GUSTAVOCOLORADOUn poeta enorme, Friedrich Holderlin, optó por consagrar su corazón “a la tierra grave y doliente”. Hijo de una tierra herida por la zarpa de muchas violencias, el escritor de “Ataúd tallado a mano”, emprende un camino similar.

Por: Gustavo Colorado

Según  relata el poeta Robert Graves, en los mitos griegos Aqueronte era uno de los cinco ríos del Inframundo. En sus aguas todo se hundía, excepto la barca de Caronte. Este último transportaba las almas de los difuntos  a cambio de monedas de ceniza que se ponían en los ojos de los muertos a modo de pago.

A juzgar por los bellos y terribles versos de su libro Ataúd tallado a mano, el poeta colombiano Flóbert Zapata es un hombre acostumbrado desde siempre a las transacciones pagadas con ese tipo de monedas. Desde el primero hasta el último de los poemas la materia es la misma, amasada de cien maneras distintas: la muerte como forma  suprema en la que se diluyen y concretan todas las formas.

Si hay algo falto de originalidad en este mundo es la creación literaria. Tanto que resulta fácil precisar sus tópicos: el amor, la soledad, la guerra, el poder, la ambición y, por supuesto, la muerte que lo redondea todo y le da sentido a la extraña  aventura de estar vivo. Lo que resulta de verdad original es la experiencia vital del creador, el camino recorrido para llegar a la obra. Es eso lo que define su estilo, la inconfundible impronta de su voz personal.

La voz de Flóbert Zapata es la de un Aqueronte redivivo cada día en ese leve temblor del aire que es la existencia de todo hombre. Por eso siempre formula una eterna y única pregunta destinada a descifrar el sentido de los pasos de las criaturas sobre la tierra. Desde el comienzo sabe que solo la poesía puede ayudarle a encontrar la palabra precisa para aproximarse al misterio: “La vida siempre se negó a decirme / las cosas que sabía”, confiesa el poeta, pero acto seguido reinicia la tarea con la tozudez de un Sísifo indómito empujando su piedra cuesta arriba. Si todo está perdido, nada se pierde con intentarlo otra vez.

No hay dioses en el universo poético del autor. Por eso tampoco puede haber esperanzas. La voz que canta es la de alguien convencido a fuerza de infortunios de que el tiempo, la vida y la muerte son apenas ilusión que surge y se desvanece en un teatrino de sombras chinas. Por eso mismo solo el relámpago de la palabra precisa puede iluminar la breve eternidad de esa puesta en escena. “Somos huesitos con recuerdos”, afirma, aunque sería mejor decir que somos apenas huesitos sostenidos por la ficción de un recuerdo: después de todo, lo que llamamos  historia personal resulta ser una antología de recuerdos inventados a la medida de la necesidad.

Un poeta enorme, Friedrich Holderlin, optó por consagrar su corazón “a la tierra grave y doliente”. Hijo de una tierra herida por la zarpa de muchas violencias, el escritor de Ataúd tallado a mano, emprende un camino similar. Mientras Empédocles, el personaje  de Holderlin, se arroja al cráter del volcán Etna en un intento de comunión suprema, el cantor solitario de Zapata hace su recorrido entre tumbas: la del padre asesinado, las de sus hermanos, la del amigo vencido por la enfermedad, las de los muertos por venir, que en un abrir  y cerrar de ojos son ya presente y pasado.

Las viejas sabidurías de oriente recomendaban a cada hombre  tallar a mano su propio sarcófago. Es más: según esa cosmovisión, no existe tarea más noble y difícil en este mundo. No sé si Flóbert Zapata conoce las resonancias milenarias del título de su libro. En realidad no importa. Acaso sin saberlo viene  haciendo  juicioso su tarea desde el momento en que tomó por primera vez la pluma o la máquina de escribir. Para probarlo tenemos este  puñado de versos escritos con el tono de quien, como los grandes iniciados, descendió a los infiernos, a las insondables moradas del silencio y regresó para contarlo.

Esa experiencia le permite hablarnos con toda autoridad de “ese instante justo de silencio absoluto”. La gran poesía está hecha de esa sustancia, de lo que alienta entre dos  instantes de silencio. Por eso, un par de versos más adelante nos remite a “la obstinada insistencia del calor en lo triste”. El calor, la vida, el polvo enamorado de Quevedo, los huesos febriles de aquél poema de Octavio Paz, en suma, la colección de monedas de ceniza con que los mortales debemos recompensar el impagable milagro de haber vivido. En todo caso, la lectura de los poemas de Flóbert Zapata puede ser una buena  manera de emprender el aprendizaje de ese duro oficio.