón. El frío sigue afuera y me arrojo a él. Camino por una avenida y veo a todos esos machos que me gritan cosas, que me comen con el ojo y me quieren romper. Y me rompo, porque soy frágil… ellos no, ellos son pura inmovilidad. Pura fuerza rígida.