GUSTAVOCOLORADOComo siempre, la última salida es el lenguaje y su capacidad para reinventar el mundo. De allí que el narrador de Los demonios nos lo recuerde: “La pérdida de una metáfora es una pérdida  para la libertad humana, que se apoya en el hecho de que las ficciones y las metáforas son más fuertes que la cruda desnudez del mundo y, de esta manera, cubren nuestras heridas”.
 Por: Gustavo Colorado Grisales
Le debo a mi compinche  Juan Carlos Pérez la feliz  coincidencia sobre mi mesa de noche de dos novelas colosales en extensión y profundidad: Los demonios, del austriaco Heimito von Doderer y El arco iris de gravedad, del estadounidense Thomas Pynchon. A la primera lectura no pueden ser más disímiles. Mientras von Doderer nos invita a emprender el ascenso a una suerte de montaña sagrada cuya cima nos depara la introspección y el conocimiento de nosotros mismos, Pynchon nos empuja por el desfiladero de una montaña rusa en cuyas simas anida esa forma extrema de  la demencia que, por otros caminos, también conduce a la lucidez.
Pero basta con releerlos para descubrir las semejanzas de sus búsquedas. En las dos obras probamos la amarga nuez oculta en  el fondo de la desesperación humana, es decir, aquello que  conocemos como nuestros demonios interiores. HEIMITOEn  los personajes del austriaco la espera es tensa, cadenciosa como los bailes en los que  intentan olvidar que son sobrevivientes de la Primera Guerra Mundial mientras sienten sonar más allá de los jardines de sus palacetes los anuncios de la segunda. Son más de cien historias entrelazadas por esas formas del azar que algunos prefieren llamar destino. Con paciencia de orfebre el narrador nos deja ver el trasfondo social y político en que se mueven los protagonistas, al tiempo que ahonda en su carácter, en la suma de miedos y ambiciones que definen su condición. “Quando una ymagen te gana y te haze presso, te despoja del resto de las cosas del mundo y quedas desamparado”,  escribe Ruodlip von der Vlantsch, autor de un curioso manuscrito que, en cierta medida  explica el título de la novela.
Por su lado, en El arco iris  de gravedad  todo es ruido y furor. Sus personajes no buscan la redención personal en  la sabiduría, o  al menos en el conocimiento, sino  en el vértigo. Sus desventuras transcurren entre  la devastación de la Segunda Guerra Mundial y el anhelo de una tregua que, en todo caso, ya no es de este mundo. Sus demonios vienen del horror tecnológico. No por casualidad todo gira  en torno a la búsqueda de un cohete. En  esa medida,  los nazis y los aliados de Estados Unidos son la misma cosa. Entre líneas se nos recuerda que en las guerras la política es apenas el pretexto: en el fondo subyace una conspiración entre la tecnología y los seres humanos para satisfacer esa forma suprema de locura que es la ambición de estos últimos.
En los hombres y mujeres  de von Doderer todavía alienta algo parecido a una ilusión metafísica que por momentos toma  prestado el traje de la tradición: solo una vuelta a las raíces podría salvarlos de la disolución. “Si uno separa al campesino de su tierra, sus humores se vuelven agrios. De aquí puede surgir cualquier patología, desde la  tuberculosis hasta la poesía regionalista”, dice el narrador con una dosis de humor negro que  envuelve como una niebla las más de 1.600 páginas de la novela.
Entretanto, los paranoicos habitantes de El arco iris de gravedad depositan sus esperanzas en una divinidad inyectablePYNCHON porque, como declara uno de ellos: “No hay ateos entre los hombres que esperan  la muerte apiñados en una trinchera”. No por nada son fugitivos de una Ciudad  Dactilar del futuro en la que se conoce a todas y cada una de sus almas y donde es imposible esconderse. La suya es una fuga en la que, después de dar vueltas en redondo, se encontrarán de frente con la bestia  que los persigue.
Para curarse el desasosiego, los personajes de Los demonios hurgan en los rescoldos de esa  idea del amor heredada de viejos mitos anclados en la creencia  en la comunión de las almas. Más viscerales, las criaturas de Pynchon se lanzan con los ojos cerrados a una promiscuidad que solo consigue ahondar el vacío. Al final todos descubrirán, tatuadas en la propia piel, las palabras de una sentencia tan antigua como la especie humana: no hay salida del laberinto, porque nosotros mismos somos el laberinto.
Como siempre, la última salida es el lenguaje y su capacidad para reinventar el mundo. De allí que el narrador de Los demonios nos lo recuerde: “La pérdida de una metáfora es una pérdida para la libertad humana, que se apoya en el hecho de que las ficciones y las metáforas son más fuertes que la cruda desnudez del mundo y, de esta manera, cubren nuestras heridas”.PDT: les comparto enlaces a dos posibles bandas sonoras de las novelas. El primero para Los demonios y el segundo para El arco iris de gravedad.