Aunque no se trate de niñas y ancianos, la esencia del relato sigue siendo la misma: hombres y mujeres arrastrados hasta la locura por el impulso de sus instintos. Dicho de otra manera: por su sed de sangre caliente.
Por / Gustavo Colorado Grisales
En La casa de las bellas durmientes, la novela breve del japonés Yasunari Kawabata, los ancianos se conforman con respirar el aliento de las niñas a cuyos lechos se acogen.
Ni siquiera precisan del contacto físico para mantenerse vivos. A salvo de los asedios de Eros, les basta con el aliento exhalado por las durmientes.
Pero  para llegar a ese estado casi desencarnado, la literatura tuvo que atravesar siglos, moviéndose a ciegas en el inextricable bosque de los instintos, al que no tardará en volver luego de una breve pausa de puritanismo.
La historia de Kawabata es, si se quiere, el mito del vampiro llevado  a los límites del refinamiento: el vampiro desexualizado.
La  imagen del ser que se alimenta de la sangre de hombres o mujeres jóvenes para prolongar su existencia se remonta a los más antiguos mitos.
En el Antiguo Testamento, aparece en la figura de Lilith, un súcubo o demonio femenino que habría sido la primera mujer de Adán.
De ahí en adelante atravesará la historia y los mitos hasta alcanzar su expresión en la bruja perseguida por toda suerte de inquisidores.
Neutralizada y convertida en aliada del demonio, la potencia vital de la bruja entra en franco declive hasta reducirse a personaje de los cuentos infantiles.
En su lugar, irrumpe el vampiro, esa criatura que se alimenta de la sangre  de niñas o mujeres muy jóvenes.
En las literaturas de occidente el vampiro cobra especial simbolismo en la novela Drácula, del escritor irlandés Bram Stoker.
No es casual que su irrupción se  produzca al final de la era Victoriana, cuando la hipocresía y la doble moral equivalían a ser  un buen ciudadano. “Vicios privados, virtudes públicas”, es la frase que resume esa particular manera de estar en el mundo.
Como bien sabemos, el conde Vlad Drácula, proveniente de los Cárpatos, desembarca en Londres, adonde llega por causas no del todo definidas.
Frustrado en sus intenciones, no tarda en convertirse en el terror de las familias con jóvenes casaderas, por su al parecer insaciable sed de sangre joven. Los colmillos del conde, encarnado en el cine por actores tan brillantes como Bela Lugosi o Cristopher Lee, se convertirían con el paso de los años en una marca de fábrica.
Tanto como el sombrero y el bigote de Charlie Chaplin o la boca de Mick Jagger con la lengua afuera.
Esos colmillos clavándose  en los blancos cuellos de las doncellas fueron durante varias décadas la expresión del horror más puro.
Fue la manera que encontró Bram Stoker para hacerle el quite a los controles morales de la época.
Porque, en realidad, quería hablarnos del drama del hombre que envejece y procura sentirse vivo tratando de seducir a mujeres mucho más jóvenes que él.
Los colmillos remplazando al falo y el cuello a la vagina: a esas cosas se vieron obligados los artistas de la época. Y eso que Stoker es un más bien regular escritor.
Pero supo arreglárselas.
Faltaba medio siglo para que un espíritu como el de Vladimir Nabokov pusiera las cosas en su sitio.
En su novela Lolita, la figura del vampiro se materializa en un maduro  profesor que enloquece en su propósito de insuflarse vida a través del cuerpo de su joven estudiante.
A Nabokov poco le interesan las fábulas morales. Por eso trasciende el mito para recordarnos que no hay inocencia en este mundo: en procura de satisfacer sus deseos cada quien desata a sus propios demonios y se precipita de bruces a la sima de la destrucción.
La literatura y el cine volverán una y otra vez sobre esos tópicos, alcanzando a veces momentos sublimes y descendiendo en otras a las más burdas caricaturas.
El cartero llama dos veces o Nueve semanas y media.  Un tranvía llamado deseo  o Atracción fatal.
Aunque no se trate de niñas y ancianos, la esencia del relato sigue siendo la misma: hombres y mujeres arrastrados hasta la locura por el impulso de sus instintos.
Dicho de otra manera: por su sed de sangre caliente.
En eso reside la belleza de la novela de Kawabata: esos ancianos, esos vampiros otoñales han alcanzado al fin el sosiego en el aliento de unas niñas que duermen ajenas a las  turbulencias del mundo.
Sí. Lo han alcanzado… o al menos hasta que una de las muchachitas despierte.
PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada