La “tolerancia” a la diferencia no promueve el cambio, sino que perpetúa la discriminación, la exclusión y la indiferencia.

 

Por / Diana Brochero Sepúlveda

Los estereotipos son imágenes, exageradas y simplistas, que se tienen sobre una persona o sobre un grupo de personas y si nos referimos más exactamente a un estereotipo sexual podemos retomar lo propuesto en un estudio de investigación psicológica por David Pérez Jiménez, docente de la Universidad de Puerto Rico, en el que los presenta como las creencias generalmente aceptadas y poco cuestionadas que podrían contribuir a cómo los hombres y las mujeres debemos expresar nuestra sexualidad.

El pasado domingo 28 de junio se conmemoró El Día Internacional del Orgullo LGBT+ y justo en este convulsivo año 2020 se cumplen 51 años de que todas aquellas personas que no encajan en el molde del amor heterosexual tomaran la decisión de salir a la calle con orgullo –por primera vez, después de haber aguantado maltrato, humillaciones y violencia de todo tipo a lo largo de la historia– para reclamar derechos, reconocimiento y sobre todo para exigir respeto por sus preferencias, sus manifestaciones de afecto y, en resumen, su existencia.

Desafortunadamente, hoy, luego de décadas de atropellos y luchas las personas que profesan una orientación sexual diferente a la heterosexual, siguen siendo perseguidas, discriminadas, abusadas, explotadas, señaladas o, peor aún, falsamente aceptadas bajo esa absurda premisa de la “tolerancia” de su condición como si fueran seres antinaturales que deben soportarse o aprenderse a lidiar, soportarlos con paciencia, según altruistamente lo expone en su canal una famosa youtuber colombiana.

Y es que solo en Colombia, según reporte de la organización Colombia Diversa, cada año matan más de cien personas gay, lesbianas, bisexuales y trans, mil personas LGBT+ han sido asesinadas en los últimos diez años en el país y eso es porque la sociedad los sigue viendo como personas “anormales” por el simple hecho de no regirse a la absurda estructura rígida que se  ha instaurado a lo largo de la historia y que pretende a toda costa legitimar unos roles de género, al establecer qué es propio de un hombre y qué de una mujer, incluso en las cuestiones más íntimas del ser humano.

Antes de llegar a la violencia física y a los asesinatos se presenta la discriminación tolerada, esa que permite burlas, comentarios peyorativos y ofensas verbales que directa o indirectamente están vulnerando a un ser humano; incluso, en el seno de la familia se perpetúan estos actos pero, afortunadamente, en el amparo legal de este país ya no son solo una ofensa sino una causal de acción de tutela, porque con estos actos se vulneran diferentes derechos fundamentales consagrados de la Constitución Política de 1991, tales como  el libre desarrollo a la personalidad, la intimidad, la no discriminación, entre otros.

Por esta razón, la Corte Constitucional de Colombia señala que el lenguaje tiene la capacidad de crear realidades y es considerado como una herramienta social dotada de poder. Es así como indicó que “todo lenguaje tendiente a estigmatizar a una persona por su orientación sexual es entonces contrario a la Carta y es explícitamente rechazado por esta Corporación. En ese mismo orden de ideas, toda diferencia de trato fundada en la diversa orientación sexual, equivale a una posible discriminación por razón de sexo y se encuentra sometida a un control constitucional estricto”.

Thomas Hammarberg, Comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa, expone: “A veces se dice que la protección de los derechos humanos de lesbianas, gays, bisexuales y personas transgénero (LGBT+) implica introducir nuevos derechos. Se trata de un malentendido. La Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados acordados establecen que los derechos humanos son aplicables a todas las personas y que nadie debe quedar excluido.”

Desgraciadamente, a pesar de esta aclaración, la situación social es preocupante. En los últimos años una serie de hechos producidos en los diferentes Estados del mundo, tales como la prohibición de las “marchas del Orgullo”, los discursos de odio por parte de políticos o las declaraciones intolerantes de líderes religiosos, han transmitido señales alarmantes y desencadenado un nuevo debate sobre el grado de homofobia y discriminación contra lesbianas, gays, bisexuales, transexuales y personas transgénero en las diferentes latitudes del planeta.

Todo este tipo de manifestaciones discriminatorias conllevan a situaciones tan extremas como el aislamiento, el suicidio, el asesinato e, incluso, incitan a las comunidades en países como el nuestro a repudiar un beso en un centro comercial, a cuestionar el nombramiento de funcionarios públicos como una secretaria de la Mujer en una administración municipal y a poner en tela de juicio el criterio y el profesionalismo de una dirigente política, todo por el simple hecho de ser diferentes a los anquilosados estereotipos sexuales implantados en este el país del sagrado corazón en el que la diversidad es denunciada y escandalosa, pero los abusos del Estado pasan inadvertidos tras cortinas de humo que nosotros mismos alimentamos.

Hoy, pese a los grandes esfuerzos colectivos realizados por la comunidad LGBT+, aún se encuentra presente el odio y falta de comprensión en el mundo en contra la diversidad; por esta razón, este es el momento preciso para cambiar, para mostrarle al mundo que se deben acabar las palabras que discriminan, de aceptar las múltiples formas de amar y romper estereotipos con orgullo.

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